25 de julio de 2006

Paradysso



- El paraíso perdido

Aquí está mi historia, impresa sobre un frío y blanco papel. Da asco. Pero yo doy asco a todos los que están a mi alrededor. En éstas páginas explico porqué soy como soy, porqué he actuado como he actuado, y porqué he acabado así.Lo primero que recuerdo es la guardería. Por aquel entonces tenía tres años y simplemente empezaba a darme cuenta de cómo eran las cosas a mí alrededor. Vivía con mis padres en una pequeña farmacia de la llamada "ciudad sin ley". Quizás sería por eso que no me dejaban salir de casa. El único amigo que tenía allí era mi vecino, Lucas, porque el patio de su casa daba al mío. Recuerdo con asco aquellos días, sobre todo después de que recientemente haya descubierto su homosexualidad. Ahora el payo se hace llamar Lucía y se viste igual que Mónica Naranjo.Así que olvidemos el tema. En la guardería, que se llamaba "Bambi", debí conocer a mucha de la gente que hoy me conoce. Yo la verdad, les he olvidado a todos. En esta guardería sufrí mi primer castigo, por culpa de haber cortado una tubería que sacaba las heces del baño. El castigo consistió en quedarme en el patio sin dar clase, así que no se puede decir que aquello me marcase mucho.Una cosa que sí que marcó, fue el descubrir que era un superdotado. Debo admitir que cuando me enteré, se me subió un poco a la cabeza. Un poco mucho. Pero los problemas de esto vendrán más adelante.Creo que fue al año siguiente, tendría 4 años y mis padres habían ahorrado lo suficiente para comprar una casa más grande. Que en realidad no lo era tanto, pero estaba mucho mejor ambientada que la anterior. La primera reacción por mis padres fue que conociese a los hijos de los vecinos, para hacer amigos. Apenas estuve dos minutos con ellos y ya me habían encontrado un mote, que destacaba por su poca originalidad: "Dumbo". Pero el mote no era lo malo, lo realmente horrible eran aquellas risas, aquellas horribles y sonoras carcajadas que surgían de sus entrañas. Reían sin motivo, y aquello les causaba risa, y aquella risa la enfocaban en mi. Hoy día, cuando estoy solo y en silencio, todavía escucho sus risas, azotándome el oído.A pesar del mal comienzo, poco a poco las relaciones entre nosotros se fueron mejorando. Nos fuimos convirtiendo en un grupo, y de aquel grupo yo era el jefe. Las risas no habían sido capaces de aplacar mi sentimiento de superioridad provocado por el trato que mis padres me habían dado anteriormente. Era el líder y me sentía bien en ese puesto. Pero duró poco.Los que formábamos la pandilla principalmente éramos: Aaron, un rubio de ojos azules con el pelo al cazo, le devolví el mote de "Dumbo" llamándolo a él "Champiñón", y será mentira pero se quedó con ese nombre un tiempo; Silvia, una chica preciosa, de pelo negro y ojos de color verde oscuro; Elena, una chica que entonces pareció simpática, tenía el pelo rubio, los ojos de color verde y era un poco rellena, pero no de forma exagerada; Carlos, el hermano de Elena, unos años menor que los demás, nunca me cayó demasiado bien, tenía el pelo castaño y los ojos marrones; Ramiro, de la misma edad de Carlos, con el pelo negro y los ojos marrones; y por último yo, que si no me he descrito, diré que tenía los ojos marrón claro, del mismo color del pelo, que era largo y rizado.Como decía antes, era el jefe de todos éstos, el que siempre decidía adónde ir y lo que hacer. Debido a mi imaginación, era capaz de encontrar algo divertido por hacer. Y a eso se le une que no nos faltaban los típicos sitios: la obra, la casa abandonada, la casa encantada, el bosque, la vía del tren, o la acequia. Siempre emprendía yo el camino y los demás me seguían, les decía de romper unas ventanas en la "casa encantada" y las rompían, les decía de prenderle fuego al bosque, y lo hacían. La imaginación no tiene por qué ser algo bueno.La mayoría de las noches, nos encendíamos una pequeña fogata lejos de las miradas de nuestros padres y nos reuníamos alrededor de ella para contar historias de miedo. Adivinaréis quien era el que se inventaba la mayoría de estas historias... ¿Yo? No. Era Aaron.En éstas noches, mientras el rubito se lucía con sus historias y metía miedo a la gente, yo me aburría, porque sabía que cuando decía "Esto pasó en tal sitio hace tantos años..." sólo luchaba por llamar la atención del público. Y como no había otra cosa que hacer, empecé a hacer buenas migas con Elena.Me cayó bastante bien esta chiquilla. Con su sonrisa simpática era capaz de hacer aún más valioso mi tiempo. Empecé a ver los días de color de rosa, lo primero que hacía nada más levantarme era ir a buscarla, y antes de acostarme, despedirme de ella. No sé lo que vi en ella. Pero me gustó.Nos empezamos a llevar bien, mejor de lo que uno esperaría ahora. Empecé a salir más con ella que con los demás del grupo, y los dejé a un lado. Pero, ¿qué es lo que ocurre cuando un niño y una niña se empiezan a hacer muy amigos? ¿Qué les dicen? Como la originalidad no era su fuerte, fue el tradicional cántico: "Son novios, son novios, son novios..."Mierda. Mierda. Mierda. No se pudo evitar. Los últimos días que había estado quedando con ella habían sido los más felices de mi vida. Y ahora se iban sin remedio. Hice como que no me importaba todo aquello esperando que Elena hiciese lo mismo, pero no lo hizo y observé cómo aquella utópica etapa de mi vida se desvanecía mientras Elena se ruborizaba y estallaba negando las palabras del imparable cántico.
