6 de marzo de 2007

Panadiso



- Pan Adso

Un hombre camina por la plaza de un pequeño pueblo marítimo. El sol arranca gotas de sudor de su envejecida cara, mientras camina con esfuerzo impulsado por su bastón de metal. Lleva sombrero, y observa las casas a su alrededor mostrando gran interés por las grietas que las recorren.
- ¡Adso! –gritan en la plaza- ¡Adso!
El hombre anterior se gira hacia las personas que gritan su nombre, pero ve que no se refieren a él. Un pequeño grupo está reunido frente a una de las casas, y uno de los mayores se acerca furioso a la puerta golpeándola con su cayado.
- ¡Adso! –vocifera- ¡Baja ya!
- ¡Ya voy! ¡Espera un segundo! –responde una voz desde la ventana del segundo piso.
Algunos adultos del corrillo sueltan un gruñido, mientras los niños comienzan a reir a carcajadas comenzando su sonsonete: “¡Están follando, están follando, están follando…!”.
- Shhhhh… -les dice uno- Silencio.
Todos se callan de repente, prestando atención a la ventana. Apenas se pueden escuchar unos pequeños golpes secos, rítmicos, continuados. Durante treinta segundos, esa ventana se convierte en el centro del universo. Entonces se escucha un fuerte gemido de mujer, seguido de una ovación, y los aplausos del público.
Poco después se abre la puerta, y uno a uno van entrando en fila y orden en casa de Adso, saliendo cada uno con barras de pan o bollería. En menos de media hora, todos los clientes han sido atendidos y la plaza ha quedado vacía, con la excepción del hombre del sombrero, que se acerca también a la puerta.
Adso tenía la misma apariencia que las barras de pan que vendía: finas y alargadas. Su piel era clara y surcada de pecas; el pelo, rubio y recortado, la expresión inocente y segura. Cara y brazos se encontraban manchados por el tizón del horno.
- ¡Oiga! ¿quiere usted algo? –grita.
El visitante permanece en silencio, hasta que su reserva acapara por completo la curiosidad del chico. Adso se ha levantado temeroso, acercándose a él. Entonces se quita el sombrero.
El poco pelo que queda en su brillante cabeza es cano, y está encrespado por la humedad. La nariz es ancha y redondeada, acompañada de un blanco bigote. Adso reconoce una forma familiar en la abultada barriga de su visitante, en sus minúsculos ojos zafiro tras las pobladas cejas, y la media sonrisa aplastada por el peso de sus arrugas.
- ¡Papá! –exclama mientras se abalanza sobre él.
- ¿Qué debe hacer un padre para que su hijo le reconozca? –anuncia el visitante.
Adso abraza a su viejo padre, le besa en los ojos, las mejillas, la boca, y ambos se palmean con fuerza en las espaldas. Se intercambian primeras impresiones sobre los años que les han pasado por encima, y cómo los han llevado, hasta que Adso se gira para llamar a su esposa y darle la buena nueva.
- ¡María! –vocea- ¡Ponte algo rápido y baja ya!
María tenía la mitad de la estatura de Adso, y sólo un cuarto de su peso. El pelo era largo hasta la cintura, y negro como el azabache. Las mejillas estaban hundidas en un pálido mar de huesos, del que sólo sobresalía una nariz fina y delicada. Bajo el albornoz de lana azul se escondía su cuerpo por completo, oculto en la holgura de la prenda.
- ¡María! –clamaba Adso- ¡Éste es mi padre! ¡Te lo presento! ¡Ésta es María, mi esposa!
- Mucho gusto. –afirmó la chica, recatada y sonriendo.
Se produjo un silencio incómodo. María mantenía la vista fija en aquél anciano inexpresivo. Adso les miraba a ambos animado, henchido de un júbilo que no sabía como expresar. Por fin acertó a decir:
- ¡Venga! ¿Preparamos café? Tenemos mucho de qué hablar.
- Lo pondré en el fuego enseguida. –apuntó María.
- No será necesario. –dijo el padre- Agradezco la invitación, pero preferiría que diésemos un paseo, Adso. Últimamente no me siento demasiado cómodo en lugares cerrados.
- No hay problema. –respondió Adso- María, ¿te importaría cuidar de la tienda mientras hablamos? No tardaré mucho.
Empezaron a caminar por la plaza rumbo a la orilla del mar, mientras repasaban brevemente la historia de lo que les había sucedido en los diez años que habían pasado separados.
