Franz Kafka es uno de los escritores más emblemáticos del siglo XX. Su obra trata la confusión del hombre frente al mundo en el que habita. El ser humano se ve impotente para resolver los problemas que le amenazan debido al desconocimiento de las leyes por las que se rige.
El relato "Ante la ley" es mi favorito, debido a lo simple, directo y perturbador que es su mensaje. Fue escrito como un microrrelato independiente, pero más tarde lo incluyó en "El Proceso". Hoy he descubierto una adaptación de la novela, dirigida por Orson Wells, y he recibido una grata sorpresa al encontrarme con esta introducción:
28 de diciembre de 2007
"Ante la ley", de Franz Kafka
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26 de diciembre de 2007
FRAGMENTOS: "Cartero", de Charles Bukowski
En este libro, Charles Bukowski describe los doce años que pasó trabajando en una sórdida oficina de correos. Su forma natural, crítica e irreverente de narrar los acontecimientos han convertido esta obra en un clásico. Destaco aquí una de las extravagantes escenas que Chinaski y sus compañeros tienen que afrontar diariamente.Le señalé dónde tenía que firmar y le di un bolígrafo. Miré sus tetas y el resto de su cuerpo y pensé, qué pena que esté chiflada, qué pena, qué pena.
Me devolvió el bolígrafo y el papel firmado con un simple garabato.. Abrió la carta y empezó a leerla mientras yo me disponía a irme.
Entonces se cruzó delante mío en la puerta, con los brazos extendidos. La carta estaba en el suelo.
- ¡Obseso, obseso, obseso! ¡Ha venido aquí para violarme!
- Mire, señora, déjeme...
- ¡SE LE VE LA MALDAD ESCRITA EN LA CARA!
- ¿Cree que no lo sé? ¡Ahora déjeme salir!
Con una mano intenté apartarla a un lado. Me clavó las uñas en una de las mejillas. Solté la saca, se me cayó la gorra, y mientras me ponía un pañuelo para limpiarme la sangre, ella me lanzó otro zarpazo y me rasgó la otra mejilla.
- ¡TU, ZORRA! ¿¡QUÉ COÑO PASA CONTIGO!?
- ¿Lo ve? ¿Lo ve? ¡ES USTED UN MANIÁTICO!
Estaba pegada a mí. La agarré por el culo y pegué mi boca a la suya. Notaba sus tetas pegadas contra mi cuerpo. Ella apartó su cabeza hacia atrás.
- ¡Violador! ¡Violador! ¡Maníaco violador!
Bajé con mi boca y agarré una de sus tetas, luego pasé a la otra.
- ¡Violación! ¡Violación! ¡Me están violando!
Tenía razón. Le bajé las bragas, luego me desabroché la cremallera y se la metí, luego la llevé en volandas hasta el sofá. Caímos sobre él.
Levantó sus piernas bien alto.
- ¡VIOLACIÓN! –gritaba.
Acabé, me abroché la cremallera, recogí el correo y salí, dejándola mirando lánguidamente el techo...
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24 de diciembre de 2007
Entrevista a Pepe Cervera
Unas pocas preguntas que le hicimos a Pepe Cervera en un descanso durante el UCAM Media Lab '07. La cámara la llevo yo, y la voz es de Marta Pérez Escolar.
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Twitter, Facebook, ADN Stream y 20minutos.tv
Twitter
Twitter es un servicio de microblogging que permite enviar mensajes cortos (140 carácteres) de forma periódica a tus seguidores diciéndoles lo que estás haciendo en ese momento. Además, incluye un sistema de redes sociales que te permite encontrar y visualizar los contactos de cualquier persona y enviar mensajes privados. La pantalla principal de Twitter muestra una lista con los mensajes que escribimos, junto a los de aquellas personas a las que seguimos.
En mi opinión, este sistema acaba siendo parecido a una conversación grupal por mensajería instantánea. Incluye pocas diferencias con respecto a una conversación de este tipo en los Messengers de MSN o Yahoo, excepto en el punto de la privacidad y la accesibilidad. Todo aquello que decimos puede ser observado desde nuestra página y a través de un canal público que recopila mensajes globales de los usuarios, siempre y cuando no marquemos las correspondientes casillas restrictivas (deshabilitadas por defecto); por otra parte, podemos compartir mensajes -además de mediante el portal-, vía SMS, IM y mediante aplicaciones como Twitterrific.
Francisco J. Moreno desde Twitter aquí.
Facebook
Facebook es un sistema de redes sociales que permite agrupar los perfiles de distintas personas y establecer relaciones entre ellas. Un perfil de Facebook consiste en: foto personal, datos de la persona, relaciones con amigos, lista de ultimas acciones y aplicaciones añadidas. Su característica más importante se encuentra en que permite crear y compartir aplicaciones, lo cual lo convierte en una herramienta útil para el intercambio de programas.
Facebook de Francisco J. Moreno aquí.
ADN Stream y 20minutos.tv
ADN Stream y 20minutos.tv son variedades de lo que se está dando a conocer como "Televisión Mutante". Consiste en un canal de videos presentados en formato televisivo, con una IA que valora los gustos del usuario según sus votaciones. El objetivo es crear una televisión a través de internet cuya programación sea enteramente acorde con tus gustos.
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22 de diciembre de 2007
VERSUS
- Iván y Ricardo
“El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo. El pájaro vuela hacia un dios. Ese dios es Abraxas”.
–“Demian”, de Herman Hesse.
Iván y Ricardo eran los mejores estudiantes de nuestra clase.
Parecían saberlo todo y, en muchas asignaturas, sus voces se escuchaban más que las del profesorado. Ambos eran altos, delgados y musculosos, capaces de vencer a cualquier otro en una pelea limpia; sin embargo, nunca se supo quién era más fuerte de los dos. Podrían haber sido gemelos, pero sus apellidos eran distintos. Eran siempre los más atentos y sociables. Todas las chicas encontraban en ellos su modelo de hombre perfecto, y se enamoraban del uno o del otro indiscriminadamente. Esto podría haberles ganado la desconfianza del grupo, pero siempre se mostraron tan amigables y generosos como desinteresados por el sexo contrario.
Había pocas diferencias entre ellos. Iván era el más delgado. Tenía el pelo rubio espeso y rizado, los ojos verdemiel y vestía siempre con vaqueros, camiseta y zapatos. Ricardo tenía el pelo castaño, lacio y cortado al estilo militar. Los ojos marrones y el chándal como única vestimenta posible.
Desde el principio, ambos fueron el centro de la clase. Se les conocía de antes, aunque entre ellos no parecían tener mucha relación. Por estas fechas resulté ser elegido delegado. Nos pasaron unas papeletas anónimas para escribir el nombre de nuestro candidato. Todo el mundo decidió votarles a ellos, ya que era indiscutible que eran los mejor capacitados. Yo, sin embargo, decidí votarme a mí mismo. Escribí “Raúl” de un solo trazo. No sé por qué lo hice. Quizás fue la seguridad de saber que no saldría elegido, o la duda sobre a cuál votar. Ni siquiera me interesaba el cargo. Además, sentí un enorme ridículo al ver que era el único que lo había hecho.
Iván y Ricardo quedaron empatados. Tras ellos estaba mi nombre junto a mi único voto. Se decidió hacer una segunda vuelta, para elegir entre ellos dos. Cuando me dieron la nueva papeleta, la dejé en blanco. Esta vez no fui el único, aunque el resultado fue de nuevo el empate. En ese momento, Iván habló, explicando que rechazaba el cargo de delegado, pues no quería representar a la clase sin la mayoría de los votos. Ricardo intervino entonces, defendiendo que podrían compartir el puesto.
Me sentí incómodo durante la conversación. Era extraño ver tanta locuacidad en los alumnos. Apenas les entendía. Tras un largo rato, decidieron que ninguno de los dos debería aceptar el puesto. La profesora se me acercó entonces. Mi atención se había dirigido a la ventana, al precioso día que nos estábamos perdiendo.
- ¿Te gustaría ser delegado? –preguntó.
- ¿Eh?
Fue todo lo que alcancé a responder. Cerca de cien ojos se habían girado de repente hacia mí. “¿Han rechazado ambos el puesto?”. “Sí”, respondió. “Eso han hecho”. Comprendí que no me quedaba más remedio que aceptar. Todos estaban deseando irse –sobre todo yo-, y la única forma era zanjarlo así.