Y con sólo siete años me fui dando cuenta de cómo aquellos a los que consideras amigos son capaces de súbitamente descuartizar tus sueños y convertirlos en pedazos. Agaché la cabeza y estuve a punto de soltar una lágrima. Elena ya nunca más se comportaría conmigo como lo había hecho hasta ahora. Imaginé que mis entrañas me surgían por la boca y el corazón se partía derramando sangre sobre el caluroso suelo. Había perdido el conocimiento cuando me sumí en estos pensamientos, y lo único que sé es que abrí los ojos y vi aquel revoltijo de bilis y frutas. Creo que en aquel momento vomité hasta la papilla.Las cosas cambiaron, como yo había temido. Elena casi llevaba cuidado de no dirigirme la palabra y los demás se mostraban más amistosos. Odiaba el saber que en cuanto me daba la vuelta se deshacía el engaño y torturaban a Elena con su retahíla infernal.Nunca les perdone esto. Ni a ellos ni a Elena. Había vivido en el paraíso y me lo habían quitado. Los consideraba demonios del averno. Incubos y súcubos. Y el rubito era el gran Satán en mis visiones. Esperaron a ver que me sintiese mejor. Y entonces las cosas volvieron más o menos a la normalidad. Aún les guardaba rencor, pero lo ocultaba en mi interior, buscando el momento en que poder devolverles el golpe con el mismo ímpetu o mayor.Cuando vieron que las cosas volvían a la normalidad, acabaron conmigo, dejé de mandar en aquel grupo, me desplacé a un segundo plano y no me dejaron salir de él. El nuevo caudillo era ahora Aaron, y sus formas de divertirse se basaban únicamente en burlarse de mi persona. Y las bromas eran pesadas, y todas me las tomaba en serio, y el rencor que sentía hacia el "Champiñón" fue creciendo.Pero no era yo el único que se enfrentaba. Surgían gracias al rubito grandes disputas y rivalidades entre los miembros del "clan". Elena y Silvia, desconfiando la una de la otra y entrometiéndose cada una en los planes de la otra. A Carlos y Ramiro, no era difícil verlos peleando en la calle. Y por último, nuestra gran rivalidad, la del "Dumbo" y el "Champiñón".Aaron y yo teníamos nuestra propia guerra fría, donde tenías que pisar con cuidado para no pillar las trampas. Se difundían rumores por el colegio. Se organizaban complejos planes basados únicamente en ridiculizar al otro. Se restregaban excrementos de perro por las puertas de nuestras casas, se colocaban muñecas "Barbie" en la mochila del otro. Y miles de trucos sucios los cuales no puedo contar ahora, pero os diré cuál fue la gota que colmó el vaso.Tendría ya unos nueve o diez años. Aaron convenció a un amigo mío para que me sacase toda la información posible, o algo con lo que fuese capaz de humillarme públicamente. Éste era Luis. Con pocas palabras consiguió ganarse mi confianza, y creo que fueron unos pocos días pero acabé por contarle algo que le sirvió. Resulta, que en clase había una chica que me había resultado atractiva. La había visto bastante simpática y esperaba que ella, Irina, pudiese ocupar el vacío que me había dejado Elena.Luis no tardó en decírselo a Aaron, y éste tampoco tardó en decírselo a todos mis conocidos. Con una especie de odio infundado, maquinó cuidadosamente para que todos mi amigos estuviesen presentes en la humillación que me esperaba. Y ocurrió como se cuenta en el siguiente párrafo.En el recreo, me encontraba yo apoyado en unas de las rojas paredes del edificio. Y un compañero de clase se acercó a mí. Me dijo que Irina me estaba buscando, que fuese a verla. La busqué durante un rato y me dijeron que estaba en clase. Cuando subí para verla la encontré en el pasillo. El silencio reinaba allí dentro a pesar del jaleo que armaban los niños en el recreo. Me dijo que quería hablar conmigo y me invitó a hacerlo en clase. La miré con un interrogante en la cabeza antes de entrar, a estas alturas desconfiaba de todo, pero en sus ojos vi que era sincera, y entré.Cuando abrí la puerta me cayó encima un cubo lleno de detritos, mierda de perro y algunos orines de a saber qué. Empezaron a escucharse risas, carcajadas, no se paraban. Me saqué el cubo de la cabeza y vi a todo el mundo allí. Hasta gente que no conocía, todos riéndose de mí. Se me encendió la ira y pensé devolverle la gracia a Aaron, pensé en darle una paliza, pero me lo pensé un momento. Con el cubo entre las manos pasé la mirada por la gente de la sala. Elena se reía, Luis se reía, Aaron se partía por los suelos. Busqué una sola mirada seria en la sala, busqué solo a alguien que no se estuviese riendo. Buscaba alguien que comprendiese que esta broma era demasiado pesada... Pero no vi a nadie.Miré hacia atrás y vi a Irina riendo y señalándome. Estaba solo. Si hacía algo estaría solo. Y si no lo hacía también. Sólo necesitaba un poco de apoyo, una mirada que me diese fuerzas, y no la había. Incliné la cabeza mirando al suelo, y ya no la levanté más. Le di el cubo a Irina y salí de allí. La gente seguía riendo. Salí al patio y la gente de allí también parecía reírse. Me quité aquella camiseta blanca llena de mierda y la tiré en un mástil, donde se colgó y empezó a hondear. Había tirado la toalla. Me había resignado. Y la bandera blanca de mi rendición era una camiseta blanca manchada de mierda. Vaya escena, bonito final.
