Pronto escuché un grito en la calle que me sacó de mi ensimismamiento.
- ¡Puta!
Eran dos jóvenes, que regresaban a casa colocados. Uno llevaba un chándal rojo, y el pelo lleno de gomina; ella lucía su minifalda de leotardos, y la demente mirada de la cocaína.Ella corría detrás del chico, le seguía, hasta que se detuvieron frente a mi portal.
- ¡Puta! –volvió a gritar el hombre.
Esta vez giró la mano, golpeando a su amiga en el hombro. Ella le respondió:
- ¡Maricón! –aporreándole con sus muñecas en el pecho.
- ¡Zorra! –el tipo le propinó un empujón que la derribó en el suelo.
Me levanté de la silla. Iba dispuesto a bajar para detener a aquél borracho antes de que le hiciese daño a la chica, pero no hizo falta.
La chica se levantó de un salto y, sin recomponerse, medio culo asomando debajo de su falda, se lanzó hacia él, rodeándole con sus brazos, y besándole tan fuerte que el otro casi pierde el equilibrio. El tipo la correspondió, y la llevó en volandas hasta la acera, fuera de mi campo de visión.
Volví a mi asiento.
- Es un mundo extraño, -me dije- pero muy bonito.Acababa de regresar a casa después de pasarme toda la noche con los amigos. Eran pasadas las siete de la mañana, y había comenzado a amanecer. Estaba demasiado cansado para seguir en pie, y demasiado desvelado para acostarme tan pronto. Me senté en la silla frente al ordenador y empecé a mirar a lo lejos, al horizonte, contemplando la amalgama de colores que teñía las nubes.
Pronto escuché un grito en la calle que me sacó de mi ensimismamiento.
- ¡Puta!
Eran dos jóvenes, que regresaban a casa colocados. Uno llevaba un chándal rojo, y el pelo lleno de gomina; ella lucía su minifalda de leotardos, y la demente mirada de la cocaína.Ella corría detrás del chico, le seguía, hasta que se detuvieron frente a mi portal.
- ¡Puta! –volvió a gritar el hombre.
Esta vez giró la mano, golpeando a su amiga en el hombro. Ella le respondió:
- ¡Maricón! –aporreándole con sus muñecas en el pecho.
- ¡Zorra! –el tipo le propinó un empujón que la derribó en el suelo.
Me levanté de la silla. Iba dispuesto a bajar para detener a aquél borracho antes de que le hiciese daño a la chica, pero no hizo falta.
La chica se levantó de un salto y, sin recomponerse, medio culo asomando debajo de su falda, se lanzó hacia él, rodeándole con sus brazos, y besándole tan fuerte que el otro casi pierde el equilibrio. El tipo la correspondió, y la llevó en volandas hasta la acera, fuera de mi campo de visión.
Volví a mi asiento.
- Es un mundo extraño, -me dije- pero muy bonito.
FIN
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