27 de julio de 2006

- Dawamesk

Querido diario:

Me costó demasiado decidirme por tu destino, así que al final renegué de él. Ése fue el motivo de mi discurso ayer, había dejado de pensar en ti como parte de mi vida, ni siquiera como reflejo de ella. He olvidado lo que contienes, y nunca lo querré volver a saber. Haya lo que haya no me pertenece, pues soy otra persona; tengo otros sentimientos, otros defectos, otras virtudes, otros bienes, y en definitiva otra visión, distinta de la tuya. Mi forma de ver el mundo, la que reflejé en ti, ha cambiado: el pasado tiene ahora otro tinte, igual que el futuro que sobre mí se cierne.
Desperdicié demasiado tiempo en rellenarte, en darte idea, cuerpo, forma: como a mí te hice imperfecto, pues cada día que pasaba plasmaba mis emociones como cosas fijas, creyendo que la tragedia me perseguiría eternamente. No ha sido así, he descubierto la felicidad; lo anterior se muestra ahora como el camino que me trajo hasta aquí; no importan los errores, los arrepentimientos, los perdones inmerecidos, la culpa desapareció; lo importante es llegar a buen puerto, y el mío fue excelentísimo: no sólo me encontré alegre ahora, sino con esperanzas de estarlo en el futuro, y lo mejor de todo es que como un caudal de aguas claras, esta mi gloria aparecida ha arrastrado consigo el pasado, y ya nada importa.
Odiaría que pensaras que te reemplazo por otro, pues no es así. Mis ojos últimamente son tan mutables que cada día se aparecerán cosas distintas, nuevas, impactantes, desconocidas. Lo que sienta el día que las descubra no será lo mismo que al amanecer, cuando recuerde.
Tu significado ha terminado, acabó el sentido de tu vida, pero no tengo valor para sacrificarte. En los momentos que me sentaba frente a ti, sentía pavor de tus páginas en blanco, pero la vida, mi propia vida, se pegaba a mi piel y yo trataba de espantarla vertiéndola en ti. Al verla escrita en tus folios, fuera de mí, en tu posesión, era como si me mirase desde fuera; al final, el escrito no parecía mío, era como hecho por otra persona, y de esta forma desviaba de mí su contenido, lo apartaba, lo hacía alejarse, siempre, siempre encima de mi mesa, como en otro universo.
En resumen, te aprecio demasiado, quemarte sería traicionar a quien me estuvo dando apoyo durante mis malos años. Pero ya no te necesito, tu sola visión me da escalofríos, no sólo al recordar lo que mi nueva amante me ha dado, sino por lo que he perdido.
Ahora te preguntarás, como siempre, insaciable de conocimientos: ¿Quién es esa mujer? Tiene tantos nombres como placeres y dolores; ¿Dolores, pintándola tú tan perfecta? En efecto, sus defectos tiene, pero siempre he sabido que el verdadero amor surge de las carencias del otro: uno se enamora de las debilidades, mientras que la fortaleza y el absoluto poder lo hacen a uno amargo y repulsivo. Por eso las condenadas a muerte son siempre tan hermosas, por ese destello de indignidad, resignación y miedo que transmiten.
El hombre ama como los libros, adora más a quien con pasión escribe en ellos y los maltrata, apretando con la pluma hasta resquebrajarlos, llenando con el mismo trazo seis papeles de un sólo arrebato, que a quien con dulzura e inocencia los acaricia suaves, por contar sus tonterías como a una fiel amiga.
La naturaleza de todas las cosas es el caos, el masoquismo, el verse atraídas con orgullo por aquello que las destroza y mata. ¡Y cómo es ella en este sentido! Ella es la confusión misma, el delirium tremens de un sólo bocado; la locura y la alucinación insana, el destrozo del alma negando la propia voluntad, haciéndote siervo vil y humilde ante sus mínimos encantos, liberándote luego desnudo y ciego de nuevo al mundo del que otra vez desearás con todas tus fuerzas escapar.
Su afán destructivo lo exige todo, a deshacerse de todo y seguir sus pasos, le dedicas el tiempo en que te hace prisionero y esclaviza dentro de la perfección. La llaman Hierba, yo la llamo Dulce, ¡dulce condena a dejar de existir, jaula que anhela la entera humanidad!
Sus antojos terrenales van más allá de lo que cualquier mujer merecería, y sus premios espirituales van más allá de lo que toda una vida de satisfacción personal podría otorgar. Convierte una noche de libídina pasión en una ascensión a lo divino, en una beatitud jamás soñada.
¡Poco vale mi vida a cambio de sus regalos!, y has de comprender, que poco sirve tu existencia cuando la mía, en éxtasis, lucha por desvanecerse de principio a fin.

2 comentarios:

  1. Cherzay9:11 AM

    Joder tio, escribes de puta madre, asi hablando mal y pronto....
    Un ole por ti!!

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  2. Gracias por los ánimos, cherzay. Pásate por aquí cuando quieras, hay mucho que leer y actualizo a menudo.

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