Con esta broma acabé la guerra fría como perdedor. No quise salir de mi casa. Asistía a las clases haciendo oídos sordos a lo que la gente decía de mí. Y en los recreos me escondía en los baños en cualquier otro lugar donde la gente no me viese. Me convertí en ese que pasa los recreos con la cara tapada por las manos y pareciendo sollozar. Para mi sorpresa nadie intentó siquiera disculparse.Pasé varios años encerrado en mi casa. Desmonté la cama y convertí la buhardilla de mi casa en mi habitación. Pasaba los días y las noches a oscuras, pensando. Y en cuanto pensaba que podía haber ganado valor para levantarme, el recuerdo de mis amigos humillándome volvía a hacerme caer. Me refugié en mi mismo. Y di por terminada mi vida. Dejaba que los días pasaran esperando que “me llegase la hora”. Me sentaba cada noche a esperar la muerte.Años de falta de vida. Como un muerto viviente andaba por mi habitación. Reflejando la desesperación en mis ojos que nadie veía. La cabeza dándome vueltas pensando en mi soledad. Ahora aunque encontrase a alguien seguiría estando sólo. Añoro el paraíso. Sé que no volverá. Ahora busco el infierno. Negué a Dios un millón de veces contadas. Las mismas lo negué como le pedí que me matase.Tres largos años. Depresivo, esquizofrénico, paranoico. Mi imaginación me jugaba malas pasadas y la encerré en un baúl que guardo en mi mente. Pasaba de cuando en cuando, el tiempo que me encontraba bien, con un ordenador viejo y una videoconsola. Me di cuenta de que aquellos juegos me alejaban de la realidad, que mientras me concentraba en sus personajes, no pensaba en otra cosa. Y me animaba, aunque no lo suficiente. Pensé que todo aquello que aleja el alma de este desgraciado mundo de mentiras y traiciones debe sobrevivir. Y decidí hacer mi carrera universitaria dedicada a la creación de estos juegos que alivian a los condenados. Aunque nunca llegué a ir a la universidad.Llegó un año un nuevo al colegio, se llamaba Samuel. A través de los videojuegos llegué a trabar una leve amistad con él. Él no había visto la broma y guardaba la esperanza de que nadie se la contara. Al menos tuve a alguien con quien hablar, pero nada es duradero.Durante los tres años que pasé demente en mi casa, no sólo me dedicaba a los videojuegos, también me encontré con tiempo suficiente para estudiar, y era el primero de la clase. Mis padres, al ver tan buenos resultados, me hicieron otro test donde volví a sacar que era superdotado, y el psicólogo les recomendó un buen colegio, donde esa capacidad se aprovecharía más que en la escuela pública.Ante un cambio de instituto así uno se intenta aferrar a lo que tiene, a lo que le gusta de su antigua vida. Pensé en Samuel. Algo es algo, y me negaba a cambiar. Pero cambié.Con los doce años que tenía ya era incapaz de hacer amigos por mí mismo. Y si había acabado completamente humillado en la escuela pública, en la privada también sería así. No iban a mejorar las cosas, eso ya lo tenía completamente asumido. Y la razón por la que mis padres me enviaban allí también estaba equivocada. Pues en el instituto encontré tanto mal y tanto sufrimiento como en el otro, o quizá más. Pero aprendí a ocultarlo.El cambio que dio mi vida en este instituto fue impresionante, pues en él encontré una razón para luchar, y es la misma que en estos momentos me hace caminar. Sin ella yo estaría inmóvil, paralizado, hecho zombi. Pero esta historia ya es bastante conocida, se la susurra por los pasillos y a escondidas. Porque es un secreto a voces. Un secreto guardado bajo llave. Que ya os contaré.
Mi primer día en el instituto fue algo traumático. Un tipo solitario como yo se vio de pronto rodeado por miles de personas, que no hacían más que preguntarme quién soy y de dónde vengo. Aquellas preguntas no hacían más que recordarme cosas que hacían saltar lágrimas de mis ojos. El paraíso perdido. La Guerra Fría y la humillación final. Quien me observaba, sin saber todo lo que había pasado antes, reía al verme casi llorar de tristeza.Mis estupideces eran increíbles. Varios años sin hablar con nadie me habían hecho olvidar cómo debía comportarme. Me acabé humillando a mí mismo. Al menos, conseguí, pasados unos días, hacer algún que otro amigo, si los puedo llamar así, yo ya no comprendo lo que es la amistad. Uno de los primeros con los que simpaticé fue Pedro. Y con él estaba cuando vi el gran horror.Nos encontrábamos sentados en un banco al salir del instituto, hablando de varias cosas y fijándonos en las chicas que pasaban. Apareció “ella”. La diosa, la musa, el amor. Sentí algo muy extraño al verla pasar. Sentía que necesitaba estar con ella. Comprendí que mi paraíso volvería a existir con ella. Pregunté a Pedro por su nombre mientras observaba cómo bajaba las escaleras hasta la cafetería.- Se llama Paula. - dijo Pedro.- Es preciosa. – Respondí y callé.