De repente, en aquél momento, estábamos tumbados en la cama acariciando nuestros cuerpos, susurrando con livianas palabras el poder del “Te amo”, mientras contemplábamos la grandeza de nuestras almas.Cuando desperté, su bello rostro me miró fijamente a los ojos:
- ¿Aún no has muerto? –dijo- Bueno, eso aún tiene arreglo –y disparó otra vez.