30 de julio de 2006

- Elaín

Sí, una vez estuve casado, pero la verdad es que fue hace mucho tiempo. Ocurrió antes de venir a la ciudad, en mi pueblo natal.
La chica se llamaba Melani, y era hermosa, inteligente. Simplemente perfecta. Al decir esto último, “perfecta”, no pienses en el arquetipo de mujeres de las revistas. No era ni mucho menos una modelo, o una persona tremendamente ilustrada. Ni siquiera le gustaba leer. Era como era, no se la podía describir, era perfecta sólo para mí y sólo yo era perfecto para ella.
Estábamos realmente enamorados, para ninguno de los dos era posible imaginar la vida sin el otro. Por eso decidimos unirnos eternamente, hacer nuestros votos y dar a luz un hijo. La noche de bodas fue la más feliz de nuestras vidas, ya habíamos reconocido lo que sentíamos y, confiando el uno en el otro, pudimos expresarlo sin tapujos.
El fruto de nuestra mutua adoración pronto comenzó a germinar en su interior. Ambos podíamos sentir el hijo en sus entrañas, y lo mimábamos como algo superior. No había para nosotros nada más importante. Algunas noches incluso hablábamos con él, y el feto nos respondía. Nos ayudó a escoger su nombre, y antes de nacer fue bautizado como Elaín.
A los nueve meses, un alarde de pseudomasoquismo convirtió los dolores del parto en fiesta y sonrisas. Al acabar nuestro regocijo la llevamos al hospital.
Nuestro hijo nació tremendamente malformado. Nadie fue capaz de describirlo. La cabeza y el corazón se encontraban unidos, no tenía cuello, y los detalles de su rostro –los ojos, la nariz, la boca- se articulaban en su torso.
Por primera vez en mi vida no supe lo que Melani sentía. No nos permitieron contemplar aquél espectáculo. Las siete horas de vida de nuestro retoño. Su lucha por la supervivencia. Sólo ella había podido verlo, en el momento que salió de su interior.
No preguntamos más por Elaín. Ambos supimos que había muerto. Ella recomendó que no viésemos el cadáver.
Los meses siguientes las cosas cambiaron. De repente no sentíamos nada el uno por el otro. Nuestro amor se había apagado sin más. No hubo riñas, no hubo disputas. Simplemente no merecía la pena seguir adeante. Nos separamos.
Jamás hubo razón en ella o en mí para pedir la separación. Sabíamos que seguíamos siendo perfectos el uno para el otro. Pero estábamos vacíos. Nuestro amor se había liberado, había nacido y había muerto. Aún recordamos con placer el tiempo en que estuvimos juntos, y rezamos para que se repita alguna vez. Quizá por eso conservemos todavía las alianzas.
Ella cuenta esta misma historia, me ensalza a mí del mismo modo que yo a ella. La única diferencia en su relato es que ella sí que pudo ver a Elaín, pudo contemplar el rostro de nuestro amor. El caso es, que yo soy la única persona que jamás conocera sus sentimientos con respecto a Elaín, jamás oirá lo que sintió al verlo. Y todos los que la escuchen hablar sobre ello, guardarán silencio, pues todos coinciden en que ciertas historias no deben ser escuchadas por sus protagonistas.

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