INFANCIAS FELICES II
- La Botella
Siempre tenía que haber un líder, eso no se podía cambiar.
Cuando se mezclaban con el silencio y la oscuridad nuestros gemidos de dolor y placer él nos miraba, y en el blanco de sus ojos nadie sabía si reía o lloraba, o si se quedaba impávido. Nadie sabía si disfrutaba, pero estaba ahí, no hacia nada, sólo miraba, después de provocarlo todo.
Yo y mis hermanos teníamos siete años. Todos estábamos cerca de esa edad. Bram tenía nueve, pero eran recién cumplidos entonces. Tomás, Elisa y yo teníamos siete, y nos parecíamos en el pelo negro y liso, en las cejas espesas y la piel morena, que heredamos de nuestra madre. Bram era diferente. Él era rubio como papá, y tenía una mirada extraña. No miraba. Era una mirada que no le pegaba, que le hacía superior, como si ya lo hubiese visto absolutamente todo, y ya nada le impresionase. Por eso era el líder. Era una mirada que entonces decía que era como la de los adultos. Ahora conozco bien esa mirada. La veo todos los días en el espejo. Todavía me asusta.
Jugábamos a la botella.
O al menos eso intentábamos. Hacer como todos los jodidos niños de nuestra edad. Podías hablar de ese juego tranquilamente con cualquiera de la clase. Sólo tenías que esconderte de los profesores. Sobre todo del cura de religión. Agitando la cruz entre sus dedos rugosos, creíamos que podía enviar a alguien al infierno con sólo pensarlo.
La leyenda negra decía que llegaba aún más lejos, y lo pintaban como al mismo diablo, aquellos desgraciados que salían de su seminario, con cardenales marcados debajo de la camiseta, y dolores purpurados marcados en los muslos. Aquellos que salían de su seminario no miraban. Tenían esa mirada extraña, esa mirada perdida.
Esos ojos recuperaban su imagen normal a los pocos días. Al menos la mayoría. Con Bram no pasó así. No pasó así para nada.
Todos le esperábamos preocupados en el patio. Ninguno hablaba. Y cuando salió nos miró y nos hizo estremecer. Sólo Elisa reunió amor suficiente para acercarse y preguntarle qué le había pasado. No dijo nada. Sólo se quitó la camiseta y se fue.
No tenía moratones.
Estuvimos a su lado mucho tiempo, esperando que se recuperase, esperando que nos contase algo sobre el seminario de religión, pero nunca abrió la boca sobre eso. Nunca recuperó sus ojos de nuevo. Elisa fue la más afectada por su cambio. Nosotros intentamos aceptarle como era ahora, y eso hicimos.
Al final pareció superarlo un poco, pero sólo un poco. Paulatinamente empezó a hablar más y más. Pero siempre volvía a enmudecer al sacar el tema. Siempre enmudecía al ver una cruz.
Entonces se convirtió en el líder. Tenía que haber uno. Y él se mereció su puesto.
Salía muchas veces de casa a solas, y al rato volvía, y desde la ventana yo veía que Elisa estaba a su lado. Tomás se preocupaba, y creía que nos estaba distanciando. Yo creía que necesitaba hacerlo, y lo dejaba.
Nos traía regalos a menudo. Nos enseñaba... cosas.
No puedo recordar qué cosas nos enseñaba exactamente. No recuerdo qué cosas nos decía que nos parecían tan fascinantes, ni qué historias contaba, si eran de terror o fantasía, que tanto nos gustaban. Se merecía su puesto. Entonces vino lo de la botella.
Ninguno de nosotros sabía qué era ese puto juego de la botella. Sólo hacía unos meses que habíamos escuchado sobre él. Siempre que preguntábamos la gente se ruborizaba o se reía de nosotros. Resultaba motivo de desdén y de desprecio social nunca haber jugado a ese juego.
Sabíamos que era algo impúdico, pero la curiosidad era más fuerte que la moral, en esos tiempos en que el alma costaba un puñado de golosinas varias. Yo mismo vendí seis veces la mía. Era la hora de poner a Bram a prueba. Una prueba como líder. Una prueba como que volvía a ser normal.
Los días que estuvo intentando enterarse pareció iluminársele la cara. Se hizo más sociable, un poco más simpático. Era la hora de confiar en él.
Y la confianza dio sus frutos porque lo consiguió.