Al pensar ahora en esto, me parece que la única razón por la que sucedió todo fue esa papeleta en blanco. Nada habría ocurrido si no hubiese escrito mi nombre en ella. Fue una pequeña casualidad, fruto del azar, pero sin la cual no se habrían desencadenado luego hechos que ahora parecen predestinados e inevitables. Entrando yo en el puesto de delegado, su empate quedó sin resolver, por lo que ambos pudieron mantener una igualdad relativa en términos de competición. El más leve desequilibrio de poder habría sido suficiente para detenerlo todo.
Mi primera tarea fue organizar la fiesta de presentación. No hacía mucha falta, pues la mayoría ya nos conocíamos, y los que quedaban por conocer se habían integrado la primera semana. Pero nos gustaban esas cosas. Compré un par de barriles de cerveza en una discoteca y distribuí las entradas.
En realidad, no me importaba mucho que aquella fiesta funcionase. Hice lo que tenía que hacer y me quedé en un rincón bebiendo y bailando. Había bebida de sobra, y puedo decir que la aproveché. Recuerdo poco de aquella noche, aunque he podido reconstruir los hechos. En primer lugar, le tiré los tejos a Carmen.
Carmen era pelirroja, de pequeños ojos grises con fulgor adamantino; la boca, ancha y fina. Tenía buen cuerpo: grande el pecho y delgada la cintura. La atosigué durante un rato con piropos, hasta que empezó a hablar ella y perdí el interés. Confesó que le gustaba Iván y me fui sin más aviso, dejándola con la palabra en la boca. Llegué a la barra, tropecé y me di con ella en la cabeza. Pedí alcohol para curar la herida y tuvieron que detenerme para que no me lo bebiese.
Por otro lado, Iván y Ricardo empezaron a conocerse bien. Pasaron un par de horas hablando y observándose. Cada vez que les miraba, me parecían clones. Incluso creo que se lo dije. Ambos eran muy comedidos. Bebían poco, no bailaban y se mantenían siempre erguidos mirándote a los ojos, como si nada de lo que hacíamos fuese con ellos.
David les descubrió en la puerta. Se estaban peleando. Entró a decírselo a todo el mundo. Cuando me encontró, yo estaba con la cabeza metida en el váter, vomitando. Ebrio, le dije que se ocupara él, “que la paz es bonita”. Consiguieron separarles, aunque no paraban de insultarse: falso, cabrón, gilipollas,... Dicen que Ricardo iba ganando, pero ambos habían quedado igual de mal al día siguiente.
No quise meterme en la discusión, ni en por qué se había producido. Sólo me ocupé de comprobar si la enemistad duraría, o sería algo temporal.
- Yo no tengo ningún problema -dijo Ricardo-, pero en términos de comparación, es poco recomendable extrapolar conclusiones ofensivas e insensatas basándose en meras suposiciones intuitivas. Las opiniones ignominiosas deben guardarse para fines estrictamente orientativos, pues de hacerlas públicas nos arriesgamos a generar un flujo malsonante de calumnias retroalimentadas capaces de mermar la confianza y reducirla al mínimo requerido para la connivencia social, repercutiendo gravemente en nuestra serena predisposición, cuyo fehaciente paradigma encontró su evidencia en los hechos ulteriores a nuestra celebración de la otra noche.
No lo entendí. Iván soltó también un discurso incomprensible. Lo único que saqué en claro –más por el tono que por el contenido- era que, aunque tenían asuntos pendientes, no los iban a tratar de resolver por la fuerza. Creían estar por encima de esos “impulsos atávicos” y consideraban aquella pelea como un vergonzoso desliz. No me preocupé. Les pude ver a menudo discutiendo en la cafetería. Entre ellos seguían utilizando aquel lenguaje complicado, que impedía a los demás enterarse sobre qué iba el tema, pero quedaba claro que conforme pasaba el tiempo, su charla les tranquilizaba.
Un día, al acabar las clases, vinieron a buscarme. Me pidieron que les acompañase fuera.
- ¿Fuera?
- Sí.
Era invierno y hacía frío, pero no me negué. Me guiaron uno a cada lado, hombro con hombro. Estábamos tan pegados que parecíamos la misma persona. Si uno tropezaba, los tres caíamos. Llegamos a una pequeña plaza cerca del río. Apenas nos llegaba la luz del día a través del plomizo cielo. Soplaba un viento helado. Me senté sobre uno de los bancos, embutido en mi abrigo. Esperé a que hablasen.
- Debemos pedirte un favor, Raúl –dijo Ricardo.
- Es una apuesta –interrumpió Iván-. Llevamos mucho tiempo deliberando y hemos decidido que ésta es la mejor forma de solucionarlo. Tanto Ricardo como yo hemos descubierto que somos hipócritas. Esa ha sido nuestra discusión los últimos días, y hemos acabado por rendirnos a la evidencia. No nos estamos mostrando ante la gente como realmente somos.
- Como si llevásemos una máscara –continuó Ricardo-. Hacemos lo que se supone que debemos hacer, no lo que nos gusta. No nos mostramos como realmente somos, sino como deberíamos ser. Queremos acabar con eso. Vamos a esforzarnos por sacar a relucir nuestra verdadera naturaleza.
- Pero, ¿qué pinto yo en todo esto?
- Necesitamos un juez -dijo Iván- y creemos que eres el mejor candidato. Nos fijamos en tu comportamiento durante la fiesta de presentación. Estoy seguro de que no fue sólo el alcohol. Eres así, tienes una capacidad innata para mostrarte tal cual eres en el momento. No te importa lo que piensen los demás. Estás en una posición privilegiada para calificar nuestros avances, pues eres lo más cercano que conocemos a lo que queremos conseguir.
- Increíble. ¿Cómo queréis que valore si sois naturales?
- No debería ser tan difícil. Sólo tienes que observarnos. Cuando alguno de nosotros deje de fingir, simplemente lo sabrás. Será obvio.
- ¿Cuándo acabaréis la apuesta?
- Depende de ti –respondió Ricardo con rapidez-. Yo me tengo que ir, así que acabemos esto.
- Creo que ya está todo dicho.
Volvieron a despedirse y se fueron siguiendo el curso del río. Estaba a punto de irme, cuando me giré y pregunté a gritos: “¿¡Cuál es el premio!?”.
- ¡La felicidad!
Volví a no entenderles.
Me quedé pensando en el tema de su discusión. Lo más seguro es que uno de los dos le hiciese una confesión al otro y, a partir de ahí, se descubriese la falsedad. Eso habría llevado a la pelea y, tras tanto discutir, llamándose de hipócrita el uno al otro, terminarían por creérselo. Ahora mismo no pienso que ninguno estuviese actuando. Eran como eran y fue un error suponer lo contrario.
Caminaba de vuelta a casa cuando Carmen apareció a mi lado. Me había estado siguiendo.
- Me pareció sospechoso –se excusó.
Preguntó sobre lo que había estado hablando con Iván. Sólo con Iván. Le hice un resumen de la conversación y el tema central de la apuesta. Tampoco creyó que Iván fuese hipócrita, aunque lo hubiese reconocido. Dijo que tenía un mal presentimiento y me ofrecí a acompañarla a casa. Vivía cerca de mí. Aceptó, aunque algo tímida.
Pidió que le contase todo lo posible sobre Iván. No sabía demasiado. Venía de un pueblo cercano y su familia era rica. El padre era militar y la madre daba clases de historia en la universidad. Le había conocido el año anterior. Nos habíamos encontrado mucho antes, pero esa era la primera vez que compartíamos clase. Iván subía muy alto el listón en los exámenes e incluso una vez nos costó un suspenso general por lo mucho que había subido la media. Aunque no se había ganado enemigos, pues al día siguiente repartió sus apuntes entre los de clase, con la intención de ayudar. Eran los apuntes más claros que había leído en mi vida. A muchos nos habían ayudado a aprobar aquella asignatura.
En mis primeras impresiones sobre Carmen, siempre me pareció vulgar, como una más. Se había enamorado de Iván igual que podía haberlo hecho de Ricardo. Era como el resto. A mí me gustaba, por el cuerpo que tenía, pero no encontraba en su interior nada más que me interesase. Antes de dejarla subir, traté de que quedásemos algún día a solas. Puso alguna excusa para no hacerlo y se despidió apresurada, sin mirar atrás.
