27 de julio de 2006

INFANCIAS FELICES I

- Música

Pablo tiene una guitarra, pero no sólo tiene una guitarra, también tiene quince años y un grupo de rock que nunca triunfará. También una casa y una novia que pasa de él.
Por las noches llama a sus amigos, a todos ellos, y empinan sus vasos de whisky con avidez esperando encontrar al fondo algo que nunca les llega. Luego cogen sus instrumentos y tocan raspando y aporreando sin ningún ritmo. Algún día les llegará, piensan, algún día las musas del alcohol saldrán y les ayudarán y les darán la inspiración de repente como si fuera magia. Entonces tocarán la mejor canción que nunca han tocado y triunfarán, de una forma u otra.
Pablo siempre tiene resaca por las mañanas, y cuando se despierta ya está acostumbrado a ella, y la saluda en el espejo con unos ojos que no son suyos. El espejo siempre le anima. Porque odia su cara, porque odia verse, porque sabe lo inútil y cabrón que es, y la suerte que tiene de tener amigos, novia y alcohol.
Cuando se viste, baja de su casa y entra al bar donde trabaja. Nunca tiene mucho que hacer. Sólo se sienta y habla con los de siempre, esperando que alguien pida algo. Casi nunca hay nadie que le pida algo. Sirve tres cervezas al día, siempre esas cervezas, siempre a las mismas personas que siempre le pagan bien.
Y si alguna vez se queda solo llama a su novia, y quedan sólo para acostarse juntos. Es lo único se les da bien a ambos. Pero ella nunca está disponible, y entonces se queda sólo y se fuerza a dormir el resto del día, el resto de la noche, hasta que vuelva a amanecer esperando, como espera en el fondo de los vasos, que aparezcan las musas y limpien su vida.
Pero ese día iba a ser un día diferente, y a Pablo no le gustaban las cosas diferentes.
Pablo tenía la guitarra aún en las manos al despertar, y escuchaba una música. Un sonido de violín o flauta, un ritmo, lento, acompasado, y muy bello. Ni se lavaba ni se vestía, sólo bajaba las escaleras con la guitarra colgando de su hombro desnudo.
Sale a la calle y sigue el sonido, que parece triste, tambaleándose y apoyándose en las paredes y en los coches.
Figuras extrañas de muerte y desesperación revisten los muros de su camino, imágenes perdidas de otros sueños, sueños suyos, o que simplemente sabe que alguien los ha soñado.
Alcanza a despabilarse, y siente que está dejando atrás su vida, su trabajo, su novia, todo lo que tiene por escuchar una canción, pero no le importa, no sabe cómo, tiene que seguirla. Es muy trágica, y la melancolía le está contagiando su angustiosa enfermedad.
El sonido es cada vez más fuerte, pero no deja de ser melódico. El volumen le duele en el cerebro y no en el oído. La fuente está al cruzar la esquina.
Pero al voltearla no es la calle que debería ser, no es el callejón que recordaba, son unas escaleras hacia abajo, y llevan a un enorme parque que nunca había visto, a una bucólica ventana a la naturaleza que en su ciudad jamás conoció. El césped relaja las plantas heridas de sus pies, y se dirige al árbol en el centro de la plaza silbando sin mover los labios.
Hay un chico allí. Es un amigo suyo. Tiene una armónica y está tocando.
Cuando le mira, el chico suelta su instrumento, y la música no se detiene. La música se hace más deliciosa, pero no se detiene porque nadie la está tocando. Mirando hacia arriba descubre varios cuerpos colgados.
Desde la soga le miran su novia, sus amigos, todos menos él, y desde la soga más alta brilla rota su misma guitarra. Ya no la lleva junto al hombro.
- La música no viene de la guitarra. –dice Adrián- La música no viene de la vida. La música viene...
Entonces se despierta de nuevo, y está otra vez en su piso. Todo es como siempre, él no es como siempre.
Se levanta y rompe el mástil de su guitarra. Rompe las cuerdas y lo afila. Pablo está concentrado en eso. Es difícil pensar y no quiere hacerlo porque nunca lo ha hecho y ahora necesita actuar, y cambiar para volver a escuchar la canción y triunfar.
Pablo tiene una guitarra, y está afilada. Baja a su trabajo aún con el pijama, y le parece escuchar la canción.
Saca las llaves y abre la puerta. Está todo vacío. Sus amigos deberían estar ya allí. Adrián debería.
Pablo tiene una guitarra, y la tiene clavada en la espalda. Adrián la sujeta, y aprieta, y empuja, hasta que Pablo cae al suelo ensangrentado.
Los fluidos recorren despóticos su cuerpo, abandonando vesículas y descubriendo las más recónditas fisuras ocultas en su carne. La vida se arrastra de un lado a otro, gorgotea en su interior, burbujas de saliva explotan en el fondo de su garganta, y el dolor atenaza y controla los restos de su existencia.
Entonces acaba, entonces llega el orden, y muy sutiles se hacen de notar los primeros acordes en las múltiples hemorragias de su cuerpo.
Cae al suelo de lado y mira a Adrián, ríe satisfecho. Su novia está al lado y le abraza, también le mira sonriendo.
Pablo ya escucha la canción, y sonríe. Pablo escucha la canción y sonríe porque su novia también tiene un arma en la mano.
Y la armónica también está afilada, preparada para la orquesta final en manos de Terpsícore.
- La música no viene de la vida...

3 comentarios:

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