- A que si – rió sagazmente -. Todos en clase están locos por ella. Yo que tú no me fijaría mucho, esa tía es inalcanzable, nunca conseguirás un rollo con ella. Yo creo que está mejor esa amiga suya, Verónica. Está casi igual de buena que Paula y es menos difícil de conseguir.Dejé de escucharle. Sólo seguía sus pasos bajando las escaleras e intentaba seguirla cuando se metió en la cafetería. Había quedado deslumbrado por sus encantos, mi mente ya no se centraría en otra cosa. El tanto pensar en ella me volvía cada vez más reservado, y no hacía más que darle vueltas a cuál sería la forma de conseguirla.Veía la vida como si fuera un videojuego, cuando al protagonista se le plantea una meta, siempre existe alguna forma de conseguirla, por muy escondida que esté. Y pasaba meses pensando en la forma de tenerla. Pasó aquel año y no dejaba de buscarla.El año siguiente, dejé de buscar directamente un plan de conquista, y pasé a indagar sobre ella para conseguir pistas que me ayudasen en esto. Pero buscarla era difícil. En la guía de teléfonos aparecían miles de direcciones posibles y me resultaba prácticamente imposible encontrarla.¿Qué es la felicidad? Mi diccionario me dice que es un estado del ánimo producido por la posesión de un bien. No se puede describir cómo es la felicidad, ni siquiera habiéndola vivido. Sólo podía saber ahora que mi felicidad, mi paraíso, lo recibiría de nuevo en cuanto la poseyese.Pero poseerla parecía un fin imposible, estaba fuera de mi alcance. Pero las pistas vinieron justo cuando yo no las buscaba, aquel verano. Aparecieron en mi vida los “juegos de rol”.Si yo no me gustaba a mí mismo, si sabía que no era lo que debía de ser, ¿cómo podía siquiera soñar en conseguirla? Aquellos juegos me enseñaron a cambiarme a mí mismo. Actuando, interpretando a personas que no éramos, me di cuenta que podría transformarme en lo que quisiera.Y guardé mi personaje con interés, guardé en mi mente todas las aptitudes básicas de su comportamiento. Era una hoja de papel, y yo la convertiría en carne.Éste era el último curso de segundo ciclo, y tenía que hacer algo rápido. Pensé que si me demoraba más dentro de dos años la iba a perder con el paso a la universidad. Convencí a mis padres para tener la conexión a Internet, y con él sería capaz de descubrir más cosas sobre ella. Conocí por él a sus amigas, y con ello saqué más información de la que desearía. Me pasaba las noches en vela conectado investigando sobre ella. Me dejé de lado los estudios, ya no abría los libros, sólo me importaba ella.Aquellas Navidades comenzó a aparecer la locura en mi mente. No podía verla. No podía verme. Sólo podía pensar en ella. Abrí mi mente, la dejé apta para cualquier cosa que me ayudase a conseguirla. Rogué al cielo y al infierno, a las fuerzas del bien y el mal, invoqué mil veces los espíritus, ofrecí mi alma y nadie la quiso. Y ni magia ni religión. Nada funcionó. Nada me dio fe.Samuel llamó una noche aquellas Navidades. Traía una nueva esperanza. La Iglesia. Que idea tan genial. Eso ya me había fallado. Pero habló tanto de aquella iglesia y dio razones como que Dios le había ayudado a conseguir a su novia que al final accedí.Y la iglesia me ayudó, pero no de la forma que creéis. En realidad era uno de esos grupos religiosos que surgen del cristianismo, se hacían llamar los evangelistas. Apenas podía contener la risa con aquellos ridículos rituales y sus creencias me parecieron algo primitivas y estúpidas. Pero me ayudaron dándome algo de qué hablar.Yo era un hombre silencioso, y eso no tenía pinta de cambiar. Aunque hubiese querido abrir la boca me habría quedado sin nada que contar, pues había varios años de mi vida que había cerrado para siempre. Ni mentar ni recordar aquello. Modifiqué un poco el aspecto de la iglesia y volví aún más ridículos sus rituales. La convertí en mi mente en una secta devoradora de mentes y así la transmití.Al volver a clase empecé a denotar el cambio. Adopté las facetas de mi personaje en el juego de rol y tuve matices de una leve demencia, pues desvariaba a veces. Comencé a hablar con la persona que tenía más cerca. Se llamaba Amador, y no hacía más que reír de lo que yo decía. Sabía que en el fondo se reía de mí. Pero no importaba, importaba que pareciese que se reía conmigo.Conté que andaba metido en una secta de cristianos para destrozarla por dentro, porque, también dije que era satanista, y odiaba la iglesia. Los pocos conocimientos que había adquirido rogando a todo tipo de ser superior la posibilidad de estar junto a ella, me sirvieron para demostrar que sabía de artes oscuras. Con estas cosas empecé a llamar la atención.Todo el instituto me conocía y hablaba de mí a mis espaldas. Yo lo sabía. La gente tenía a veces miedo de que les lanzase alguna maldición, eso los creyentes. Los que no creían intentarían arruinarme si no dejaba de destacar así. Y dejé. No llamaba su atención con estas cosas. Las seguía desde lejos pero sin la menor importancia.Si todo lo que hacía no le gustaba, había que buscar algo que le gustase. Acompañé a un conocido mío que iba a fumar en algún rincón escondido. Se llamaba Elián. Elián se escondía cada día detrás de los campos de fútbol para fumarse el cigarrillo y de cuando en cuando iba yo con él para hablar un rato. Solía quejarme del humo constantemente, me provocaba náuseas.
