La noche es fría, y la calle está desierta. Las farolas despiden un brillo que apaga la luz de las estrellas. La biblioteca está cerrada, y un pequeño grupito pasea frente a ella. Cabezas rapadas y uniformes militares. Pesadas botas.
- ¡España es una, grande y libre! –ha gritado uno.
Hay por lo menos cinco conceptos en esa frase que no entiendo, pero me da miedo pedirles explicación. Es posible que no hiciese más que ponerles en un compromiso, y despertar su agresividad; cuando se diesen cuenta de que ellos mismos tampoco lo entienden.
Compro tabaco, y sigo mi camino. No importa el significado, pues lo relevante y esencial de cualquier palabra no es su definición, sino su emoción. Contra algunos sentimientos no hay argumentación posible. El ser humano no se guía por ideales, razonamientos o inducciones, sino por las sensaciones que estremecen sus entrañas y remueven la voz oculta de toda víscera.
Una voz, que es ilógica y letal –voluntad del deseo, capricho del anhelo-, sujeta a nuestro espíritu con la imperiosa fuerza de una necesidad biológica obligatoria: querer.
- ¡España es una, grande y libre! –ha gritado uno.
Hay por lo menos cinco conceptos en esa frase que no entiendo, pero me da miedo pedirles explicación. Es posible que no hiciese más que ponerles en un compromiso, y despertar su agresividad; cuando se diesen cuenta de que ellos mismos tampoco lo entienden.
Compro tabaco, y sigo mi camino. No importa el significado, pues lo relevante y esencial de cualquier palabra no es su definición, sino su emoción. Contra algunos sentimientos no hay argumentación posible. El ser humano no se guía por ideales, razonamientos o inducciones, sino por las sensaciones que estremecen sus entrañas y remueven la voz oculta de toda víscera.
Una voz, que es ilógica y letal –voluntad del deseo, capricho del anhelo-, sujeta a nuestro espíritu con la imperiosa fuerza de una necesidad biológica obligatoria: querer.
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