27 de julio de 2006

- Vedetta

Me desperté con las siete campanadas de la iglesia de mi calle, totalmente embozado en sudor y en lágrimas, con los párpados pegados entre sí como con pasta de cemento. No alcanzaba a recordar porqué había estado llorando, aunque la verdad poco me importaba, me ardían los ojos y me retumbaba la cabeza, apenas pude dirigir la vista hacia mis piernas.
Con un ligero pero costoso movimiento de muslos, cayeron de mis bolsillos tres monedas de veinte céntimos y las llaves de mi casa. Alargué la mano, y en un tiempo que a veces me parecieron siglos, a veces segundos, coloqué mis únicas pertenencias sobre la mesilla de noche.
Tiré de un golpe el teléfono al suelo, en espera de que se descolgase y nadie importante tratase de llamar. No fue tan fácil tirar el despertador, pues ya no tenía, y los restos del dinero que había ganado al empeñarlo yacían junto a las llaves en la mesa.
Al respirar por la boca, tragué mis sólidas babas y noté el ácido y metálico sabor de mi paladar. Alcanzar la nevera no parecía cosa fácil, así que intenté escupir en el suelo pero comencé de repente a vomitar.
Allí estaba yo, de lado sobre la cama, con los brazos rodeando la única mujer que en aquél momento amaba, –mi almohada- y observando extasiado sobre los fétidos efluvios de mi propia bilis cuántas gotas de sangre habían caído esta vez sobre aquél acervo alcohólico salido de mi estómago, que se pudría desamparado sobre la alfombra.
Descubrí las formas que el ocre líquido formaba, y dejé bastante tiempo mi imaginación volar mientras las campanadas se repetían antes de que yo notase las horas pasar. Veía mi reflejo y, como Narciso, no era capaz de apartar la mirada.
Finalmente me incorporé, con mis pies descalzos chapoteando en aquella papilla gelatinosa. Mi piel estaba abrasada, todos los poros de mi cuerpo abiertos exudando el calor, y al levantarme del todo dejé de encontrarme tan bien como en un principio había creído.
Todo comenzó a dar vueltas. Cerré los ojos y me guié por mi intuición para llegar a la bañera, pero ésta me falló, y cuando me vine a dar cuenta había acabado en la cocina. Quedaba una mortadela, y un bol lleno de ralladura del pan que antes no quise comer. Supe que no sería capaz de tragar nada si no limpiaba primero mi garganta.
Abrí el grifo y me colgué de él, no tardó mucho en ceder. Pero al caer la espita no salió ni una gota de agua. Permanecí atontado un tiempo pensando en si era necesario llamar a un fontanero, si realmente estaba saliendo agua y yo no la veía.
“Estos grifos no son como en las películas”, pensé, y di la vuelta trastabillando hacia el baño para darme una ducha. Allí se me confirmó, me habían cortado el agua. ¿Llevaba ya más de un mes así, con aquella vida? ¿Con qué rapidez había pasado? Todos los recuerdos eran fugaces o inexistentes, y el calendario ya no tenía ningún significado para mí.
Ni trabajo, ni mujer, ni hijos, ninguna responsabilidad, nada me oprimía. Me acostaba y levantaba sin nada que hacer, sin lugar a donde ir, y sin nada en que pensar. Totalmente libre. Viejos amigos en el periódico me publicaban una columna de vez en cuando, y eso me bastaba para ir tirando, me bastaba para vivir, pero ese día lo vi de otra manera.
Me concebí como un personaje de una novela que yo mismo estuviese escribiendo, pensando que la pluma pondría en mi boca las palabras que no me atrevía a decir. Y así hice. Cogí un rotulador y empecé a escribir en la misma pared de la habitación. “No tienes vida”.
Al leerlo me sorprendí, aunque hubiese estado en mi cabeza antes que en la pared lo encontré inédito y sorprendente. Probé qué más habría en mi interior y seguí:
“Solitario y abandonado, único amante del alcohol pero no su único amado”; “Inconsciente inexpresivo vagabundo de las calles que embotaron su pluma y su corazón”; “Asceta recluido y ermitaño infeliz, inventor de sus propias miserias”; “Hombre perdido que encuentra el paraíso embotando su razón”.
Quedé un tiempo pensativo, escribí la palabra “YO” y señalé con flechas todo lo anterior. No era feliz ahora, no tenía nada de valor, nada que perder. La solución era rápida. Debía encontrar algo para hacer que mi vida valiese la pena. Poco sentido tenía si no desperdiciarla.
Miré a la mesilla, sesenta céntimos y una llave eran los únicos medios con los que contaba para reflotarme antes de que mi vida acabase sin pena ni gloria.
Me limpié con las sábanas y me vestí con lo que tenía. El traje blanco hacía relucir al hombre que sólo había comido media mortadela, y los zapatos negros resonaron con su dura suela cuando el solitario adán bajó las escaleras.
La luz del sol me cegó, pero me sentía nuevo. Lo primero que hice fue dirigirme a la plaza y remojarme la cara con el agua de la fuente. Ya era media tarde, aproveché para sisear propinas en las terrazas y dejé que mis propios pies me llevaran donde quisieran.