Desde el mismo comienzo de su apuesta me di cuenta de que algo no iba bien. La noble propuesta de ser más sinceros con el mundo resultó ser más desagradable de lo esperado. La primera medida que ambos tomaron fue dejar de estudiar. Aunque la cultura que habían acumulado a lo largo de su vida les bastaba para seguir aprobando, era claro que las notas descendían cada vez más. Muchos profesores les llamaron a tutoría, tratando de descubrir qué era lo que les pasaba. No tuvieron inconveniente en decírselo. Gracias a eso consiguieron una cita obligatoria semanal con la psicóloga del centro.
- Tenéis que dejar la apuesta –dije a Ricardo-. No quiero ser responsable si acabáis repitiendo el curso.
- No puedes impedírnoslo. La apuesta es cosa nuestra, y tú sólo eres una pequeña parte de ella. Si estamos haciendo esto es por nosotros mismos. Nos hemos propuesto cambiar, descubrir quiénes somos en realidad y actuar en consecuencia con ello. Tener un rival y un juez no es más que un aliciente para conseguirlo.
- Pues no seré vuestro juez.
Ricardo se rió, y respondió condescendiente:
- No tienes alternativa, Raúl. Nosotros vamos a seguir adelante. Tarde o temprano acabarás por formarte una opinión sobre lo que estamos haciendo. Ni siquiera necesitamos que nos digas quién ha ganado. Bastará con que tú lo sepas.
Cuando me encontré con Iván, le propuse designar al ganador de inmediato, pero también lo rechazó.
- No tendría sentido que eligieses ya al ganador. La apuesta todavía no ha terminado. Apenas acaba de empezar.
En todo momento recibía noticias suyas. Aunque intentase escapar de ellos, su nuevo comportamiento estaba causando un gran revuelo. Era imposible no enterarse. Si me encontraban, solían pasar una media hora hablando conmigo, contándome cómo les iba todo.
Me di cuenta de que había cambiado su forma de hablar. Era menos culta, menos rebuscada: se les entendía mejor. Al principio pensaba que estaban haciendo esfuerzos por hablar así conmigo, pero pronto empezaron a hablar también de esa manera con los demás. Se notaba en cosas tan simples como decir “pelota” en vez de “esférico” cuando jugaban al fútbol, pero la gente les entendía mejor y trataba de acercarse más a ellos.
Ricardo respondía a este acercamiento, ganando aun más popularidad de la que tenía. Se había vuelto un cínico, pero un cínico sociable. Decía siempre la cruda verdad, de una forma tan descarada que acabó por ganarse algunos enemigos. No le molestó, ni intentó solucionarlo. Siguió por otro camino, que Iván seguía desde el principio: ignorarles.
Llegaron las vacaciones, pero tampoco entonces pude detener la apuesta. Insistieron en que les visitase. Empecé yendo a casa de Iván. Vivía en un edificio de dos plantas, con pinos y un columpio en el jardín. La fachada era totalmente blanca, con grandes ventanas por todas partes. Había una piscina cubierta en la parte trasera.
Cuando abrió, estaba totalmente desnudo.
- ¡Joder! ¡Ponte algo! –grité.
Iván se encogió de hombros y se fue, para regresar con un albornoz de terciopelo azul.
Sus padres estaban de viaje. Sacamos unas cervezas y nos sentamos a hablar en su habitación. Estaba todo destartalado, con restos de comida y latas vacías por todas partes. Sobre el ordenador había unos hilillos como de tela de araña o queso fundido. Apestaba a podrido. Las moscas aprovechaban la cochambre, agitando sus diminutas y repulsivas alas. Era difícil contener las arcadas.
Le pregunté en qué estaba gastando el tiempo y me respondió que en nada. Se tumbó en la cama, con las piernas abiertas, y me senté al otro lado, en el sillón. Tampoco estaba demasiado limpio; me manché de tomate. Se entretenía en comer, dormir y ver la televisión, aunque esto último lo hacía cada vez menos. “Creía que era divertido”, decía, “pero traté de ser un poco más sincero conmigo mismo, y descubrí que nada de aquello me interesaba. Intenté leer, pero me pasó lo mismo. Aún sigo haciendo algo de ejercicio, aunque no sé si llamarlo así. Subo y bajo las escaleras si siento que se me entumecen los músculos”.
- ¿No estudias nada?
- No –respondió.
Nada que le supusiese ejercicio mental. Se quedaba parado frente a la ventana durante horas, mirando al vacío y pensando en cualquier cosa. Me contó una complicada teoría metafísica que había desarrollado, según la cual se demostraba por lógica la inexistencia de cualquier entidad superior.
“Si existiese un algo con mucho poder”, explicó, “debería ser un algo muy grande, denso, o rápido, para que ese poder cupiese dentro de él. Con sólo que estuviese en alguna parte debería afectarnos muchísimo. Nos daríamos cuenta al instante porque nos atraería su gravedad, o nos vibraría todo, como cuando pasan los aviones. Así que, si algo en el universo tiene mucho poder y yo no lo noto, es porque no está en el universo, no existe y no puede afectarme de ninguna manera”.
Pronto entendí que estaba hablando conmigo porque se lo había propuesto. No le apetecía en absoluto conversar conmigo. Tomaba varios descansos a mitad de las frases y se hacía difícil seguirle. Pronunciaba cada palabra lentamente. Con desgana, pero también con seguridad. Era como si tuviese todo el tiempo del mundo, o el tiempo no le importase, o no le importase el mundo.
“Seguí pensando en aquello y vi que lo que había fuera del universo no me interesaba. Lo único que me interesaba era mi mundo, las cosas que me afectaban; y mi mundo no era un planeta, sino las cosas que me rodeaban. Sólo me importa lo que tengo aquí y ahora, lo que afecta a este aquí y ahora. Eso es lo que pasa. Todos... nosotros... lo cerca...”.
Se quedó dormido. La lata de cerveza rodó sobre el colchón, manchándolo de alcohol y ceniza. Era repugnante. Me dio grima despertarle, así que escapé de aquel lugar con sigilo. Si hubiese seguido allí, habría acabado por desmayarme con el hedor.
Iván se había convertido en un hedonista desenfrenado. La excusa de estar buscando su propia naturaleza le servía para satisfacer sin remordimientos sus apetencias más primarias, hasta llegar al mismo límite en que se ponía en entredicho su dignidad, y su misma humanidad.
La visita a Ricardo fue menos repelente, aunque no menos espantosa. Él tampoco se había duchado en meses, pero al menos estábamos al aire libre. Le había crecido el pelo y se estaba dejando barba. Íbamos camino de un jardín en la periferia. “Es mi cumpleaños”, me dijo con una media sonrisa. “¿Eres Capricornio?”. “No”, respondió. “Soy un Libra nacido en Capricornio”.
Llegamos a un descampado lleno de matorrales, invadido por los insectos. Había una furgoneta blanca aparcada en un pequeño claro. Desde la lejanía se escuchaba música psicodélica. Saludó extendiendo la palma de su mano hacia el frente y el resto hicieron una reverencia. Le llamaban Oshiras. Dejó que me presentase por mi cuenta. Eran dos hombres y una mujer. Tendrían alrededor de veinticinco años. Todos eran bajitos, llevaban símbolos en el cuerpo y tenían más pelo del que les correspondía. Tanto los hombres como la mujer.
- Me llamo Raflesa.
- Yo Raúl.
Sacaron un par de sillas de la furgoneta, varias mantas y unos cuantos trozos de madera. Utilizaron broza para encender una hoguera y nos sentamos alrededor. Uno de los hombres, Ahmín, quitó la música y empezó a tocar una pequeña armónica. Parecía absorto en su música. Dimas sacó una gran bolsa de marihuana y una pipa para fumarla. Oshiras trajo whisky, ron y cerveza. Se sentó en su manta con las piernas cruzadas y cerró los ojos. Raflesa vino a sentarse a mi lado. Me ofreció una botella.
Los rasgos de su cara eran suaves y redondeados. El pelo rizado le caía hasta la cintura. Tenía los ojos azules y la voz fresca y clara. Dijo que ese no era mi nombre, que “el poder de los jueces es distinto al de los reyes”. Le parecía que Raúl era “limitado en la trascendental grandeza que los tiempos me deparaban”. Debía de ser reemplazado para “transmitir al todo lo que es del todo”, “abrir las puertas del mundo al que perteneces” y “sellar el destino que te ha sido otorgado de forma que seas reconocido en la inmensidad”.
