20 de abril de 2007

Varsovia puede esperar

N. del A.:Este relato fué presentado al III Concurso de Relatos de Clan Dlan. No ganó.



-Varsovia puede esperar

La puerta se abrió de un portazo, y Julio apareció bañado en sudor. Era alto, de pelo largo, negro y sucio; la nariz aguileña, los pantalones cortos rojizos, la camisa blanca, chaleco azul con detalles dorados y un cinto color canela atado en la cintura. La habitación estaba desierta, el suelo pringoso de alcohol reseco pegándose en la suela de sus zapatillas de deporte, y los rincones apelmazados con los restos de muchos cigarros mal apagados.
María Dolores le observaba desde uno de los sillones del fondo, cerca de una barra donde tres camareros hacían sus preparativos. Su vivo vestido verde, y su larga falda, parecían iluminar la penumbra de aquel antro. Sus ojos eran enormes y claros, melosos; la nariz delgada y puntiaguda, los labios finos y delicados, el pelo castaño recogido con una peineta en un moño redondo.
Julio se apresuró hacia su mesa, y se sentó a su lado, en el rincón, esperando que su silueta le tapase si alguien entraba por la puerta.
- ¡Hola! –dijo Julio- ¿Cómo es que hay tan poca gente aquí?
- No te creas. –respondió- Aquí la cosa funciona por ciclos. Cuando llega la hora de comer, todos salen disparados a las barracas, y dejan esto vacío. Dentro de poco volverán todos, subirá la música, y todo estará inhabitable hasta la cena.
Julio agachó su cabeza y suspiró. Sus músculos seguían tensos, y les costaba relajarse. El latido del corazón hacía vibrar con fuerza su pecho.
- Te has vengado de Antonio, ¿verdad? –preguntó ella- ¿Cómo ha sido?
- Difícil. –recuperó aliento para seguir hablando- He tenido que esforzarme, pero esta lección no la olvidará en mucho tiempo.
- ¿Le has dado una paliza?
- Se habría recompuesto fácilmente de una paliza, y entonces habría vuelto con toda su pandilla.
- No creía que fueses tan cobarde. ¿Le manchaste de pintura? ¿Le escupiste a la cara?
- Le hice beber un litro entero de meado.
María dio un respingo al escucharlo, pero luego se reincorporó.
- ¡Vaya! Creo que retiro lo de cobarde. ¿Cómo lo conseguiste? ¿Te ayudó alguien?
- No me hizo falta. No quería involucrar tampoco a nadie más. Fui a su casa anoche y abrí la cerradura de su casa. Vacié los litros de cerveza y los rellené con… bueno, ya sabes. Cuando terminé, lo dejé todo como estaba, bien cerrado y en su sitio. Esta mañana he hecho lo mismo pero al opuesto, y he rellenado una de mis botellas con zumo de frutas. No tuve más que ponerme delante de él y gritarle: “¡A que no eres capaz de acabarte esa cerveza antes que yo!”, y el resto te lo puedes imaginar. Tantas ganas tenía de no quedar en ridículo que se la acabó bebiendo enterita, hasta la última gota.
La chica estalló en carcajadas con la última frase: sus pechos convulsionaban hacia dentro y hacia afuera.
- ¡Caramba! –dijo- Te van a matar cuando te encuentren.
- Matarme… capaces serían. La muerte. Es extraño pero no siento miedo en modo alguno. Cuando me perseguían me dio la impresión de que lo hacían más por rabia que por intención de hacerme daño. Me he reído de ellos, les he demostrado que son estúpidos, pero supongo que se han dado cuenta, igual que yo, de que aunque me diesen una paliza seguirían estando en ridículo.
- Cuando te he visto llegar no estabas muy tranquilo.
- Ahora lo estoy. Sé que estoy a salvo. Hay algo en este ambiente que me transmite tranquilidad. Todo es como un sueño. Ahí fuera hay una tormenta de gente y ruido que no te permite respirar. Toda la gente ha salido a la calle para disfrutar de la fiesta, beber y bailar.
- ¿No vas a hacer tú lo mismo dentro de un rato? ¿No saldrás y beberás?
- Es el primer día que no bebo en esta fiesta. Estoy completamente sobrio. Es una sensación extraña. ¿Tú tampoco vas a salir a emborracharte? ¿Cómo es que estás aquí?