Tras la muerte de Berenice, la madre de Adso, su padre había decidido marcharse a viajar por el mundo, visitando todos los países. Delegó en Adso la responsabilidad del negocio familiar, con la esperanza de que lo abandonase durante su ausencia, para dedicarse a oficios más rentables. Sin embargo, Adso había mantenido todo como estaba, sin apenas cambios. Había conocido a María en la panadería, y la persiguió sin descanso, con detalles y regalos, hasta enamorarla. Se habían casado al poco tiempo, y seguían sobreviviendo en la panadería, con la esperanza de engendrar un hijo tarde o temprano.
El padre de Adso había tenido una larga aventura, repleta de anécdotas, curiosidades y peligros, pero hablaba muy poco sobre ella, y dejaba que Adso le ilustrase con todo tipo de detalles una vida pueblerina que, aunque él no se diese cuenta, a su padre le resultaba más que aburrida.
El viento en la orilla soplaba con furia, y el rugido de las olas impulsaba la sal por el ambiente. Adso, padre e hijo, se detuvieron al pie de un promontorio rocoso contemplando la inquietud del mar.
- ¿Recuerdas a Gloria? –interrumpió el padre.
- Sí.
La conversación se detuvo de repente, como si una tonelada de guano se hubiese desplomado sobre sus cabezas.
- La he encontrado. Abandonó la carrera de Física en Berna antes del primer año, e intentó ingresar en Lenguas Muertas en Niza. Hizo lo que pudo, pero ese mundo no era para ella. Gastó todo su dinero tratando de mantenerse en los estudios, pero acabó en la ruina antes de darse cuenta. Por eso no pudo volver. Ahora vive en un pueblecito en una isla de Grecia, y se ha recuperado. Es la dueña de un restaurante turístico.
Adso permaneció con la cabeza gacha y la mirada perdida durante todo el relato.
- ¿Y?
- Aún te ama. –respondió el padre- Pensé que te gustaría saberlo.
- Me da igual. No quería saberlo.
El padre puso su mano sobre el hombro de su hijo. Gloria y él se conocieron hacía ya mucho tiempo, cuando iban juntos al instituto. Se hicieron amigos, y a lo largo de varios años se convirtieron en inseparables.
Adso no pudo evitar enamorarse de ella. Era alta y decidida, constante y desenvuelta. Siempre tenía claro lo que tenía que hacer y cómo hacerlo. Ingresaron en un pequeño grupo anarquista, participando en manifestaciones y colaborando en atentados. Gracias a ella acabaron ambos magullados y llenos de heridas, encerrados en una mugrienta y oscura celda al lado de un cadáver.
Ésa fue la única vez que la vi insegura. Maniatada, temblando de frío y miedo, con esa expresión de angustia en su boca mientras le susurraba: “No tengas miedo, todo saldrá bien…”. Ella me abrazó con fuerza, y yo la correspondí con seguridad.
No recuerdo cómo empezó el beso, pero nunca olvidaré el fuego que, a pesar de la angustia, resplandecía tras sus brillantes ojos verdes.
- Sé que todavía sientes algo. –dijo el padre- Cosas como esas nunca se olvidan del todo.
El miedo no nos permitió seguir con el anarquismo. Seguimos como voluntarios, ayudando a los emigrantes albanos, exiliados por Hodxa. El riesgo era menor, pero la visión de aquellos hombres nos influyó demasiado.
Una vez, Gloria se encontró con un inmigrante que hablaba italiano, y le preguntó por qué no se rebelaban contra el tirano. Él le respondió: “Porque sabe más. Ha estudiado.”. Ni siquiera la fuerza de los años me dejó entender el por qué de esa respuesta, ni el por qué Gloria le dio la razón. Poco después ignoraba mis llantos y mis súplicas, pensando en que si se graduaba en una universidad, y se convertía en alguien importante, podría enfrentarse al mundo y sus injusticias.
- Yo siempre te enseñé a perseguir tus sueños, Adso. –continuó- A luchar por la felicidad, y hacer de tu vida algo mejor. Ahora tienes la oportunidad. El amor de tu vida está esperando que lo reclames, y sólo necesitas decirme que te lleve a él. Ven conmigo.
Adso se giró, apartando la mano de su padre.
- Lo siento, papá. –dijo- Seguiré mis propios sueños.
- ¿Acaso no deseas encontrarte con ella? ¿Volver a mirarla a los ojos?
- Ahora soy feliz. Puede que si fuese contigo a visitar a Gloria también lo fuese, pero puede que no. Tengo aquí todo lo que quiero. ¿Te estás dando cuenta de lo que me estás pidiendo? ¡No voy a abandonar a mi mujer!