- Todo eso está muy bien, pero yo me llamo Raúl.
Raflesa se echó a reír. Tenía una mirada muy dulce. “Es posible que algún día lo comprendas todo”, dijo, “pero hasta entonces, para mí serás Eresh”. Oshiras abrió entonces los ojos y se convirtió en el centro de atención. Alargó su mano, agarró un tizón y lo colocó a su lado en tierra. Volvió a cerrar los ojos.
- Está meditando –dijo Raflesa-. No hay nada más difícil en este mundo que conocer los propios deseos. Requiere de una gran fuerza de voluntad. Tú eres parte de esa voluntad, Eresh. Tu existencia ayudará a que Oshiras entre en comunión con su naturaleza y alcance la última unión entre el ser, el sentir y el parecer.
Había pasado la mayor parte de la noche hablando con Raflesa. Ahmín y Dimas charlaban de vez en cuando, pero estaban absortos en sus cosas. Ella era la única que me inspiraba un poco de confianza. Habían conocido a Oshiras una mañana en un jardín de la ciudad. Él estaba tumbado observando el cielo. Les pareció interesante, así que le ofrecieron compañía.
- Si quieres, puedes acostarte con ella –intervino Dimas-. Los preservativos están en la furgoneta.
No me lo esperaba. Raflesa rió: “No me importaría”. “Quizá luego”, mi voz se quebraba. Agarré el whisky y tragué todo lo que aguantó mi garganta. Mientras tanto, Oshiras cogió el tizón y se pintó varias líneas en la cara. Todos le miramos. Se levantó y se acercó a Raflesa.
Ambos se dirigieron una mirada que no pude creer, y fueron hacia la furgoneta.
- Puedes venir cuando quieras –me dijo Raflesa.
“Yo iré a mirar”, apuntó Ahmín antes de seguirles. Dimas me ofreció su pipa, pero la rechacé. “¿Son pareja?”, pregunté. “Son libres”, responde. Intentó hablar un poco conmigo, aunque no le prestaba mucha atención:
- Anoche tuve un sueño –dijo-. Soñé una ciudad donde todo el mundo se llamaba igual. Sus habitantes, cuando hablaban, eran incapaces de distinguir si nombraban o comparaban, y defendían que era precisamente por eso por lo que eran tan diferentes entre sí. Fue una premonición, Eresh.
Sentí que estaba empezando a hacer demasiado frío en aquél campo. Cerré mi abrigo, aunque no mejoró mucho. “Creo que ya he visto suficiente aquí”. Empezaron a gemir y vi cómo Ahmín se bajaba los pantalones. Me levanté, aunque con esfuerzo. Estaba borracho.
- ¿Te vas ya? –preguntó Dimas incrédulo.
Asentí, le di las gracias y pedí que me despidiese de los demás. Tardé cerca de dos horas en regresar a mi casa, parando en cada esquina para vomitar. Aún recordaba la imagen de Ahmín, desnudo en invierno y masturbándose de pie, a la intemperie, mientras miraba fornicar a Oshiras con la mujer que había pasado toda la noche hablando conmigo.
Odié a Ricardo a partir de aquello. No recuerdo ninguna razón lógica, pues no me había hecho nada malo. Sé que le desprecié, a secas, que acumulé un rencor tan profundo y desconocido que me sentía incapaz siquiera de hablar. Abominaba el hecho de tener que volver a compartir el mismo aula, y recordaba su cara con un asco más nauseabundo que el que me provocó la casa de Iván. Deseaba su muerte. Salía de fiesta muchas noches para poder desembarazarme de ese sentimiento, pero no pude. Lo único que conseguí fue que Carmen me buscase al retomar las clases para decirme: “Creo que tienes un problema con el alcohol”.
Claro que sí. Ya lo sabía. Pero ése no era el mayor de mis problemas. Iván y Ricardo no aparecieron. Se supo que Iván había tratado de entrar a clase en calzoncillos y, al no dejarle, se los había quitado frente al bedel. Pasó toda la mañana en el despacho del director. Luego le enviaron a la psicóloga, pero no fue. Se quedó caminando alrededor del centro en ropa interior. Sus padres vinieron a recogerle y lo primero que le preguntaron fue: “¿Qué has hecho con tu ropa?”. Iván se encogió de hombros y respondió que la había quemado. “Olía mal”, dijo.
- ¡Qué héroe! ¡Todo un rebelde! –exclamó Carmen al enterarse.
Su padre se enfureció. Empezó a pegarle mientras le gritaba: “¡Tú sí que hueles mal! ¡Pedazo de escoria humana! ¡Basura!”. Nadie se atrevió a detenerle, ni siquiera cuando se lo llevó a rastras hasta el coche, cogiéndole del pelo. La madre no paraba de llorar. Pudimos oír aquel ruido desde clase. Lamento no haberlo reconocido en su momento. La paliza continuó cuando llegaron a casa. El padre empujó al hijo a su cama, arrojándole encima de todos los deshechos. Soltó puñetazos hasta resarcirse de “ese maricón insolente de mierda”. Cuando terminó, de la cara de Iván sólo era reconocible el pelo.
Tardó varias semanas en recuperarse. Ricardo apareció al día siguiente, más alegre de lo normal. Yo seguía sin soportarle. Evité encontrármelo de todas las formas posibles. Me envió una nota. La letra era ancha, clara y débil. Fea, pero legible: “Ahora eres más hipócrita que yo. Pude comprobarlo la otra noche. No eres capaz de hacer lo que quieres, ni de querer lo que te apetece”.
Nadie le había contado aún lo de Iván y no sé cómo reaccionó, pero al enterarse decidió que no había alcanzado aún su meta. Consideró que se estaba permitiendo demasiadas privaciones, así que abandonó las clases. Empezó a quedarse siempre en el patio, o en el exterior, paseando.
Cuando alguien le llamaba la atención, escapaba y se perdía por callejuelas. De vez en cuando le descubríamos con cerveza o bolsas de patatas. Era raro y nadie sabía qué hacer con él, pero aún no hacía daño a nadie. Lo bueno de aquella situación era que estaba vigilado por el resto de los alumnos, y eso me restaba preocupaciones. Siempre hay alguien mirando por la ventana. Olvidé el tema. Su mayor crímen fue hacer sus necesidades frente a la puerta principal; al parecer, tenía diarrea.
Ricardo estaba cada vez más seguro de haber conseguido lo que se proponía. Estaba siempre relajado, sobre su banco. Llamaba a sus amigos si le apetecía. Yo siempre ponía tierra de por medio. Las pocas veces que me lo encontré, vi desesperación en sus ojillos negros. Era un perro hambriento y orgulloso, que mantenía firme la posición mientras su amo engordaba. Se le veía feliz y contento cuando yo no estaba, pero estaba buscando algo en mí –aprobación, quizá- y no encontraba más que indiferencia y apatía.
Por momentos se hacía más grosero su comportamiento. Desde lejos me enteraba de sus fechorías, que parecían ya fruto del mal corazón y la vileza. Escupía e insultaba a la gente, con un lenguaje cada vez más burdo y cerril, que en nada se asemejaba ya a sus incomprensiblemente lúcidos razonamientos de octubre. Tentado estaba de cerrar yo mismo su boca, pero no era el más belicista del instituto. Muchos otros cruzaron sus puños con él.
- Ya no está tan en forma –dijo uno de ellos-, pero es peor que desayunar cucarachas. Cualquiera que le toca acaba en cama por enfermedad. A mí también me contagió. Escherichia Coli. Si no le pillan rápido, acabaremos todos con la lepra o algo así. ¿Por qué no hacen nada sus padres?
Iván se recuperó a finales de febrero. Tenia aún varios puntos en su cara. Estaba pálido y olía bien. Se había cortado el pelo. Llevaba puesto un traje azul y una corbata amarilla.
Aquella corbata era horrible. Era más pequeña de lo que debería, y más ancha. Tenía el color del huevo y un bordado plateado zigzagueante que la rodeaba. Había varios bastones negros, colocados en bajorrelieve simulando unas extrañas pinceladas. El tacto era acolchado y rugoso, y aún quedaba en ella la fragancia de un perfume delicadamente intenso y descarado, como de flor de almendro, que entraba directo a tu faringe, pegándose avaricioso en el lugar más molesto que encontrase. Pude fijarme bien en ella, examinarla entre mis manos. Era lo único que había dejado Iván allí, en el patio. Junto al cuerpo sin vida de Ricardo.
