30 de mayo de 2007

Cariño

Era enjuta y fina como un palillo. Su pelo negro enmarañado, terminado en un pico de viuda que atravesaba el entrecejo, dando lugar a una enorme nariz egipcia inquisitora. Sus ojos desaparecían tras gafas de pasta, escondiendo una mirada temerosa y apagada. Separada, como la de un ciervo.
Llegó a su casa pasada la medianoche, después de un largo día sirviendo delicias envenenadas a famosas actrices agraciadas. La hacían sentirse fea. Aquél día había caido en la cuenta de que no bastaba con derramar pus y excrementos –en suficiente cantidad como para resultar asquerosamente indetectable- sobre sus platos.
No era eso lo que necesitaba, no. Podría haber torturado y matado a cualquier otra mujer que le hiciese sombra, pero no le habría servido. Nadie la había hecho sentir guapa, y de esto sólo había un culpable.
El filo de su cuchillo se había helado por el camino hasta quemar, pero ella lo sujetaba con fuerza en su bolsillo. Abrió la puerta de casa y subió corriendo a su dormitorio. Entró.
Su marido achatado, calvo y gordo, lamía con fervor los genitales de otra mujer. Se gira de repente, la cara llena de babas y flujos vaginales. La otra mujer esconde su cuerpo bajo la almohada, manchándola.
- ¡Cariño! –grita sorprendido.
- ¡Amor mío! –exclama su mujer.
Tira el cuchillo al suelo y se abalanza sobre él. Hacía siglos que no le recibían con una palabra tan bonita. Cariño.

FIN

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