27 de julio de 2006

INFANCIAS FELICES I

- Justicia

No era extraño que un niño preguntase aquello. Había visto a su padre desvanecerse entre la niebla matinal, destinado a surcar mares y visitar paises lejanos. Engalanado con su uniforme y su trazo, recto, cuadrado y firme, cuando desfilaba por la pasarela. Podría ser la última imagen que conservase de él.
Y cuando alzó la mano, sonriente, saludando mientras zarpaban, su madre tenía el corazón ajado por el dolor. Manaban sus lágrimas mientras el niño correspondía el saludo con su mejor sonrisa y su más natural alegría. No era extraño que no se diese cuenta en aquel momento. Tampoco era extraño que despertase ahora su curiosidad.
-Mamá, -dijo Nick, con su vocecita infantil- ¿qué es la guerra?
Dorothy sabía que le temblaban los labios mientras hablaba. Se esforzó por contenerlos, no preocupar al chaval. Y aunque consiguió esbozar una mueca amable y usual, en el fondo sería inútil. Nick, aunque no dijera nada, por dentro sabía que su madre estaba conmovida.
-¿La guerra? –respondió al fin- Claro, siéntate. Escucha, a veces hay gente mala, gente perversa, que por alguna razón nos hace algo. Nos quitan algo que es nuestro, o le hacen daño a alguien que nos es querido. Por esas cosas deben ser castigados. Y si resulta que son de otros países, tenemos que ir allí a darles su merecido. Entonces, cuando vamos a otro país a reprenderles por lo que han hecho, y allí se defienden de nosotros, lo llamamos guerra.
-Pero... –siguió Nick, algo confuso- ¿Cómo se sabe que esas personas son malas? ¿Lo dicen ellas?
-Algunas veces sí. Pero la mayoría, como son malas, mienten y dicen que ellos son los buenos y nosotros los malos. Pero hay personas encargadas de descubrir si son culpables o no. Se reúne un grupo de gente, investigan sobre lo que se ha hecho, y si descubren quién lo ha hecho, le castigan, tanto si es de nuestro país como si es de otro.
-¿Y cómo los castigan?
Ahora Dorothy dejó de esconder su espanto hacia ese tema. Encendió un cigarrillo delante de su hijo y se acomodó, muy seria, en el respaldo del sofá.
-Los matan. –dijo- Les quitan la vida de la forma que menos les duela, y luego meten sus cuerpos fríos en cajas de madera con una cruz pintada encima para enterrarles. Y deja ya de hacer preguntas. Vamos a cenar.
Nick se quedó un rato pensativo mientras su madre ponía la mesa. Aún le quedaban preguntas, pero supo que ahora era su turno de aguantarse, y de conformarse con la información que se le había dado.
Para él, con lo que hasta ahora le habían dicho, tenía que haber suficiente.
Al día siguiente, Nick estuvo con sus amigos todo el día. Echaron un partido de béisbol al salir de clase, y luego pasaron por la tienda del pueblo a comprarse chucherías. Por la tarde dieron unas vueltas por el parque, y terminaron jugando en casa de Alex, con sus juguetes.
Eran seis en la casa, y a última hora llamaron cada uno a sus madres pidiendo permiso para dormir allí, de acampada en el jardín. Dos de ellos, Bart y Corey, no consiguieron el permiso, pero los cuatro restantes levantaron la tienda y allí se quedaron, comiendo sandwiches y contando chistes o hablando de cualquier cosa.
Aquella mañana de sábado, los rayos del sol descubrieron a cinco jóvenes caminando por las calles del pueblo. Transportaban sobre sus hombros una caja negra con una cruz pintada encima. Era un baúl de casa de Alex, que los mozos habían pintado de negro.
Será algún tipo de juego que se han inventado, decía el propietario de la tienda de comestibles mientras los miraba pasar, con cara solemne y marcando el paso. Las muchachas del instituto les rieron también la gracia en cuanto los divisaron.
Zahira, una vieja gitana que malvivía en una caravana a las afueras, los vió llegar, pero no les prestó atencion hasta que se detuvieron frente a un agujero que había en el suelo y levantaron la tapa del ataúd.
Alex tenía la cara completamente destrozada, y la sangre, aún caliente, chorreaba por el interior forrado del baúl.Los chicos sacaron su cadáver y lo echaron al agujero.
-¡Pero que habéis hecho! –exclamó la gitana. No era una pregunta.
-Lo hemos matado. –respondió Nick- Me robó un juguete que era mío, y lo encontramos culpable.
La gitana, aunque aterrada, supo evitar que lo sepultaran y los detuvo hasta que llegó la policía, y con ella sus madres.
-¡Dios mío! –gritó Dorothy- ¡Lo habéis matado!
-Era culpable. –se defendió Nick.-¿Pero es que no lo entiendes? ¡Le has quitado la vida a una persona! ¡Es imperdonable!
Apenas tuvo tiempo de responder nada más mientras lo cogían del brazo y se lo llevaban a toda prisa a comisaría. No consiguió articular ninguna palabra, pero si hubiese podido, habría dicho:
-Hice como papá...

3 comentarios:

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