- Tampoco he bebido nada hoy. Me estoy medicando, y no me conviene. Si he venido era porque necesitaba tomar el aire. Está todo demasiado viciado en la calle; en un día normal, puedes salir a tomar el aire, pero si quieres hacer lo mismo durante el Bando de la Huerta tienes que entrar a algún sitio. Tiene gracia, debemos ser las únicas personas en toda Murcia que no han bebido nada hoy.
- Puede ser, pero eso nos da una oportunidad especial. –continuó Julio- Podemos ver las cosas desde un punto de vista diferente, como si no estuviéramos en realidad aquí.
María Dolores echó un vistazo a su reloj.
- No deben tardar mucho. Si tantas ganas tienes, observa.
Julio se acerca a la chica y comienza a mirar a la puerta. La gente entra como activada por un resorte. Ocupan la barra, las mesas, los sofás, y forman largas colas en el baño. Cubatas y jarras de cerveza empiezan a pasar de una mano a otra, tan rápidamente que es difícil seguirles la pista. Muchas bebidas caen al suelo, y el humo inunda el techo. Los ojos de María Dolores observan como la sala se va llenando, y cómo se acelera el ritmo de los pasos, de los corazones, y del tiempo. Mantiene erguida la pose de una mujer sabia, a la cual el mundo y sus eternos giros no parecen afectarle.
Julio tiene que acercar su cabeza a la de María Dolores para susurrarle.
- La eternidad, Lola. –le dice- Aquí el tiempo pasa tan rápido que deja de existir, pero tú y yo necesitamos tiempo.
- Te has tomado ya mucho tiempo conmigo, Julio. ¿Por qué no has organizado nunca un encuentro como este? Ahora puede que sea demasiado tarde.
- Podría haber hecho esto antes, pero no te habrías enamorado de mí. Ni siquiera me habrías dejado llamarte Lola.
- ¿Qué tiene de malo llamarme María?
- Porque tú no eres María. Si yo te llamase María estaría pensando en la Virgen María, y eso sería injusto para ti. Tú eres más cálida, más oscura, más sugerente… Eres Lola, Lolita, la beauté perdue de Nabokov.
- Es un bonito nombre cuando lo pronuncias tú, pero no vas a tener muchas ocasiones de llamarme así. Me marcho.
Esta frase tardó mucho tiempo en dominar la cabeza de Julio. La música iba disminuyendo por momentos, y la multitud comenzaba ya a desplazarse en procesión hacia la puerta, dejando tras de sí un húmedo rastro de humo y efluvios etílicos.
- ¿Cómo? –preguntó- ¿Quieres irte? No puede ser.
- No se trata de eso. Me voy de verdad. Lejos de aquí.
- ¿A Varsovia?
- Veo que estás bien informado. No sé de donde te sacas toda esa información.
- La información siempre está ahí, en cualquier lugar. Sólo hay que saber donde buscar. ¿Te alojarás en la residencia o en casa de Ryszard?
- Todavía no lo he decidido, lo único que sé es que iré allí. Necesito irme.
- ¿Qué es lo que te apremia tanto?
- Necesito saber que no tengo por qué quedarme en Murcia. El mundo es enorme, y quiero sentir que tengo libertad para vivir donde quiera. Ahora mismo tengo la sensación de que éste es el único lugar donde puedo estar, y no quiero que sea así. Necesito libertad, poder ir donde yo quiera y cuando yo quiera.
- La libertad no es más que una tontería inventada por los revolucionarios franceses. Cometerías un error si te fueses allí sólo en busca de libertad. Probablemente te encontrarías con menos libertad de la que tienes aquí. La libertad es poder estar donde quieres estar, y yo estoy seguro de que tú no quieres estar en Polonia, y menos con Ryszard.
- Ryszard es una gran persona. No sé cómo puedes hablar así de él.
- No digo nada malo de él, pero tú no deseas irte con él. Tampoco deseas estar en Varsovia. Tu mismo deseo de libertad es lo que te la está quitando. La cuestión es que tampoco deseas estar aquí. Ni aquí ni en ningún sitio. Por eso harías mal en irte.
- ¿Estás diciendo que el poder viajar a cualquier parte sin impedimentos no es libertad?