Un día de éstos que acompañaba a Elián, nos sentamos en unos bancos que hay al final del campo de fútbol. Él se encendió el cigarro y yo me levanté para no olerlo. Me apoyé en un poste y miré al horizonte. Pasé la mirada por todo el instituto y el colegio, donde se me fue la mirada al parque de los preescolares.Verónica apreció, y detrás Paula. Vinieron muchas de mis compañeras. Se escondían allí para fumar. Ellas también. Miles de palabras cruzaron mi mente. Mil imágenes. Imaginé un beso, y el asqueroso sabor del tabaco haciéndome regurgitar toda la mierda que en mi vida me había tragado. Aquel olor me producía arcadas, si ella olía a eso no sería yo capaz de estar junto a ella. Mi paraíso. ¿Qué vale más? Le arranqué a Elián su cigarro de las manos y empecé a fumar yo. La angustia casi me hace vomitar, pero se me contrajo el estómago y me mareé un poco.No me pasó nada pero tuve que hacer un esfuerzo para volver a coger un cigarro. El hecho de fumar yo me quitaría definitivamente el desagrado que me causaba su olor. Dicen que se necesita fuerza de voluntad para dejar de fumar, pero yo la necesité para empezar. Con el tiempo, se me fueron pasando las náuseas, pero no dejaba de sentir esos pequeños mareos cuando ya le dije a Elián de mezclarnos entre ellas, intentando ocultar la verdadera razón de ese interés o, al menos, su objeto.Me fui con esto acercando a ella y descubriendo cosas que no había imaginado sobre su personalidad. Éramos compañeros de vicio. Estar juntos fumando ya era algo bueno para mí, aunque no llegaba a ser mi codiciado paraíso. Comprobé la música que le gustaba y me habitué a ella, comprando discos de aquel heavy metal y escuchándolos sin parar pasé de aborrecerla a adorarla. Descubrí que aparte de tabaco, fumaba marihuana y bebía de todo tipo de alcohol. Yo también empecé con eso. Todos sus gustos, todos sus vicios, se fueron convirtiendo en los míos también.El hecho de verla cada día ya resultaba bastante para hacer más confortable esta dura existencia mía. La deseaba en secreto, la veía cada día. No dejar vislumbrar un simple atisbo de mis sentimientos por no cambiar su trato hacia mí, que, aunque no era del todo bueno, tampoco me podía quejar.La fui amando cada vez más y más. Dejaba mi mente entrar por ella en la locura cuando me encontraba solo y rellenaba los huecos de las paredes de mi habitación con su nombre escrito en sangre. Rellenaba hojas y hojas de frío papel con mis sentimientos que se apelotonaban entre lápiz, tinta y sangre hasta el punto de no dejar entrever una sola palabra. Era demente pero la demencia pasaría al entrar en el paraíso. Y entreveía las cosas que me harían ser digno de tenerla. Tendría, para entrar con ella en el paraíso, que cambiar aún más mi forma de ser, para convertirme en gracioso y simpático. Segundo, cambiar mi aspecto externo y adoptar estilo en la forma de vestir. Y por último, lo más importante que su corazón pedía, era haber tenido experiencia anterior en el amor, pero yo contaba con que mi pasado no valdría, pues no se podía considerar experiencia ya que no había existido. Ni mentar ni recordar. No me valía.Pasó el curso, me quedaba poco tiempo, pero ese verano tenía que quedar dispuesto para estar con ella. Conseguí algo de dinero rogándoles a mis padres, y con ello compré algo de ropa y me hice un nuevo peinado. Me veía bien en el espejo. Esto era lo más fácil. Ahora venían los dos últimos requisitos. Fui a la playa. Organicé una nueva partida de rol para meterme dentro de un personaje gracioso, y saber cómo comportarme. Pero yo no era gracioso, y por muy bien que actuase, jamás conseguiría eso.Así que me olvidé de hacer de humorista y busqué el tercer requisito, busqué nueva experiencia en el amor. Pedí salir a toda mujer con edad suficiente en un radio de mil metros a la redonda y no conseguí nada. Intenté con Lidia, Susana, Miriam, Maria del Carmen, Ana María, Ana Rosa, Teresa, Consuelo, Berta, Cassandra, Bárbara, Andrea, Maria José, Cristina, Cira, etc. La lista es interminable. Más de cincuenta mujeres y no encontraba nada con ninguna. Pero la razón es que no quise a ninguna de ellas, mi corazón seguía con Paula. No era capaz. Lo sentía. Pero aún sin haber conseguido todo lo que tenía que haber conseguido y, sin ser como debería ser, debía buscar el paraíso.La mente me era oprimida por la locura, y la locura era alimentada por el amor. Me daba vueltas la habitación mientras se me representaba en imágenes todas las veces que la había visto. Subía a lo alto del faro y miraba en dirección a su casa, que en la lejanía y de noche, yo pensaba en verla, y gritaba su nombre llamándola.Los ecos resonaban en todo el universo, la necesitaba. La demencia me estaba consumiendo, el delirio me estaba atormentando, la esquizofrenia me hacia verla por todas partes, la paranoia me hacía pensar que todo el mundo estaba en contra de nuestra unión, incluso ella, y la depresión me hacía creer que estaba destinado a perder.Me acercaba al infierno. Las llamas del amor y las cenizas de la locura laceraban mi atormentada alma. Las fuerzas me abandonaban y luchaba por recuperarlas gastando las que me quedaban. Un día se hizo el silencio. Pensé morir. Pero en vez de eso la vi. La vi en su casa, descubrí dónde vivía, la vi acompañada, descubrí a mi enemigo. Se me había revelado en el sueño. Ahora sabía lo que tenía que hacer.Acabó el verano y