Fuimos a nuestro sótano. Nuestros padres se habían ido creyendo que estábamos dormidos. Quedamos solos y en intimidad. Libres. Son las nueve de la noche, nos sienta. Las luces se apagan y escuchamos el sonido de una botella de vidrio posándose en el suelo.
La tumbó, la hizo rodar, como experimentando. También era su primera vez. Comprobó que se podía ver lo suficiente, y paseó la mirada, por todos nosotros, el círculo alrededor de la botella. Sonriendo plácida y calurosamente, dándonos un aliento de seguridad pastosa.
Entonces comenzó a explicar el juego. Su juego.
Una persona dirigía, haciendo de “madre”, dando vueltas a la botella. Iba a ser él. Cada vez que el cuello de la botella señalaba a alguien, el infeliz debía pagar una prenda de ropa. El juego seguiría y seguiría.
- Y cuando se pierdan todas las prendas, -dijo Bram- habrá “algo más”. Ya lo sabréis. Estoy seguro de que os sorprenderá.
Inocentes le seguimos, cándidos y estúpidos, con una sonrisa en la boca. Hay que ser gilipollas. Él se puso serio, y la primera ronda comenzó.
- Venga, joder, no tenemos toda la noche. –dijo Tomás.
A la primera vuelta él perdió la camiseta y los zapatos. Y el juego siguió, y poco a poco fuimos perdiendo nuestra ropa a manos de Bram. Cada uno de los tres, ofreciéndole nuestro abrigo y desnudez, sin tapujos. Aunque era verano, y hacía calor, empezamos a notar el frío y la humedad del viejo sótano.
- De acuerdo, cabrones, enseguida lo arreglo. –Y se fue con la botella y la ropa susurrando- Flojuchos...
Todos estábamos en ropa interior esperándole, en la compleja oscuridad del subsuelo, ante el frío tacto del cemento, el penetrante olor de la gasolina y el sentimiento del sudor de la tierra. Sólo una rendija de luz de la farola exterior se colaba por el respiradero. Elisa y Tomás mascaban chicle mientras hablaban, con los ojillos cerrados. Los míos ya se habían acostumbrado a la falta de luz, y me sentí mal por poder verles sin que ellos me vieran, así que me levanté para acercarme un poco más a la luz. Elisa me detuvo.
- Espera, no te muevas. –me dijo.
- ¿Porqué? –pregunté.
- Porque te veré desnudo.
Reí, pero hice caso y me cobijé en la oscuridad hasta hacerme con unos refrescos que compartimos.
Aquellos eran mis amigos. Desde que había nacido sólo los había tenido a ellos. Siempre al lado, para todo lo que había querido, y ellos me habían tenido a mí. Ya no eran mis hermanos, no habíamos crecido así. Éramos extraños que intiman en una casa en la que sólo paran a dormir, una especie de hotel, un viaje perpetuo con tus más cercanos. Ya no eran mis hermanos. Eran mis amigos.
La miraba, con el reflejo de la luz de la luna. Era preciosa, con sus ojillos entrecerrados y riendo. Elisa, con su mirada de ternura y compasión, con su ansia de diversión y entretenimiento. La amaba, pero no podía. Confundía todo, y allí pensaba en el cariño.
Bram era el único que sabía lo que sentía por Elisa. Él lo sabía, pero no me había dicho nada más que esperase, que él me ayudaría cuando fuese el momento. Seguí su consejo, pero a veces cuesta soportar el peso de un “te quiero”.
Mamá decía que nunca hay que desaprovechar una oportunidad de decirle a alguien que le quieres. Pero nadie hacía caso a mamá.
Bram regresa, con una luz brillante sujeta entre sus manos. La botella, empapada de gasolina encendida por dentro, con algunos papeles que mantuviesen el combustible, iluminaba toda la habitación. Elisa me miró con un poco de miedo, pero sacudí la cabeza y la tranquilicé. Aun así, seguía mirando.
- Vamos a divertirnos, anda. –dije, cogiéndola de la mano.
Al fin sonrió, no muy convencida.
La botella emanaba un calor muy especial, casi mágico, y parecía no oler a gasolina sino a canela y especias. Continuamos el juego sin que se apagase, y lo perdimos todo, casi a regañadientes, pero siguiendo las reglas.
Un juego entre niños no es un juego normal, un juego puede llegar a convertirse en algo solemne, algo importante, como un juramento en el que prometes cumplir las reglas e intentar divertirte, o al menos, divertir a los demás. Esas reglas valen más que las del código civil. Es una norma de honor, un pacto no escrito con el diablo.