- La libertad sería poder viajar a donde quieras, pero te repito que no quieres ir a Varsovia.
Lola se quedó pensativa, mirando la poca gente que quedaba. Un engendro bajito paseaba, baboso, manoseando unas cuantas chicas. “¡Zagalas!”, les gritaba con su acento gutural.
- Todo lo que buscas lo puedes conseguir aquí, Lola. Yo te lo puedo dar.
- No creo que tengas lo que yo necesito.
- ¿No? ¿Entonces qué significan mi cara roja, mis temblores, el corazón latiendo rápido?
- Te habrá afectado el ambiente de la fiesta. Estarás borracho.
- ¿Borracho? Todo lo contrario, la fiesta me ha pasado de largo durante todo el tiempo que hemos estado aquí. No he podido separar mis ojos de ti. El calor de mi rostro, las palpitaciones de mi corazón, y el estremecimiento general de mis nervios a lo largo y ancho de todo mi cuerpo son todo lo contrario a la embriaguez. Me siento pletórico, lleno de energía y a punto de explotar. –Julio se enderezó y abrió los ojos, como despertando de un sueño, sin separarse de Lola- Sé que te amo. Te deseo con toda la fuerza de mis órganos vitales, desde que te vi al entrar, desde que te reconocí y supe ver que serías la mujer de mi vida. Te amo desde que nos presentaron, y no he dejado de hacerlo un segundo durante todo este tiempo.
- Debes estar loco para decirme todo eso.
- Si no estuviese loco no podría decirte que estoy enamorado de ti, pues el amor no es nada sin la locura, y si no nos hubiésemos encontrado aquí, en este paraíso terrenal del sueño en la vigilia, no habría tenido valor para desahogarme, pero ahora sé que nada más que la eternidad tiene importancia aquí. Quiero regalarte lo que es eterno en mí: mi vida, mi alma, mi ser, ¡todo lo que quieras! No puedo esperar más a dártelo porque sé que jamás tendré otra ocasión mejor, y mi adoración a tu cabello castaño, a tus grandes ojos negros, a esa suave y dulce voz de ruiseñor que escapa entre tu boquita de porcelana, es demasiado grande ahora para mantenerla sin ofrecerte tributo.
El sillón rechinó, arrastrado hacia atrás por los pies de Julio, quien se abalanzó a los pies de Lolita con una rodilla en el suelo, las manos entrelazadas, la cara clavada en los ojos de la hermosura que contemplaba, temblando el cuerpo y la voz como nunca antes se había visto.
- Te amo. –declaró- Siempre te he amado y siempre te amaré. Cuando estoy alegre, no estoy alegre sin ti; cuando estoy triste, no puedo estar triste sin ti. El límite de la vida es demasiado corto para un alma plena, y tu poderosa mirada ajena es lo único que ilumina los interminables caminos de un destino tan implacable que la muerte es incapaz de ponerles fin. Todo mi ser es tuyo ahora, pues soy más grande y más libre como esclavo tuyo que como rey de mi soledad.
- ¡Por favor! –le interrumpió- Todo el mundo te mira.
- ¡Qué me importan a mí esos borrachos! Me traen sin cuidado los hombres, las mujeres, el alcohol, y este espantoso Mardi Gras. No quiero saber nada del cielo ni de la tierra, pues ya no soy mi dueño, sino que me delego entero en ti.
- Pequeño romántico… -respondió mientras le acariciaba la mejilla y el pelo- ¿Quién te ha dicho que yo misma sigo siendo dueña de mi ser? Levanta y mírame. Mis ojos no son más que un reflejo de los tuyos, los latidos de mi corazón el acompañamiento de los tuyos, y el estremecimiento de mis nervios la prolongación de los tuyos. Ven.
Movidos ambos por el mismo impulso, se levantaron enfrentando sus caras, uniendo sus mejillas, rodeándose fuertemente con sus brazos, y tratando de hacerse uno en alma y carne. Notaban sus cuerpos estremecerse al unísono, gozosos de la proximidad, liberando sus lágrimas y aliviando el espíritu, atando sus destinos mientras ella le susurraba al oído:
- Varsovia puede esperar…

FIN

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