volvieron a empezar las clases. Ya no estaba junto a ella. Dolor, agujas en la sien. Lucharía, aún sin fuerzas. Paraíso. Anunciaron una buena noticia. Un viaje de estudios. Con suerte ella vendría y daría fin a todo esto. Urdiría algo para aquel viaje, pero para hacerlo necesitaba verla de nuevo, coger fuerzas. Reunir otras pistas.Esa misma tarde, sin que nadie lo supiera, monté en el autobús para ir a su casa. Me veía a mí mismo a través del cristal. “Eres patético” una voz me decía. Y yo sonreía porque sabía que era verdad. No era digno de salir del infierno. Ni de encontrar el paraíso.Se abrieron las puertas con un tono grave y seco y bajé. El viento soplaba fuerte sobre mi cara y las hojas secas de los árboles volaban a mi alrededor. Empezaba a oscurecer y llegué al sitio que había visto en aquel sueño, por el balcón apareció la señal que esperaba. Paula, ella apareció por el balcón.Me senté lo más lejos posible pero sin perder de vista la puerta de su casa y me encendí un cigarro. Empecé a esperar y cuando ya era la noche entrada, vi aparecer a mi enemigo. Ya sabía su nombre, David. El sueño había sido una visión. Lo sabía todo.David llamó a la puerta, y ella apareció al cabo de un rato. El enemigo ya había descubierto mi presencia, me había mirado con odio, del mismo modo que yo a él. Dudo que supiese que les estaba espiando a no ser, que él también hubiese tenido la misma visión conmigo. Se besaron delante de mis propias narices y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Me habría lanzado contra él y le habría matado allí mismo, pero me contuve y fui paciente, pensando que el momento llegaría.Comenzaron a andar y yo les seguí. No tenía demasiado interés en saber a donde se dirigían, así que creo que solo les seguía para verla a ella. Se adentraron por recónditas calles donde la oscuridad hace gala con su aparición. Cruzaron una esquina y yo les seguía. Al estar yo a punto de cruzar la misma esquina los vi parados, sabían que les estaba siguiendo. Seguí adelante y no me adentré por el callejón, al rato. La voz del enemigo. Me llamó. Y se acercó a mí.Le habría arrancado la garganta a mordiscos, me habría comido sus entrañas, habría convertido su corazón en un coágulo de sangre seca. Pero ella le seguía, y estaba junto a él apoyándole. Negué tres veces mi amor hacia ella. Tres veces lo negué, como San Pedro a Jesucristo, no debía de ser tan malo, ¿verdad? Para mí si lo era. Ella callaba y sonreía y yo sabía que confiaba en mi enemigo para que me destrozase. Pero mi negación no le dio razones para hacerlo. Volvía a estar solo. Pero la necesitaba. Su apoyo. Su amor. El paraíso.Él sabía que yo la amaba, que amaba a Paula, que pensaba quitársela. No podía soportarlo, observé bien la cara de David. No parecía feliz, parecía... un muerto en vida. Tenía la cara larga, y reflejaba a la vez tristeza y rabia. Las cuencas de los ojos bien marcadas, como si llevase noches sin dormir y el blanco de los ojos ahora era rojo, como cualquier drogadicto de los que pasean por la calle.Pensé varias cosas, la primera al observar la sonrisa de Paula, entonces asumí que estaba perdido, que no la podría tener nunca, que luchaba en vano. Pero este pensamiento no era capaz de detener el impulso atávico que sufría por tenerla. Y la segunda al ver a David, a mi enemigo. Que lo fue más de que pensase esto, y era, que David era en realidad quien había hecho a Paula empezar a fumar, quien la había iniciado en la marihuana y en la música. Eso era algo que me costó admitir. Yo había imitado a Paula completamente, en todo lo que la había visto hacer, y esas cosas me estaban perjudicando. Pero ella, ella había plagiado todos sus gustos de ese David. Ahora yo era David, me encontraba imitándole, y eso era algo repugnante.
Todos los gustos de Paula habían dejado mella en mí. Y ahora rendía yo tributo con esos gustos al gran enemigo. Le odié. Le odié con toda mi alma por haberme pegado esos vicios. Por la misma razón por la que amaba a Paula, empecé a odiar a David.Negué mi amor por Paula una, y otra, y otra vez. Aceptarlo en aquel momento habría resultado en una pelea, y no apetecía en ese momento. No podía pelearme delante de ella, porque Paula lo amaba, y yo debía respetar eso. Y además, si la pelea resultaba en mi derrota, sería humillado por ella. Y las consecuencias de que Paula me humillase serían desgarradoras. Peor que el suceso con Irina, éste no me haría retirarme, éste me haría morir, o lo que es peor, abandonar la poca cordura que me quedaba. No quise nada con ellos. Si hubiese podido me hubiese hundido en la tierra y habría desaparecido. Que desaparecieran.Ellos siguieron su camino y yo opté por otro. Cuando desaparecieron de vista el dolor se hizo real, y comprendí que mi salvación era presa de alguien que me odiaba. La muerte, el fin de todo, podría ser la salvación. Pero necesitaba el paraíso para no caer en ella.El viaje de estudios. Un viaje a París. La ciudad del amor, no me jodas. Esa será mi última oportunidad. En ese momento daré la última oportunidad. A ella y a mí. Al paraíso perdido. Al fulgor de sus ojos. La última oportunidad. De conseguir la vida o buscar la muerte. En el viaje de vuelta planeo todo lo que voy a hacer.Será una película, la escena de una película. La última escena y nadie sabe como va a acabar. Si con un “vivieron felices y comieron perdices” o un “terminó su vida