Un sudor frío recorre su frente. Las ventanas abiertas, el viento empujándole, las cortinas volando frenéticas y la maleta en una mano que no es la suya.- No me digas que te vas. –suplica.
Su mujer es alta y delgada. Poco pecho, muchas caderas. Fría y tensa. Asiente con la cabeza, su mirada perdida en un rincón de la casa.
- No puedo seguir aquí. –dice ella- Es demasiado. Le siento continuamente, dentro de mí. Noto que quiere llevarme con él. No puedo.
El hombre se acerca a ella y agarra sus brazos. Sus manos son anchas, calientes y peludas.
- Todo acabó ya, Teresa. Se fue, no está aquí, y no volverá.
Teresa se da la vuelta, se arranca de sus manos. Le enseña la cara, le esconde los ojos.
- Lo sé. Sé que lo has solucionado, que era lo mejor para ambos. Pero aún queda algo de él aquí. Lo huelo, lo siento, lo noto. Su cuerpo se ha marchado. Él se ha marchado, pero para mí sigue aquí.
- No puedes dejarme solo, Teresa. Todo esto lo hice por nosotros. He luchado con todas mis fuerzas porque estuviesemos juntos. Así ha sido desde que te conocí. No puedes dejarme ahora…
Arrastra la frase hasta poner su rostro frente al suyo. La acaricia con su bigote. Piensa que la mima y que ella lo aprecia. Piensa que no se irá.
- ¡Me voy! –exclama.
- ¿Cómo? –Andrés está sorprendido.
Teresa se gira y sale corriendo por la puerta. Andrés la sigue de cerca. Se oye un portazo, y la puerta se vuelve a abrir. Andrés la ve bajar las escaleras.
- ¡Teresa! –le grita.
No hay respuesta. Sus pasos se hacen más rápidos hacia la calle.
- ¡¡Te quiero!!
Teresa se da la vuelta. El impulso no se detiene. La fuerza que la alejaba de aquella casa, de aquellos años, de aquél cadáver putrefacto que fue su hijo, y su brazo gangrenado. El impulso no se detiene.
Da la vuelta escuchando un agradable “Te quiero” mientras su cuerpo baja, cayendo la cabeza sobre el borde de un peldaño. Sus zapatos golpean la pared en una melodía de ruidos sordos. La rapidez aumenta, los choques se hacen más severos. Una asfixia con sabor a sangre bloquea su nariz. El mundo da vueltas. Intenta estabilizarse y da una lenta pirueta que la lleva, sin remedio, a su último impacto.
La balaustrada aplasta su oreja. El cuello estalla en un crujido.
Andrés escucha en el zaguán. Todo el rato, sin moverse. Le ha recordado a aquella vez que se le cayó una bolsa de basura por las escaleras. Ella había elegido convertirse en bolsa de basura. Fuera de aquella casa, todos eran inútiles.
- Padre… Necesito ayuda…
- Claro, hijo.
El padre regresó al interior de su casa, y cerró la puerta tras de sí.
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