Nadie esperaba aquello. Dentro de que nadie pensase que siguiesen en sus cabales, nunca habían sido agresivos; ni antes ni después de la fiesta de bienvenida. No solían empezar las peleas, ni entre ellos ni con los demás. Parecían inofensivos, pues todas las normas que se saltaban eran inocentes. Después de todo, ¿a quién hacía daño que dejasen de estudiar? ¿A quién herían sus báquicas reuniones? ¿A quién habrían expulsado de la existencia por su agraz verborrea?
Sólo entonces empezaron a saberse cosas. Ricardo había abandonado su casa hacía tiempo. Había tenido una fuerte discusión con sus padres y los había abandonado. Renegaron de él y se quedó solo con su apuesta, hasta que llegaron Dimas, Ahmín y Raflesa, para animarle a que la siguiese.
Hubieron días de luto, funeral y molestos interrogatorios que no llevaban a nada. Sabíamos que había sido Iván, pero no sabíamos cómo ni por qué. Los testigos no conseguían ponerse de acuerdo: había demasiadas versiones distintas sobre el mismo hecho, y muchos fingían para integrarse. La opinión general era que la verdad sólo se sabría cuando le encontrasen. No pasó mucho tiempo.
Era el día del Carnaval. Había sido un día duro, con mucho trabajo. Al fin quedaba libre. Nadie quiso celebrar la fiesta después de lo que había pasado: habría sido de mal gusto. El resto de la ciudad no estuvo de acuerdo. La música y el colorido lo inundaban todo. Los desconocidos llevaban máscara. La fanfarria no me permitió escuchar los llantos hasta que no estuve frente al portal de mi casa. Carmen lloraba allí.
Gritó mi nombre y se abalanzó sobre mí. Me agarró del brazo, tirando en dirección contraria.
- Tienes que venir –decía- Es urgente. No puedo decir por qué. Me lo tienes que prometer por el camino. Tienes que hacer un juramento. Tú eres tu mismo testigo. Tú eres tu mismo juez. Tienes que jurarme por ti mismo que no vas a decir nada a nadie. Júrame que no le dirás nada a nadie de lo que pase hoy.
- ¿Qué ocurre? ¿Has encontrado a Iván?
- ¡Júrame! Tienes que jurarme tu silencio. Sólo así estarás a salvo. Por favor, dame tu palabra...
Resoplé y me detuve un instante. Me había alejado mucho de casa sin apenas darme cuenta. Caí en la cuenta de que no había visto a Carmen desde la muerte de Ricardo. Estaba más guapa, no sabría decir por qué. Su pelo estaba más rizado, salvaje. Ardía con el atardecer. Aquella mirada cristalina era un cúmulo de súplicas desesperadas. Acepté, aunque algo inseguro. Pronuncié solemnemente:
- Juro por mí y por todo aquello en lo que creo, que jamás contaré una palabra a nadie de lo que puedas decirme o mostrarme hoy y en lo que queda de día.
Sonrió. No tardó en volver a tirar de mi brazo. Al parecer, estaba lejos. Ibamos a campo traviesa, siguiendo el curso de una vía de tren abandonada.
- He encontrado a Iván –explicaba- y no me he separado de él esta semana. Tenía que cuidarle. Ha pasado mucho tiempo solo. Me dijo que quería verte y tuve que salir a buscarte, pero no podía traerte si no jurabas guardar silencio. Ningún policía puede obligarte a romper un juramento. Al menos, ningún policía honrado. Así estamos todos a salvo. Tenemos cosas más importantes en las que pensar. Está muy enfermo. Creo que quiere que le ayudes.
- Nunca he dicho que le fuese a ayudar. Es un asesino.
- Era necesario que lo fuese. Todo lo que hace Iván es necesario. Ha conseguido algo maravilloso. Se ha descubierto a sí mismo. Ha conseguido llegar a ser quien realmente es. Ya nada le limita. Precisamente por eso es tan digno de admiración. Sólo con verle, uno ya lo nota. Nada le preocupa, nada le influye. Es quien es, y ya está. Sólo hace lo que tiene que hacerse. No le mueven las ideas ni los sentimientos; ahora es libre, absolutamente libre.
- ¿Por qué mató a Ricardo?
- No lo sé. Él tampoco lo sabe. No le importa saberlo y creo que tampoco lo necesita. Lo hizo porque lo hizo. Consumó tu silente deprecación. Tú también deseabas que muriese. Estoy segura de que Iván acabará por convertirse en un dios. Unirá lo divino y lo humano, extinguirá el pecado y nos mostrará el camino a la felicidad que él disfruta. Deberías ver su sonrisa. Transmite una paz sobrenatural, que no puede ser lograda por ningún método tradicional. La plegaria, la abstinencia y la meditación no dan tan buen resultado, ¡y menos en tan poco tiempo! Es una existencia singular, que oscila más allá de los límites de su inmanencia, invadiendo y devorando la esencia que le autodefine. Rediseña pleonásticamente su raciocinio, sobreexponiendo argumentos ilimitados, previamente metamorfoseados mediante el ejercicio representativo de la idealización abstracta, ante las concretas predisposiciones de su entorno y su organismo.
- Si sigues hablando así –dije-, tendré que volver a casa a traerme un diccionario.
- ¿Crees en el destino? –interrumpió.
- No lo sé.
- “No lo sé” es un punto peligroso. Cuando no sabes, eso sólo conduce a dos cosas: creer y saber. Si crees algo, te acabará pareciendo que lo sabes, y si lo sabes, al resto le parecerá que lo crees. Ignorarlo es diferente a no saberlo, porque jamás serás consciente de ningúno de los posibles significados que tomará la respuesta ni comprenderás razón alguna, fundamentada o no, que los pueda defender. Hay una posición mejor, que te permite creer sin engañarte y saber sin engañar: ser natural. Cuando tu interior es puro como el de Iván y está habitado sólo por ti mismo, eres capaz de escapar al destino, crear de la nada y competir con el universo de igual a igual.
- ¿Quieres decir que Iván hace milagros?
- No transforma nada externo, pero transforma todo lo interno. Cambia todo lo que tiene dentro. No necesita comer, ni beber, ni dormir. Sólo le tortura su enfermedad.
- No me creo nada de eso. Tiene que dormir.
Carmen paró en seco y me miró a los ojos. Ahora estaba seria.
- Ya hemos llegado –dijo-. ¿Has visto alguna vez un biángulo?
- ¿Cómo?
- Un polígono con dos lados y dos vértices. Como un triángulo, solo que con dos en vez de tres.
- Eso es imposible. No existe.
Dibujó dos líneas rectas en el suelo, ambas en el mismo lugar.
- Yo sólo veo una línea –dije.
- Pero hay dos líneas. Yo he dibujado dos líneas y dos vértices, y está cerrado. Es un biangulo, aunque no puedas verlo. Nunca vuelvas a decir que algo no existe sólo porque no lo hayas visto. Tampoco importa lo que te hayan enseñado. No hay ningún límite entre lo posible y lo imposible.
Sin darme tiempo a replicar, dio la vuelta y bajó una pequeña cuesta. Escuché el ruido de una puerta que se abría y cerraba con violencia. Al acercarme pude ver una pequeña casa abandonada, medio derruida por el tiempo. La puerta era de madera, apenas sujeta por uno de sus goznes. La pintura se había desconchado y deteriorado, desterrando toda pretensión de descubrir el color original de aquellas paredes. Faltaba parte del techo y el interior estaba lleno de escombros y suciedad.
Aunque estabamos al aire libre, rodeados de árboles y maleza, el ambiente estaba muy cargado; aquel hedor era denso y húmedo, como un invernadero. Iván tenía la cara roja y llena de sudor. Le tapaban varias mantas. Estaba apoyado en un rincón, sobre trozos desprendidos de cemento. Carmen, a su lado, limpiaba su frente. La luz caía sobre él como una lluvia dorada.
- Necesito que me expliques un par de cosas –dije.
Tosia y tiritaba. Su voz era bronca, casi afónica.
- Lo he conseguido.