pero nunca será olvidado”. Los juegos de rol me habían enseñado a cómo organizar estas escenas para cautivar al público. Sabía que mis palabras la tendrían que tocar en el alma y emocionarla. Si no conseguía despertar magia en su interior fracasaría en la misión que me he encomendado.Seguí usando la magia. Pero eso no ayudó. Planeé recelosamente la escena. El día y la hora exactas de principio y fin de la escena, calibrando todas sus posibles reacciones. Miles de páginas repletas de bocetos con el croquis de la escena perfectamente detallado.Absolutamente convencido de que para mí no existía ningún otro paraíso gasté tiempo en auto convencerme de que lo que había preparado en aquellas páginas era lo mejor que podía hacer. Que si existía la más mínima posibilidad de recuperar mi jardín del edén merecía la pena intentarlo aunque la consecuencia pudiera ser la muerte del cuerpo y el alma.Era callado y obsesivo. Reflejaba en mis ojos la locura. Guardaba la causa en secreto. Estaba íntegramente obsesionado por conseguir lo que me proponía. Aunque las voces en mi cabeza sólo presagiaban mi fracaso, las visiones mostraban mi propia muerte, no podía dejar de actuar.¿Estaremos los hombres sujetos a un camino predeterminado? En mi vida, he tenido pocas ocasiones de decidir por mí mismo, y en ellas la solución siempre ha sido clara. Y podría haber optado por otra solución, pero no lo hice, porque hice lo que tenía que hacer. Todo lo que he sentido desde el principio ha ido siendo lo que ha influido en mis posteriores respuestas. Estoy loco y enamorado, yo no he elegido serlo, pero lo soy, y me comporto como me debo comportar, pues no conozco otra forma. ¿Nunca habéis sentido que vuestro camino estaba dirigido al fracaso, pero aun así no habéis podido evitar seguirlo? Yo sabía que fracasaría, porque tenía que fracasar, pero no me quedaba más remedio que intentarlo. Mi última esperanza se encontraba ya en sus manos. Y no sé a qué tipo de infierno he caído con esto.Finalmente llegó el día del viaje de estudios, y comprobé con alivio que ella también venía. Me escondí en los últimos asientos, por estar lejos de ella. Necesitaba mirarla, pero eso me provocaba dolor, y me sugerí a mí mismo de evitarla hasta que llegase el momento decisivo. El clímax de la historia.Evité su mirada mientras recorríamos los numerosos monumentos de la ciudad. Esquivándola en todo momento, a veces parecía ser ella la que me perseguía a mí. Un par de veces cruzamos los ojos por descuido, y en ellos una extraña sensación, como tristeza y curiosidad, como miedo y... ¿deseo? Imposible. Había llegado el último día del viaje.La habitación del hotel estaba demasiado silenciosa. La calma sólo era interrumpida por una leve grieta en el techo, de donde se filtraba la lluvia de gota en gota cayendo sobre el frigorífico como el tic tac de un reloj. Una araña tejía su nueva telaraña entre la pared y mis maletas. Mis compañeros de habitación habían elegido dormir en otro sitio para no estar conmigo. Creo que les doy miedo. Eso está bien.El alba rasga mi sueño, en mi interior siento el anhelo de cumplir con mi obligación. Decido que sea esta noche. Me visto bien para la ocasión. Mi mejor camisa. Mis mejores vaqueros. Aderezos de oro y plata. Una gabardina. Sólo queda esperar a que pase el día.Era mi último día. Lo pasé normalmente. Total, ¿qué podría haber hecho para aprovechar los que podrían ser mis últimos minutos? Nada. Me despreocupé totalmente del asunto. Pero firme en la decisión de dar un bonito final a mi ruin e infame vida.
Tac, tac, tac, tac, seiscientas. Cuento las gotas de agua Ya es la hora. Deberían estar a punto de tocar las doce de la noche. No hay nadie en el pasillo y mis compañeros duermen en otras habitaciones. Salgo y cierro la puerta con llave. Subo por las escaleras para no hacer ruido. No se debe turbar el silencio de tal momento. Me dirijo a la azotea. Mientras subo los últimos escalones me saco una baraja del bolsillo y saco dos cartas al azar. La baraja de los arcanos. El tarot saca las cartas de Los Enamorados y La Muerte. Las cartas caen al suelo y se colocan perfectamente en el centro de los dos últimos escalones. Sonrío. Todo va divinamente.Abrí la puerta y observé la azotea del hotel. Fría, imperturbable, la quietud reinaba. Trepé por unos barrotes que había junto a una ventana y me subí justo encima de la puerta. Ya debe ser. Es el momento. Es el lugar. Va a fallar. Va a suceder.No pienso, sólo marco un número. No recuerdo su número pero mis dedos marcan solos. La torre Eifel se levanta en la lejanía. Suena el tono. Esta comunicando. Enchufo un cigarro, le doy una calada y vuelvo a llamar. Suena el tono. Ella lo coge. Le digo que suba y, para mi sorpresa, acepta. No sabrá quién soy yo. Si lo supiese no vendría.Paula sube las escaleras y abre lentamente la puerta. Pregunta por David. Pregunta por el enemigo. Cree que es él quien la ha llamado. Vamos a darle una sorpresa. Salté y me puse justo delante de ella.- No es David, preciosa, soy yo.-dije, y el tono de mi voz sonaba tétrico.- ¿Cómo?¿Y tú quién eres?- respondió.- ¿Yo? - La voz me surgía entrecortada, de repente me di cuenta de que no sabía mi propio nombre, respondí como pude, ante la agudeza de la pregunta-. Yo soy alguien que te quiere y te desea, alguien que te necesita más que cualquier otra cosa y que no puede vivir sin ti.