Los gritos de los chavales en la puerta jugando con sus bicicletas de plástico hicieron volver en mí la resaca matinal, pero esta vez luché contra ella. La puerta seguía tiznada y el pomo andaba suelto, aunque poco importaba ya en aquella casa donde la entrada era para todos libre.
-¿Raya? –llamé. Pero apareció el Rojo. Muy serio, no se alegró de verme.
-Dime lo que quieres y lárgate.
Eché un vistazo a mi bolsillo, había más que suficiente para la noche.
-Dos de lo de siempre y algo que me llene el estómago.
El Rojo se quedó frente a mí con los brazos cruzados, como esperando que dijese algo más. El mareo no me permitía responderle sin titubear, y demostrar el miedo que prudentemente en estos casos hay que tener.
-Dame el dinero.
-Primero lo mío.
-Todavía me debes dinero. –respondió- Tú eliges, lo nuevo o lo de siempre, y con el resto saldamos deudas.
No me pude negar, le ofrecí lo que tenía y escogí lo nuevo.
Cautelosamente, como si aquello que manejaba le fuese a explotar en las manos, extrajo una pastilla de una bolsa que había en el cenicero.
-Te tendrá colocado un día entero y además te quitará el hambre. Pero mañana tendrás que comer. De todas formas no es mejor que una barra de pan.
Sin mediar más palabra cogí la droga y me la metí en el bolsillo. Me alejé de allí todo lo rápido que pude, siempre había oído que muchas veces les da por recuperar las pequeñas mercancías. Ideé primero lo que querría hacer después. Pedí un cigarro y lo fumé en un banco, hasta que se hizo de noche, y mientras apuraba el filtro me vino a la cabeza.
Tomé la pastilla pidiendo agua en un bar. A mi edad, la gente piensa que realmente es una enfermedad, pero no existe ninguna diferencia, siempre te observan con pena y compasión en los ojos, como si estar colocado fuese lo mismo que cruzando el umbral de la muerte.
Me dirigí a las afueras, cerca de las discotecas y busqué los parques, allí los encontré. Eran una pandilla de jóvenes haciendo botelleo. Nada mejor que la juventud para devolverle a uno la esperanza, pensaba, si hay algo que encontrar lo encontraré aquí.
Una vez divisados, esperé a que el alcohol hiciese efecto en ellos, dando unas cuantas vueltas alrededor. Cuando regresé, la sonrisa se había dibujado ya en sus rostros, y me armé de valor comenzando a notar los primeros efectos de la pastilla que había tomado.
-Perdonad, chicos. –me miraron con desdén, como a un viejo puritano destinado a chafarles la fiesta- ¿Os importa si me uno?
De repente comenzaron todos a reír, pero los que estaban sentados comenzaron a servirme una bebida. “No se ve mucha gente de su edad por estos lares, abuelo”, decían, “¿Qué pensará su mujer?”. “Pensará en lo aburrida que se ha vuelto su vida desde que me dejó”, respondía yo.
Era fácil ganárselos, yo era para ellos un adulto, algo insólito violando las leyes. Pero se demostraban a sí mismos que ellos también lo eran compartiendo sus historias conmigo. ¡Cuánto tiempo hacía ya que olvidé tales preocupaciones! Puestas en sus labios se hacían tragedias insoportables. El tremendo pesar que ellos tenían por el simple hecho de no encontrar novia, el pavoroso terror al tedio. Sus más mínimos defectos se convertían en un todo.
Así hablaba Carolina, charlando conmigo a solas espantada por las últimas notas en su colegio, necesitada de consuelo sin encontrarlo en aquellos que también creían necesitarlo. Mientras volaba entre sus cabellos con mi mirada la escuchaba, y le repetía lo fútiles que son en realidad sus tormentos. Ella acariciaba mi pelo canoso y me daba las gracias después de cada palabra.
Sus diminutos pechos, aún cercanos a los de varón, se encumbraban bajo mi tacto enaltecidos por el placer, y entonces llegó el momento en que me besó. Por ella misma sin nadie sugerírselo, quiso demostrar su amor de unas cortas horas con su tierno ósculo de ángel.
Me arrastró hacia una solitaria esquina, embriagada de alcohol y de consuelo a las nimias faltas que creyó cometer. Desabrochó por sí misma los botones de sus vaqueros, con su brazo izquierdo rodeándome los hombros e inclinando la cabeza porque besase su cuello. Por último me descubrió sus secretos, y se entregó, bisoña y recatada, al placer de mis narcóticos excesos.
Antes de irse, remató mis añoradas pasiones con sus últimas palabras.
-Te amo. –susurró, en verdad, con su tímida voz- Te amo y aún no sé tu nombre.
-Ama un galán sin nombre, niña, búscale en tus sueños y al fin me encontrarás.
Nos separamos entonces, sin que yo me detuviese un instante al sentir su mirada detenerse en mi nuca. Regresé a casa, cuando ya era otra vez de madrugada y el reloj de la iglesia marcaba las siete.
Cogí de nuevo el bolígrafo, y extenuado, añadí las siguientes líneas en la pared: “Galán invisible fugazmente amado una noche, siempre recordado en sueños”. Y con las mismas me acosté a esperar la resaca, aspirando el olor a vómito, sin dejar de mirar la pared, excepto, para soñar, soñar los sueños de que se alimentan los hombres, soñar los sueños que dan valor a sus vidas y que dejan, al acabarlas, el sentimiento de algo que se pierde y que merece la pena llorar.

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