- ¡Olvídate de eso! Yo te conozco bien, y sé que fueron dos largos años desde que Gloria se marchó. Seguramente fueron más desde que me fui yo. No parabas de llorar. Me parece bien que hayas buscado alguien que te consuele, pero por mucho que te alivie, esa esposa no te curará. No tiene la consistencia necesaria para enfrentarse a la vida. Va a retenerte del mundo, te esconderá en esa choza hasta que mueras.
Adso saltó con una rápida bofetada a la cara de su padre.
- ¡Tú no la conoces! Acabas de verla durante cinco minutos y ya crees que puedes juzgarla. ¡No necesito irme a Grecia para ser feliz! Tengo todo lo que quiero, y no voy a abandonarlo para buscar la felicidad que ya tengo. Vuestro problema es que jamás habéis sabido cuándo parar. Uno no necesita un único sueño, o un único lugar en el que ser feliz. La vida es mucho más compleja.
El padre le observaba con los ojos abiertos e impasibles, la mano apoyada en la parte del cuello en que había recibido el golpe.
- Yo sé que puedo encontrar la felicidad en Grecia –continuó-, pero también la puedo disfrutar aquí. En diez años has tenido tiempo de sobra para encontrar lo que buscabas, pero estoy seguro de que no has sido capaz. Tus sueños siempre han sido imposibles, y tenían que serlo. En el momento que se convertían en algo alcanzable los modificabas, los remodelabas, y los convertías en cualquier otra cosa que no te permitiese disfrutar de lo que habías conseguido. ¡Ya es hora de que termines con tu juego! No estás hablando con un adolescente enamorado y bobalicón, sino con un hombre maduro. ¡Tengo claro lo que quiero y nada me hará cambiar de idea! Así que más te vale no despreciar las cosas que amo, ¡porque las defenderé con toda la fuerza de mi corazón, sin importar contrá quién o qué!
- Pensé que yo estaba entre las cosas que amabas. –musitó el padre.
- Amo todo lo que proporciona y protege mi felicidad.
El padre de Adso se relajó entonces, y le sonrió, tendiéndole la mano en señal de complicidad.
- Está bien. –le dijo- Perdona.
Adso estrechó su mano con fuerza, y trató de relajarse también. El corazón le palpitaba fuerte. Sugirió regresar a casa e invitar a su padre a comer.
- Me temo que no va a ser posible. –respondió- No tengo bastante tiempo, y sólo vine para decirte lo que te he dicho. Ahora tengo que montar en un vehículo que me llevará a la capital. Está bien que defiendas lo que tienes si eso te hace feliz, pero no olvides cuestionarte de vez en cuando si estás haciendo lo correcto.
- ¿Seguirás viajando después de todo?
- No, –respondió el padre- pero tampoco me quedaré aquí.
Cuando se despidieron, Adso besó la misma mejilla que poco antes había golpeado, y contempló con lágrimas en los ojos cómo su padre se marchaba hacia el carromato sin mirar atrás, sin dejarle tiempo para reunir el valor de preguntarle en qué ciudad se detendría al fin su viaje.
La vuelta de Adso estuvo marcada por el tórrido sol del mediodía, y el fulgor que despedían las baldosas de la calle. Todo el mundo comía, y estaba solo sobre la calzada. Cuando llegó a casa, esperó desde el zaguán a que María despachase el último cliente de la mañana: un niño enviado a por una barra de pan de última hora.
- ¿No viene tu padre a comer? –preguntó María sonriente.
- No. –respondió- Ha preferido marcharse, tiene que seguir con su viaje.
- Es una pena, ya había servido un plato para él. Me hubiese gustado conocerle mejor.
Adso se adelantó hacia el comedor, sin dejar de mirar a María, y ofreciéndole una silla para que se sentase. Tres platos de raviolis con queso y una pequeña fuente con paté descansaban en la mesa. Luego se sentó él.
María ya se había vestido, con una larga falda azul y una blusa blanca. Adso trataba de contemplar el reflejo de sus ojos en los de su esposa, intentando descubrirse en la distante oscuridad de sus pequeñas pupilas negras.
- Oye, María… -preguntó Adso, antes de empezar a comer- ¿Qué te parecería si hiciesemos un viaje lejos, a algún otro país?
- No sé. –respondió riendo- Supongo que podría estar bien. ¿Dónde te gustaría ir?
- Tampoco lo había pensado. Creo que lo único que me podría gustar de cualquier otro lugar del mundo sería que tú estuvieses allí. Viva, de carne y hueso, y no sólo en mi imaginación.


FIN

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