- Lo sé –respondí-. Te has comportado como has querido, convirtiéndote en un cerdo desagradable e inmoral. Has olvidado el cuidado de la salud, para regocijarte con un apetito ilimitado; y aún así no has quedado lo bastante satisfecho: has seguido perdiendo esa personalidad que el mundo te había dado, y que te hacía original y rico en profundidades y matices. Olvidaste la moda y las convenciones sociales exponiendo tu cuerpo desnudo ante el frío y la suciedad que te rodeaban, despreciando e ignorando a tus semejantes, para acabar aislado y enjaulado como una bestia en las hirientes manos de tu propio padre. Te has esforzado tanto por librarte de sentimientos y prejuicios que la vida ha dejado de importarte. Has triunfado, has conseguido ser tú mismo, aunque hayas dejado de ser humano.
- Lo he conseguido –repitió.
A pesar de su debilidad, Iván sonreía. Carmen tenía razón. La expresión de su cara reflejaba una felicidad extática. Su boca se entrabría, extendiéndose hacia los lados, dejando vislumbrar parte de unos dientes amarillentos y alineados. Ninguno de sus músculos estaba en tensión. Todo aquel cuerpo mostraba una paz sobrehumana, difícil de asimilar en un monstruo como él. Mi seguridad se derrumbó mientras hablaba. Perdía la confianza en lo que estaba diciendo y, sin embargo, mi discurso continuaba, independiente de mí, con una firmeza que me sorprendía y aterraba.
- Has dejado de ser hipócrita porque has dejado de ser. Tú mismo eras aquella falsedad de la que renegaste. La apuesta no ha hecho más que dejarte vacío, despojarte de toda capacidad de sentir y padecer. Puede que hayas ganado esa asquerosa apuesta, pero con ella te has cerrado por completo el camino a la recompensa que esperabas. Ya nunca serás feliz. Ya nunca serás nada. Nada te une a la especie humana. Has retrocedido más allá de las bestias y puede que de los vegetales. Te has convertido en algo parecido a una roca andante.
Carmen me miraba de rodillas junto a Iván. Ambas caras tenían un contraste infinito. Sus ojos estaban atónitos. No estaba diciendo lo que esperaba oír. Sin duda, ella tenía mucha más humanidad, aunque sólo fuese por estar mostrando interés a lo que decía. La pasividad de Iván me obligaba a dirigirme a ella ahora: ningún sentido tenía dialogar con una roca. Ni siquiera aunque fuese una roca feliz.
- Lo mejor que puedes hacer ahora es entregarle. En su estado, no durará mucho. Necesita antibióticos y tratamiento médico. Merecerá la pena, aunque acabe en la cárcel. Dejarle aquí es condenarle a muerte. Convéncele de que la apuesta ha terminado. Haz lo que puedas para que vuelva a la normalidad.
Carmen buscaba palabras para responder, pero ya no lo soporté más. Iván parecía cada vez más feliz. Su sonrisa aumentaba sin esfuerzo, cada vez un poco más. Imaginaba que en cualquier momento su cara se partiría en dos. Volví sobre mis pasos y escapé. Tras un rato, Carmen reaccionó y trató de seguirme, pero no dejé que me alcanzase.
Regresé a paso rápido, corriendo a ratos y con las lágrimas saltando de mis ojos. Perdido en el campo, sin nadie en los alrededores, aproveché para descargar un largo grito visceral. Aquel bramido lo inundó todo por unos segundos y pude dejar de pensar. El ruido me protegía de mis propias ideas. Dejó de importarme el tiempo, dejó de importarme el mundo, y aquello... aquello me hizo feliz.
No supe más de ellos durante el resto del curso. No volví a acercarme a aquella casa. Pasó mucho tiempo antes de que me interesase por su paradero. En clase, nadie sabía nada. Parecía como si se les hubiese tragado la tierra. Al llegar el verano, empecé a investigar en los periódicos, buscando inútilmente alguna noticia o esquela. No encontré ninguna pista hasta finales de agosto, y dudo que se refiriese a ellos.
Conocí a un tipo en una playa, a través de mis viejos amigos. Se llamaba Carlos. Nos contó que unos meses antes, caída la noche, había visto a una chica joven y pelirroja, que corría al hospital llevando en brazos a un hombre inconsciente. Debía pesar el doble que ella. Se ofreció para ayudarla, pero ésta le ignoró y siguió su camino.
Al llegar al hospital, la chica desfalleció y el hombre cayó rodando por el suelo. Unos cuantos enfermeros salieron a ayudarlos. Echaron agua a ambos, intentando que recuperasen la consciencia. Empezaron por la chica, hasta que reaccionó un poco. Estaba exhausta y apenas se podía mover. Sólo entonces notaron que el chico no reaccionaba y vieron que estaba muerto.
La chica tardó una hora en reponerse. Intentaron preguntarle quién era y de dónde venía, pero sólo le interesaba saber cómo estaba su amigo. Cuando le dijeron que había muerto, tuvo un ataque de nervios, se puso histérica y empezó a correr medio desnuda por el hospital, sollozando. No hubo forma de calmarla. Empezó a golpearse contra el suelo y las paredes gritando que se quería morir. Tuvieron que atarla, pero tampoco consiguieron nada. La destinaron al departamento de psiquiatría donde, tras sedarla, comprobaron que persistía en sus intentos de suicidio. Más tarde, llegó la policía. Tomaron fotos y trataron de hablar con ella, obteniendo el mismo resultado que los médicos. Decidieron ingresarla en un manicomio, para tenerla controlada mientras buscaban a su familia.
Carlos no recordaba qué nombres habían dicho y su descripción de aquella pareja era bastante vaga, pero hay muy pocas posibilidades de que fuesen otros. Yo, por lo menos, prefiero creerlo así. La alternativa es que sigan perdidos por el campo, despreciando al resto de los seres humanos. Vivos y capaces de matar. Me resulta más agradable pensar que Carmen está en un manicomio e Iván en una fosa común.
Iván y Ricardo me enseñaron una importante lección, aunque no puedo decir que les esté agradecido. Creo que fue David quien me dijo que “los seres humanos, al nacer, somos como una pizarra en blanco. Todo lo que nos va pasando sirve para ir escribiendo en ella, haciendo que seamos como somos”. En aquel momento, se estaba refiriendo a los prejuicios. Nunca imaginé que nuestros sentimientos también formasen parte de la tiza de aquella pizarra. Más bien deberían haber sido la misma pizarra.
Todavía me cuesta aceptar que, con esfuerzo, podamos llegar a borrarlos por completo.
“El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo. El pájaro vuela hacia un dios. Ese dios es Abraxas”.
–“Demian”, de Herman Hesse.
Iván y Ricardo eran los mejores estudiantes de nuestra clase.
Parecían saberlo todo y, en muchas asignaturas, sus voces se escuchaban más que las del profesorado. Ambos eran altos, delgados y musculosos, capaces de vencer a cualquier otro en una pelea limpia; sin embargo, nunca se supo quién era más fuerte de los dos. Podrían haber sido gemelos, pero sus apellidos eran distintos. Eran siempre los más atentos y sociables. Todas las chicas encontraban en ellos su modelo de hombre perfecto, y se enamoraban del uno o del otro indiscriminadamente. Esto podría haberles ganado la desconfianza del grupo, pero siempre se mostraron tan amigables y generosos como desinteresados por el sexo contrario.
Había pocas diferencias entre ellos. Iván era el más delgado. Tenía el pelo rubio espeso y rizado, los ojos verdemiel y vestía siempre con vaqueros, camiseta y zapatos. Ricardo tenía el pelo castaño, lacio y cortado al estilo militar. Los ojos marrones y el chándal como única vestimenta posible.
Desde el principio, ambos fueron el centro de la clase. Se les conocía de antes, aunque entre ellos no parecían tener mucha relación. Por estas fechas resulté ser elegido delegado. Nos pasaron unas papeletas anónimas para escribir el nombre de nuestro candidato. Todo el mundo decidió votarles a ellos, ya que era indiscutible que eran los mejor capacitados. Yo, sin embargo, decidí votarme a mí mismo. Escribí “Raúl” de un solo trazo. No sé por qué lo hice. Quizás fue la seguridad de saber que no saldría elegido, o la duda sobre a cuál votar. Ni siquiera me interesaba el cargo. Además, sentí un enorme ridículo al ver que era el único que lo había hecho.
