Filomena era enjuta y fina como un palillo. Su pelo negro enmarañado caía en hebras por sus pálidas mejillas. Formaba un extenso pico de viuda que atravesaba su abundante entrecejo, terminando en una enorme nariz egipcia inquisidora. Su mirada temerosa y apagada se escondía tras unas gafas de pasta marrón, con ojos redondos y separados, como los de un ciervo.
Trabajaba como cocinera en un restaurante, preparando delicias que matasen el hambre de sus agraciadas clientas. Actrices, modelos, presentadoras de televisión: fauna gallarda de esculturales cuerpos, generosa en sus alardes de vanidad. La hacían sentirse fea, desgraciada, repudiada…
Aquél día se había dado cuenta de que no bastaba con envenenar sus manjares. Derramar porquerías en su comida, en la suficiente cantidad como para resultar asquerosamente indetectable, no era suficiente para hacerla sentirse mejor. Podría haber torturado hasta la muerte a todas las mujeres que le habían hecho sombra. Lo deseaba, pero no le habría servido de nada.
El problema no radicaba en que la hiciesen sentirse fea, sino en que nadie la había hecho sentir guapa, y de esto sólo había un culpable. Había terminado su turno a medianoche, y caminaba presurosa bajo el viento boreal del invierno. Se había agenciado un cuchillo jamonero del restaurante, y lo guardaba en las mangas de su pesado abrigo. El frío había congelado el metal, hasta el punto de parecer como si quemase.
Llega a su casa y le tiembla la mano. Está impaciente. Las llaves tintinean bajo su mano. Abre la puerta y sube al dormitorio. Abre de un portazo y entra.
Su marido Indalecio es calvo, achatado y gordo, desnudo sobre la cama, lamiendo con fervor los genitales de otra mujer. Se gira de repente, la cara llena de babas y flujos vaginales. La otra mujer esconde su cuerpo bajo la almohada, aún chorreando.
- ¡Cariño! –grita sorprendido.
- ¡Amor mío! –exclama la mujer.
Tira el cuchillo al suelo y se abalanza sobre él. Hacía siglos que no la recibían con una palabra tan bonita: “Cariño”.
FIN
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