- Qué dices, eso ya lo séNo podía ser. Me había preocupado de que ella no supiera nada antes de esta noche. Ella no debía conocer mis sentimientos. ¿Cómo lo había sabido? Guardé silencio durante un instante, me encontraba aturdido, como cuando descubres que falta la última pieza de tu puzzle. La magia no se encontraba en mis palabras, no conseguía cautivarla. Aunque también podría ser que ya estuviese cautivada.- David, ¿Qué te pasa? – Ella rompió mi silencio.- Yo no soy David. Él es mi enemigo- No te entiendo, tú eres David. Tú eres la persona de la que estoy enamorada.Estaba demasiado desconcertado para seguir con esto. La conversación me estaba tomando un tono demasiado extraño. Según lo que había dicho yo debería ahora estar contento. El paraíso estaba ya al alcance de mi mano, tan cerca que ya podía saborearlo. Pero no era así. No era el mismo paraíso. La esperanza que guardaba era de conseguir el paraíso luchando. No soportaba que me lo ofreciesen en bandeja de plata. Puede que ella estuviese loca. O quizás que la marihuana y la cerveza la hacían ver otras cosas.- ¡¡¡Nooooooooooooooooooo!!!¡Deja de llamarme por ese nombre!– Algo en mi interior se removía, las cosas no iban bien.- David, tranquilo, dime qué te pasa- No puede ser así – Decía yo.-, toda mi vida soñando con algo que no es real. Toda mi vida buscando algo que ya tenía. No me quedan esperanzas, no me quedan sueños. Me has hecho perder la fe. Por ti he llegado hasta aquí. Por ti he perdido lo poco que me quedaba. Y por ti ahora lo voy a entregar todo.Paula me había guiado hasta aquí. Paula me había hecho perder la cabeza. Paula había sido la causa de todos mis males, y ahora se me entregaba sumisa y obediente, sin resistirse a mí. No lo entendía. No entendía nada. Sólo me quedaba una cosa clara entre las vueltas y los tumbos que me daba la cabeza. Había fracasado... Los momentos del pasado pasados están, y no volverán... Mi paraíso, mi añorado paraíso, estaba perdido y no podía entenderlo.La felicidad se me había alejado definitivamente. Aquello por lo que luchaba se derruía en mi mente. Aquello que me había impulsado a vivir en los últimos años se convertía en una mísera farsa. Los muros de mi mente se hundían. Todo era un sueño, luchar por un sueño. Vivir por un sueño. Pero los sueños, sueños son, y si se cumplen, desaparecen.Paula, era hermosa. Pero más hermoso había sido luchar por ella. Y ahora entendí que sin esa lucha mi vida había terminado. Tan fácil. No podía tomarla. No podía ser feliz.Besé tiernamente sus labios y no encontré en ellos sabor alguno. Besé su boca sin deleitarme en ello. La miré con ojos de desesperación e incomprensión. Luego di la vuelta y me planté en el borde de la azotea. Me di la vuelta para mirarla por última vez, para contemplar el blanco de mi empeño, la causa de mi lucha. Me rendí de nuevo. Soy débil.- Dime adiós. –Ésas serían mis últimas palabras.Di un gran salto hacia atrás precipitándome al vacío. Sentía el aire dándome en el rostro mientras caía. Alzaba mis brazos hacia la preciosidad, hacia la extrema belleza que dejaba en lo alto. Pero la rechazaba. El movimiento de la falda de mi gabardina hacía un sonido extraño pero bello. Sería de los últimos que escucharía. Ahora voy de cabeza. Al fondo del pozo. Sentí la vida pegada a mi piel pero debajo como siempre, no me quedaba nada. Lo único que me ata es el instinto de supervivencia, el animal. No pensaba dejar salir a la bestia.En el último momento, abrí los ojos y vi el pavimentado suelo. La vida entera se pasó por delante de mis ojos. Volví a vivir el paraíso. Encontré lo que buscaba, vivirlo un momento más. Viví de nuevo la gran humillación y los años en casa. Viví de nuevo el ver a Paula la primera vez. Vi su casa por dentro, a pesar de que yo nunca había entrado. Vi como los dos nos amábamos en su cama. Vi como los dos estábamos juntos y cómo lo habíamos estado siempre. En ese último momento comprendí.Yo era David. Siempre lo había sido. Pero lo había olvidado. En mi mente se dividió de él. Se me hizo olvidar todo lo bueno de la vida para sufrir todo lo malo. Yo era el que sufría las desgracias y él era el que disfrutaba sus placeres. Así cada uno sentía plenamente la parte que le tocaba.Sabía que estaba loco, ya lo había notado antes. Pero no pensaba que mi demencia fuera ésta. Cruel destino. A mí me tocó el peor fragmento de esta vida. Sufrir por lo que ya tenía. Luchar por algo que ya estaba hecho. Esta existencia no tenía sentido. Pero habría merecido la pena vivirla por sólo saber que David, que yo, la tenía, aunque no la sintiese.Aunque ya era tarde, el golpe en la cabeza me corta de repente la respiración, los huesos se introducen en mis órganos vitales produciendo un intenso martirio. El dolor se propaga hasta a la última fibra de mi cuerpo mientras siento cómo las costillas se doblan, se parten y se clavan en mis intestinos.Mi sangre forma esos surcos por el suelo, que se deslizan lentamente hacia las alcantarillas. Me veo a mí mismo tumbado en el suelo. Muerto. Me había llegado la hora. Una pena. Justo ahora que al fin comenzaba a comprender, que el verdadero enemigo era yo mismo.


FIN

2 comentarios:

  1. Here are some links that I believe will be interested
    ResponderSuprimir
  2. I love your website. It has a lot of great pictures and is very informative.
    »
    ResponderSuprimir

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...