27 de julio de 2006

INFANCIAS FELICES I

- Confianza

Te dice que va a ser algo malo, pero estarás de protagonista y confías en él. Ha estado a tu lado desde que tienes memoria y siempre te ha ayudado y guiado por el buen camino. Ahora te dice que no lo hará, pero confías en él.
Además, sólo hace unos meses que la conoció, no puede haberle pasado nada. No lo mismo.
Sus livianos rizos y su fría mirada son sólo para ti, y el atractivo no es el mismo para todos. No puede haberle pasado nada a Iván, nada con ella. Confías en él.
Pero ahora te sientes como el rey del mundo, en lo alto de la loma, rodeado por montañas más altas que tú, pero a tu servicio, y en el olor sabes qué poder tienes. Sabes que Gloria te verá, allí, radiante, hermoso, feliz, y se enamorará de ti, es peligroso. Pero confías en él.
- Te ayudaré. –decía muy serio.
Sabes que le preocupa tu problema, que no piensa en otra cosa. Que tú eres su mejor amigo y has cambiado por esa mujer. A los doce años es muy pronto para que ocurran estas cosas, solía decir, pero ocurren, y no se puede evitar, o lo solucionas o dejas que te arrastre.
Y así te guía, más allá del límite que marcan las vías del tren, pasando casas vacías, abandonadas, derruidas, casas en ruinas, campos secos, dunas de tierra y olivos, crees que llegarás al horizonte caminando un poco más, y lo sigues, hasta que:
- Ya está. –dice.
Y se detiene frente al trigo.
El sol da en tu cara y notas el viento acariciarte la frente. Él extiende la mano, y un destello refulge entre sus dedos hacia tu cara. Pero no te ciega, te admira. Iván sonríe satisfecho de sí mismo y de ti. Iván sonríe diciendo que todo irá bien, hasta que recibes el trozo de metal caliente con ambas manos y se lo dices tú a él. Todo irá bien, siento el poder.
Iván se da la vuelta y camina recto al cumplimiento de su misión. Guía.
- Tienes media hora. –despidiéndose con la mano- Lo he preparado todo esta mañana.
Te das cuenta de lo fácil que es.
Esa figura en lo alto con una luz en la mano, y sólo girar la rueda. Lo notas, lo sientes todo, el aire, el sol, el trigo, el sonido de cada bicho. Sólo girar la rueda y el muelle se estirará, la piedra y la rueca contactan y salta la chispa. El hilo, aún blanco, empapado prenderá, y sólo tienes que soltarlo, porque estarás a salvo controlando la situación.
El mechero cae, y cae, encendido.
Un gran sonido que recuerda el caos del mar y tú al frente de un ejército de llamas que te rodean y salpican con su frescura. El sudor recorriendo tu cara y el calor empapando tu ropa. A salvo. A salvo.
Iván llega a lo lejos, sólo.
El poder y la belleza de tus hijos en cada fogonazo y cada llamarada. El lamento de la tierra seca dirigido por las manos del maestro en el centro que lo controla todo. Sientes todo tu ser brillar por encima de las llamas, con una perfección que linda lo sacrílego, que deslumbrará a quien te mire y le hará amarte.
Pero Iván llega sólo.
Dios para nadie.
Sonríe.
Y oyes, gritos.
La casa no estaba vacía. Tiembla tu corazón pero tu cuerpo es de piedra y el semblante se mantiene cuando la ves llegar. Se asfixia. Se quema. La casa no estaba vacía. Los campos tenían dueño. Quieres cerrar los ojos pero no puedes.
Y oyes, gritos.
Te obligas a reaccionar pero estás a salvo como un dios grande y poderoso que acaba de descubrir ser vengativo y malicioso. Alardeas sin querer y te pavoneas como asesino mientras tu alma se humilla y arrodilla ante sus pies.
Y oyes, gritos.
Mientras la engullen tus engendros y se revuelve asomada a la ventana tosiendo y enseñando sus pequeños pechos a la muerte. Mientras intentas moverte o reaccionar, gritar, mientras deseas tirarte al fuego y llorar. Mientras deseas salvarla.
Y la oyes gritar.
Por última vez, cuando ya desiste, cuando se arroja al suelo y suspira, y cada suspiro es una oración que clama al cielo por su oscura redención, gracia jamás concedida. La oyes caer en su cama de espinos y suspirar, suspirando que suspira por seguir suspirando.
Y lo oyes gritar.
- Ya tienes tu poder. –a lo lejos Iván- ¡¡Ya eres Dios!!
Pero no lo escuchas, sólo el lamento, y bajas de tu montaña. No te importa el fuego, son tus hijos a tu control, pero se te pegan a la ropa y caminan contigo. Duele, pero no lo sientes. Duele, pero no lo quieres sentir. Confías, y atraviesas el campo, y lo notas limpio y purgado, cálido y hermoso. Duele, pero te gusta.
Ha cerrado los ojos.
Su vestido no es más que cenizas, su piel se ha secado. Su carne se ha plegado y rendido. Ya no respira. Ya no respirará. Y lo miras.
Iván sonríe y te mira a los ojos. “Tranquilo”, le lees en sus labios mientras señala al cielo con el índice y asegura gritando.
- ¡¡¡Todo saldrá bien!!!
Y tú sonríes porque confías en él.
Eso os transformó a los tres en ángeles.
Pero solo vosotros dos llegaréis al cielo. Juntos.

4 comentarios:

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