Iván y Ricardo quedaron empatados. Tras ellos estaba mi nombre junto a mi único voto. Se decidió hacer una segunda vuelta, para elegir entre ellos dos. Cuando me dieron la nueva papeleta, la dejé en blanco. Esta vez no fui el único, aunque el resultado fue de nuevo el empate. En ese momento, Iván habló, explicando que rechazaba el cargo de delegado, pues no quería representar a la clase sin la mayoría de los votos. Ricardo intervino entonces, defendiendo que podrían compartir el puesto.
Me sentí incómodo durante la conversación. Era extraño ver tanta locuacidad en los alumnos. Apenas les entendía. Tras un largo rato, decidieron que ninguno de los dos debería aceptar el puesto. La profesora se me acercó entonces. Mi atención se había dirigido a la ventana, al precioso día que nos estábamos perdiendo.
- ¿Te gustaría ser delegado? –preguntó.
- ¿Eh?
Fue todo lo que alcancé a responder. Cerca de cien ojos se habían girado de repente hacia mí. “¿Han rechazado ambos el puesto?”. “Sí”, respondió. “Eso han hecho”. Comprendí que no me quedaba más remedio que aceptar. Todos estaban deseando irse –sobre todo yo-, y la única forma era zanjarlo así.
Al pensar ahora en esto, me parece que la única razón por la que sucedió todo fue esa papeleta en blanco. Nada habría ocurrido si no hubiese escrito mi nombre en ella. Fue una pequeña casualidad, fruto del azar, pero sin la cual no se habrían desencadenado luego hechos que ahora parecen predestinados e inevitables. Entrando yo en el puesto de delegado, su empate quedó sin resolver, por lo que ambos pudieron mantener una igualdad relativa en términos de competición. El más leve desequilibrio de poder habría sido suficiente para detenerlo todo.
Mi primera tarea fue organizar la fiesta de presentación. No hacía mucha falta, pues la mayoría ya nos conocíamos, y los que quedaban por conocer se habían integrado la primera semana. Pero nos gustaban esas cosas. Compré un par de barriles de cerveza en una discoteca y distribuí las entradas.
En realidad, no me importaba mucho que aquella fiesta funcionase. Hice lo que tenía que hacer y me quedé en un rincón bebiendo y bailando. Había bebida de sobra, y puedo decir que la aproveché. Recuerdo poco de aquella noche, aunque he podido reconstruir los hechos. En primer lugar, le tiré los tejos a Carmen.
Carmen era pelirroja, de pequeños ojos grises con fulgor adamantino; la boca, ancha y fina. Tenía buen cuerpo: grande el pecho y delgada la cintura. La atosigué durante un rato con piropos, hasta que empezó a hablar ella y perdí el interés. Confesó que le gustaba Iván y me fui sin más aviso, dejándola con la palabra en la boca. Llegué a la barra, tropecé y me di con ella en la cabeza. Pedí alcohol para curar la herida y tuvieron que detenerme para que no me lo bebiese.
Por otro lado, Iván y Ricardo empezaron a conocerse bien. Pasaron un par de horas hablando y observándose. Cada vez que les miraba, me parecían clones. Incluso creo que se lo dije. Ambos eran muy comedidos. Bebían poco, no bailaban y se mantenían siempre erguidos mirándote a los ojos, como si nada de lo que hacíamos fuese con ellos.
David les descubrió en la puerta. Se estaban peleando. Entró a decírselo a todo el mundo. Cuando me encontró, yo estaba con la cabeza metida en el váter, vomitando. Ebrio, le dije que se ocupara él, “que la paz es bonita”. Consiguieron separarles, aunque no paraban de insultarse: falso, cabrón, gilipollas,... Dicen que Ricardo iba ganando, pero ambos habían quedado igual de mal al día siguiente.
No quise meterme en la discusión, ni en por qué se había producido. Sólo me ocupé de comprobar si la enemistad duraría, o sería algo temporal.
- Yo no tengo ningún problema -dijo Ricardo-, pero en términos de comparación, es poco recomendable extrapolar conclusiones ofensivas e insensatas basándose en meras suposiciones intuitivas. Las opiniones ignominiosas deben guardarse para fines estrictamente orientativos, pues de hacerlas públicas nos arriesgamos a generar un flujo malsonante de calumnias retroalimentadas capaces de mermar la confianza y reducirla al mínimo requerido para la connivencia social, repercutiendo gravemente en nuestra serena predisposición, cuyo fehaciente paradigma encontró su evidencia en los hechos ulteriores a nuestra celebración de la otra noche.
No lo entendí. Iván soltó también un discurso incomprensible. Lo único que saqué en claro –más por el tono que por el contenido- era que, aunque tenían asuntos pendientes, no los iban a tratar de resolver por la fuerza. Creían estar por encima de esos “impulsos atávicos” y consideraban aquella pelea como un vergonzoso desliz. No me preocupé. Les pude ver a menudo discutiendo en la cafetería. Entre ellos seguían utilizando aquel lenguaje complicado, que impedía a los demás enterarse sobre qué iba el tema, pero quedaba claro que conforme pasaba el tiempo, su charla les tranquilizaba.
Un día, al acabar las clases, vinieron a buscarme. Me pidieron que les acompañase fuera.
- ¿Fuera?
- Sí.
Era invierno y hacía frío, pero no me negué. Me guiaron uno a cada lado, hombro con hombro. Estábamos tan pegados que parecíamos la misma persona. Si uno tropezaba, los tres caíamos. Llegamos a una pequeña plaza cerca del río. Apenas nos llegaba la luz del día a través del plomizo cielo. Soplaba un viento helado. Me senté sobre uno de los bancos, embutido en mi abrigo. Esperé a que hablasen.
- Debemos pedirte un favor, Raúl –dijo Ricardo.
- Es una apuesta –interrumpió Iván-. Llevamos mucho tiempo deliberando y hemos decidido que ésta es la mejor forma de solucionarlo. Tanto Ricardo como yo hemos descubierto que somos hipócritas. Esa ha sido nuestra discusión los últimos días, y hemos acabado por rendirnos a la evidencia. No nos estamos mostrando ante la gente como realmente somos.
- Como si llevásemos una máscara –continuó Ricardo-. Hacemos lo que se supone que debemos hacer, no lo que nos gusta. No nos mostramos como realmente somos, sino como deberíamos ser. Queremos acabar con eso. Vamos a esforzarnos por sacar a relucir nuestra verdadera naturaleza.
- Pero, ¿qué pinto yo en todo esto?
- Necesitamos un juez -dijo Iván- y creemos que eres el mejor candidato. Nos fijamos en tu comportamiento durante la fiesta de presentación. Estoy seguro de que no fue sólo el alcohol. Eres así, tienes una capacidad innata para mostrarte tal cual eres en el momento. No te importa lo que piensen los demás. Estás en una posición privilegiada para calificar nuestros avances, pues eres lo más cercano que conocemos a lo que queremos conseguir.
- Increíble. ¿Cómo queréis que valore si sois naturales?
- No debería ser tan difícil. Sólo tienes que observarnos. Cuando alguno de nosotros deje de fingir, simplemente lo sabrás. Será obvio.
- ¿Cuándo acabaréis la apuesta?
- Depende de ti –respondió Ricardo con rapidez-. Yo me tengo que ir, así que acabemos esto.
- Creo que ya está todo dicho.
Volvieron a despedirse y se fueron siguiendo el curso del río. Estaba a punto de irme, cuando me giré y pregunté a gritos: “¿¡Cuál es el premio!?”.
- ¡La felicidad!
Volví a no entenderles.
Me quedé pensando en el tema de su discusión. Lo más seguro es que uno de los dos le hiciese una confesión al otro y, a partir de ahí, se descubriese la falsedad. Eso habría llevado a la pelea y, tras tanto discutir, llamándose de hipócrita el uno al otro, terminarían por creérselo. Ahora mismo no pienso que ninguno estuviese actuando. Eran como eran y fue un error suponer lo contrario.
Caminaba de vuelta a casa cuando Carmen apareció a mi lado. Me había estado siguiendo.
- Me pareció sospechoso –se excusó.
Preguntó sobre lo que había estado hablando con Iván. Sólo con Iván. Le hice un resumen de la conversación y el tema central de la apuesta. Tampoco creyó que Iván fuese hipócrita, aunque lo hubiese reconocido. Dijo que tenía un mal presentimiento y me ofrecí a acompañarla a casa. Vivía cerca de mí. Aceptó, aunque algo tímida.