El último en quitarse los calzoncillos fue Tomás, que no se quejó al vernos a los demás ya dispuestos. Nos investigamos los unos a los otros y reímos, echando vistazos de reojo, vergonzosa y pudorosamente, intentando descubrir aquello que el mundo nos ocultaba.
- Unas cuantas tiradas más.
Bram sorprendió con sus palabras, y haciendo girar la botella de nuevo, con un golpe rápido y seco, no nos dejó replicar, y nos hizo estremecer a los tres.
Su voz. Había cambiado.
La flecha ardiente señaló a Tomás, y se escuchó un gruñido de disgusto en la luz, que no fue acompañado por ningún gesto.
- ¿Qué era ese “algo más” que has dicho antes, Bram? –preguntó Tomás con un silbido, tembloroso y balbuceante.
- Haced lo que yo diga. –no era una respuesta. Era una orden mal pronunciada pero bien entendida, sobre todo acompañada de su rostro, su ceño fruncido, su boca tensa.
Estábamos los tres excitados, expectantes y temerosos, y por desgracia empalmados, sintiendo como toda la energía del cuerpo se concentraba tiesa en la entrepierna. La última tirada parecía haber roto una barrera, haber accionado un resorte imaginario que transformaba el ambiente, que abría el umbral de lo desconocido y peligroso.
La diversión parecía haberse acabado. Pero era un juego. No es necesario seguir las reglas, si nadie se divierte, lo dejas.
Por desgracia el único que no parecía haberse divertido en todo el rato, Bram, ahora esgrimía su vitalidad y alegría inoportunas, riendo. Sólo, con reír.
La segunda tirada señaló a Elisa. Directamente, y sin dudas. Todos nos miramos, y miramos el fuego, para mirar después a Bram, como corderos a su merced, siervos malditos por la impasibilidad de sus ojos y la invisibilidad de su lengua.
- Besaos. –ordenó.
- ¿Qué? ¡Ni hablar!
Tomás le replicó levantándose, pero no se movió. Le miró a los ojos, a lo único visible, y se sentó.
Bram se apartó de la luz, sólo yo lo veía, sus dientes brillando sucios.
- Vosotros habéis empezado esto, ahora no se puede detener. –clamó Bram con voz ronca- Vosotros habéis pedido pasar por esto, y ahora yo tengo que hacerlo.
Esta vez Tomás sí se acercó, pero gateando.
- ¡No tengo porqué hacerlo! –maulló- ¡No puedes darme órdenes, hijo de puta!
- ¡Sí que puedo! –dijo confiado- Sólo yo sé donde está vuestra ropa, y no os la daré hasta que el juego termine. Por vuestro bien, será mejor que intentéis disfrutar.
No podía ser, pero en ese momento caí en la cuenta. Había intentado pegárnosla.
- ¡Y una mierda! –grité- ¡Ésta también es mi casa!
Salí corriendo hacia la puerta, había más ropa en mi habitación, pero la puerta no se abría. Chillé y golpeé con fuerza, pero la puerta no se movió, y yo no comprendí hasta oír el chasquido de las llaves.
- Nadie va a salir, nadie se va a vestir hasta que esto halla acabado, y será mejor que me hagáis caso.
Bram se acercó de repente y me levantó en peso, tirándome desnudo, de nuevo al círculo, de nuevo al juego.
Tomás y Elisa apartaron la mirada de mi sucia caída, y ambos se miraron sin verse. El ambiente estaba muy tenso. Pero Bram tenía razón. Él mandaba. Y todos lo creíamos capaz de cualquier cosa.
Había que pasar por esto. Joderse y seguir adelante. Intenté relajar un poco el panorama.
- Vamos, es sólo un beso. –dije- No significa nada, sólo es un juego. No es más que un juego.
- ¡Pero si es mi hermana! –replicó
- No significa nada. Sólo es un juego.
Tomás se convenció, y acercó su cara a la de Elisa. Ella no respondió, ni le devolvió la mirada. Tomás la besó. Sus cándidos labios apenas se rozaron más de un segundo. Escuché un gruñido en la luz. Y vi girar de nuevo la botella.
- ¿¡Qué!?
- Dos más y lo dejamos. –replicó Bram
No se le podía quitar la palabra. Él era el jefe. Él era, por desgracia, el líder, al que nosotros habíamos elegido para que nos manejara. La botella me señaló a mí, y me deslumbró, como un pequeño sol en miniatura. Bram sonrió de nuevo. Bram daba miedo cuando reía de verdad, pero daba más miedo cuando aparte de sonreír, te tenía colgado por los cojones.
Señaló la segunda vez a Elisa, que agachó la cabeza en una oscura premonición. Sus ojos parecían estar en blanco. Yo lo sabía. Cuando no le gustaba, se iba. Y su mente paseaba por aquél mundo de color e inocentes diversiones, aventuras y fantasía con el que todos alguna vez hemos soñado. Yo lo sabía, lloraba por dentro, pero no se dejaba oír ni ver, y sólo se consolaba con música inventada en lugares soñados donde ella es princesa y no tiene que ver las cosas que ve en la realidad.
Ella sabía lo que iba a pasar. Ella no quería estar allí.
- Levantaos. –dijo Bram.
Ella se puso en pie como un robot, de forma automática y sin pensarlo, y yo seguí cada uno de sus movimientos, atento a su cara. Estaba fuera, y lo estaría un poco más. Nos pusimos uno al lado del otro, esperando, indecisos.
- Ahora, Elisa, agáchate.
- Pero... –intenté oponerme
- ¡De peros nada! –gritó- ¿¡Queréis vuestra ropa o no!?
Ella se agachó, lentamente. Vi la piel tersa de su culo, y una rejilla sonrosada de la que el pudor me apartó los ojos.
- Con él no, por favor, -suplicó- por favor... –nadie la escuchó, pensé que eran sus sueños.
Yo estaba mareado, el olor de la botella, pero vi mi polla crecida, y ella delante. No comprendía del todo. Tenía siete años.
- ¿Porqué? ¿Qué quieres hacer con nosotros?
- Tú hazlo, fóllala por detrás, a los dos os gustará. –respondió
- ¿Qué?
- ¡Métesela! ¡Dale por culo! ¡¡Hazlo!! –gritó vehemente
Me acerqué a ella. Me agaché junto a ella y la miré a la cara. Estaba en otro lugar. Tomás se había apartado lentamente hacia otra esquina y no miraba. Sólo Bram y yo atendíamos aquello. Sólo era un juego.
- De acuerdo. –dije, afirmando a Bram, pero preguntando a Elisa. Ella no respondió.
Acerqué mi polla lentamente. Elisa se estremecía sólo con el contacto, y yo la tocaba lo menos que podía. Era humillada, y yo estaba contribuyendo a eso, pero todo pasaría. Sólo era un juego. A la pálida luz de la luna y arropado por la oscuridad presioné.
Y Elisa gritó.
Las carcajadas de Bram resonaron por todo el sótano. Sigue, sigue, sigue, y yo gemía sin poderlo evitar, sólo un poco y se me mostró el cielo de la sensación. Quise más, frenético, y gradualmente me interné en ella. Pero volvió a gritar, y no me vi capaz de seguir.
La veía y deseaba seguir haciéndolo pero su dolor opaco y rendido detenía cualquier deseo de mi corazón. Sigue, sigue, sigue, y él estaba ahí, escuchando, mirando, disfrutando, clamando al mundo su devoción por lo perverso, voceando al cielo la venganza que estaba cumpliendo.
Pero Elisa gritaba, y yo no me veía capaz de seguir.
- ¿Elisa? –susurré, volviendo en mí, pero cada vez más fuera.
- No, porfavor, no. –sollozaba.
Susurré a su oído.
- Grita. –suavemente comprendió, y yo la saqué.
Había poca luz, hice el movimiento, pero sin entrar, sólo, rozando, restregando...
Bram aullaba como un lobo, un puto loco, un demente sádico y esquizofrénico perturbado de malsanas tendencias.
- ¡¡¡Basta!!! –grité con todas mis fuerzas, separándome de ella.
Bram miraba, aún, sonriendo, casi llorando con sus ojos rojos, pero se puso serio y me miró. Con su mirada de siempre. Pero el mal escarlata del fondo de su alma ya no se ocultaba. Odio, pasión, fuego.
- ¿¡Qué cojones te pasa!? –grité mientras avanzaba- ¿Porqué su dolor? ¡¿¡Porqué disfrutas!?!
- ¿Acaso no te gusta, maricón, no disfrutas tu también? ¡Sigue! ¿Quieres tu ropa?
- Ya no.
Estaba cambiado, Bram era otro, ya no estaba impasible sino ansioso, y se mostraba supremo y grande ante todos nosotros. Dio un paso hacia atrás. No me temía, pero me estaba enfrentando a él, y lo respetaba. Elisa se había levantado, y estaba a mi lado. Parecía atontada.
- ¿Qué estábamos haciendo? –preguntó con voz tomada.
Todos nos callamos.
- ¿¡Qué hemos hecho!? –inquirió de nuevo, triste, antes de partir a llorar.
Ahora no importaba la ropa. La desnudez incluso parecía hacerme sentir más fuerte. Ahora necesitaba la explicación. Y la dio sin pedírsela, con su infernal voz ronca de anticristo de nueve años.
- Tú la querías, ¿no, cabrón? ¡Eso me dijiste! Te la pongo a huevo y la rechazas. ¡¡Sólo eres un puto maricón!!
- ¡¡¡La quería a ella!!! –grité con todas mis fuerzas- ¡¡Yo no quería su dolor!!¡¡¡Yo no quería esto!!!
- Tú también ansiabas su cuerpo, como lo ansiáis todos los hombres, como lo ansío yo, el rubor del cuerpo, el tacto de la carne y su sabor a malta, su divino toque esmeralda.
- ¡¡¡Cállate!!!
Desesperado por silenciarle cogí la botella aún ardiendo del suelo y me dirigí hacia él. Estaba rojo de ira, rabioso. No pensaba, no meditaba, mientras le hostigaba con un arma candente en las manos. Pero él fue más rápido. Empuñó una pala y se lanzó hacia mí con ella.
Sólo un golpe y un crujido en las costillas, catapultado al otro extremo de la habitación. La botella cayó al suelo y rodó hasta el rincón, brillando, la luz de la última esperanza alejándose, con el sonido de fondo de Bram disparando sus malditas retóricas y sinrazones de psiquiatra.
- Y como siempre no hay más cuerpos en el mundo. –decía mientras se acercaba- Mi propia hermana, tu propia hermana, no podías querer a otra, sólo a ella. Porque te gusta el sabor de tu sangre, y buscas la mía. ¡He hecho el sacrificio de juntaros y lo has despreciado! Me has despreciado a mí, y a mi casta de ángeles y predicadores, ¡¡Has disfrutado mi sangre como un pecado!! ¡¡Has escupido sobre tu tumba!!
Estábamos frente a frente. Yo, herido, cobijado en la oscuridad y desnudo, desarmado y vencido, y él en la luz, con sus ropas negras, armado con una pala y la insolencia de su boca, vencedor. El tiempo se detenía allí, en ese momento, en ese lugar, y le costaba avanzar. Sólo nos mirábamos, la elocuencia no servía de nada en este momento, no era necesaria.
Sólo nos mirábamos. Sus ojos, de ira, de obsesión, de locura y delirio, de frenesí mancillado, y los míos, de desespero, de insumisión, de esfuerzo y dolor, de supervivencia. Ambos ojos de animal.
- Feliz infierno. –dijo Bram.
Alzando la pala y le rodeó un halo de luz, como un santo profiriendo bendiciones. Un golpe seco, y se detuvo antes de golpear. La sangre me salpicó.
Lentitud, y Tomás con el cuello de la botella entre las manos. Explosiones, fuego, y una luz que descubrió nuestras carnes en unos momentos de silencio inalterable por los bramidos de un hermano en llamas, quemándose vivo, a nuestros pies.
Me levanté, y aún lo escuché revolverse y chillar un poco más.
Luz, sólo eso. Luz en la oscuridad, y un círculo alrededor de un fuego. Y cuando con el silencio se mezclaron nuestros gritos de horror y placer él nos miraba, y nadie sabía si vivía o ya soñaba, por siempre, con la sangre mezclada entre las llamas camino del sumidero del que su alma ya nunca saldría.
Fuego, sólo eso. Gritos en la oscuridad. Un logro que no se considera una maldad. Una pérdida que no importa nada. Una confusión que aún persiste. Pero el fuego purgó gran parte del pecado. Ya nada importaba. Porque tenía el mismo sentimiento y rozaba, con placer o dolor, el mismo cielo.
- ¡¿¡Qué hemos hecho!?! –grité eufórico, alegre, y por unos momentos, feliz.
Very pretty design! Keep up the good work. Thanks.
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¡Me hubiera encantado leerla entera!
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