Pidió que le contase todo lo posible sobre Iván. No sabía demasiado. Venía de un pueblo cercano y su familia era rica. El padre era militar y la madre daba clases de historia en la universidad. Le había conocido el año anterior. Nos habíamos encontrado mucho antes, pero esa era la primera vez que compartíamos clase. Iván subía muy alto el listón en los exámenes e incluso una vez nos costó un suspenso general por lo mucho que había subido la media. Aunque no se había ganado enemigos, pues al día siguiente repartió sus apuntes entre los de clase, con la intención de ayudar. Eran los apuntes más claros que había leído en mi vida. A muchos nos habían ayudado a aprobar aquella asignatura.
En mis primeras impresiones sobre Carmen, siempre me pareció vulgar, como una más. Se había enamorado de Iván igual que podía haberlo hecho de Ricardo. Era como el resto. A mí me gustaba, por el cuerpo que tenía, pero no encontraba en su interior nada más que me interesase. Antes de dejarla subir, traté de que quedásemos algún día a solas. Puso alguna excusa para no hacerlo y se despidió apresurada, sin mirar atrás.
Desde el mismo comienzo de su apuesta me di cuenta de que algo no iba bien. La noble propuesta de ser más sinceros con el mundo resultó ser más desagradable de lo esperado. La primera medida que ambos tomaron fue dejar de estudiar. Aunque la cultura que habían acumulado a lo largo de su vida les bastaba para seguir aprobando, era claro que las notas descendían cada vez más. Muchos profesores les llamaron a tutoría, tratando de descubrir qué era lo que les pasaba. No tuvieron inconveniente en decírselo. Gracias a eso consiguieron una cita obligatoria semanal con la psicóloga del centro.
- Tenéis que dejar la apuesta –dije a Ricardo-. No quiero ser responsable si acabáis repitiendo el curso.
- No puedes impedírnoslo. La apuesta es cosa nuestra, y tú sólo eres una pequeña parte de ella. Si estamos haciendo esto es por nosotros mismos. Nos hemos propuesto cambiar, descubrir quiénes somos en realidad y actuar en consecuencia con ello. Tener un rival y un juez no es más que un aliciente para conseguirlo.
- Pues no seré vuestro juez.
Ricardo se rió, y respondió condescendiente:
- No tienes alternativa, Raúl. Nosotros vamos a seguir adelante. Tarde o temprano acabarás por formarte una opinión sobre lo que estamos haciendo. Ni siquiera necesitamos que nos digas quién ha ganado. Bastará con que tú lo sepas.
Cuando me encontré con Iván, le propuse designar al ganador de inmediato, pero también lo rechazó.
- No tendría sentido que eligieses ya al ganador. La apuesta todavía no ha terminado. Apenas acaba de empezar.
En todo momento recibía noticias suyas. Aunque intentase escapar de ellos, su nuevo comportamiento estaba causando un gran revuelo. Era imposible no enterarse. Si me encontraban, solían pasar una media hora hablando conmigo, contándome cómo les iba todo.
Me di cuenta de que había cambiado su forma de hablar. Era menos culta, menos rebuscada: se les entendía mejor. Al principio pensaba que estaban haciendo esfuerzos por hablar así conmigo, pero pronto empezaron a hablar también de esa manera con los demás. Se notaba en cosas tan simples como decir “pelota” en vez de “esférico” cuando jugaban al fútbol, pero la gente les entendía mejor y trataba de acercarse más a ellos.
Ricardo respondía a este acercamiento, ganando aun más popularidad de la que tenía. Se había vuelto un cínico, pero un cínico sociable. Decía siempre la cruda verdad, de una forma tan descarada que acabó por ganarse algunos enemigos. No le molestó, ni intentó solucionarlo. Siguió por otro camino, que Iván seguía desde el principio: ignorarles.
Llegaron las vacaciones, pero tampoco entonces pude detener la apuesta. Insistieron en que les visitase. Empecé yendo a casa de Iván. Vivía en un edificio de dos plantas, con pinos y un columpio en el jardín. La fachada era totalmente blanca, con grandes ventanas por todas partes. Había una piscina cubierta en la parte trasera.
Cuando abrió, estaba totalmente desnudo.
- ¡Joder! ¡Ponte algo! –grité.
Iván se encogió de hombros y se fue, para regresar con un albornoz de terciopelo azul.
Sus padres estaban de viaje. Sacamos unas cervezas y nos sentamos a hablar en su habitación. Estaba todo destartalado, con restos de comida y latas vacías por todas partes. Sobre el ordenador había unos hilillos como de tela de araña o queso fundido. Apestaba a podrido. Las moscas aprovechaban la cochambre, agitando sus diminutas y repulsivas alas. Era difícil contener las arcadas.
Le pregunté en qué estaba gastando el tiempo y me respondió que en nada. Se tumbó en la cama, con las piernas abiertas, y me senté al otro lado, en el sillón. Tampoco estaba demasiado limpio; me manché de tomate. Se entretenía en comer, dormir y ver la televisión, aunque esto último lo hacía cada vez menos. “Creía que era divertido”, decía, “pero traté de ser un poco más sincero conmigo mismo, y descubrí que nada de aquello me interesaba. Intenté leer, pero me pasó lo mismo. Aún sigo haciendo algo de ejercicio, aunque no sé si llamarlo así. Subo y bajo las escaleras si siento que se me entumecen los músculos”.
- ¿No estudias nada?
- No –respondió.
Nada que le supusiese ejercicio mental. Se quedaba parado frente a la ventana durante horas, mirando al vacío y pensando en cualquier cosa. Me contó una complicada teoría metafísica que había desarrollado, según la cual se demostraba por lógica la inexistencia de cualquier entidad superior.
“Si existiese un algo con mucho poder”, explicó, “debería ser un algo muy grande, denso, o rápido, para que ese poder cupiese dentro de él. Con sólo que estuviese en alguna parte debería afectarnos muchísimo. Nos daríamos cuenta al instante porque nos atraería su gravedad, o nos vibraría todo, como cuando pasan los aviones. Así que, si algo en el universo tiene mucho poder y yo no lo noto, es porque no está en el universo, no existe y no puede afectarme de ninguna manera”.
Pronto entendí que estaba hablando conmigo porque se lo había propuesto. No le apetecía en absoluto conversar conmigo. Tomaba varios descansos a mitad de las frases y se hacía difícil seguirle. Pronunciaba cada palabra lentamente. Con desgana, pero también con seguridad. Era como si tuviese todo el tiempo del mundo, o el tiempo no le importase, o no le importase el mundo.
“Seguí pensando en aquello y vi que lo que había fuera del universo no me interesaba. Lo único que me interesaba era mi mundo, las cosas que me afectaban; y mi mundo no era un planeta, sino las cosas que me rodeaban. Sólo me importa lo que tengo aquí y ahora, lo que afecta a este aquí y ahora. Eso es lo que pasa. Todos... nosotros... lo cerca...”.
Se quedó dormido. La lata de cerveza rodó sobre el colchón, manchándolo de alcohol y ceniza. Era repugnante. Me dio grima despertarle, así que escapé de aquel lugar con sigilo. Si hubiese seguido allí, habría acabado por desmayarme con el hedor.
Iván se había convertido en un hedonista desenfrenado. La excusa de estar buscando su propia naturaleza le servía para satisfacer sin remordimientos sus apetencias más primarias, hasta llegar al mismo límite en que se ponía en entredicho su dignidad, y su misma humanidad.
La visita a Ricardo fue menos repelente, aunque no menos espantosa. Él tampoco se había duchado en meses, pero al menos estábamos al aire libre. Le había crecido el pelo y se estaba dejando barba. Íbamos camino de un jardín en la periferia. “Es mi cumpleaños”, me dijo con una media sonrisa. “¿Eres Capricornio?”. “No”, respondió. “Soy un Libra nacido en Capricornio”.
Llegamos a un descampado lleno de matorrales, invadido por los insectos. Había una furgoneta blanca aparcada en un pequeño claro. Desde la lejanía se escuchaba música psicodélica. Saludó extendiendo la palma de su mano hacia el frente y el resto hicieron una reverencia. Le llamaban Oshiras. Dejó que me presentase por mi cuenta. Eran dos hombres y una mujer. Tendrían alrededor de veinticinco años. Todos eran bajitos, llevaban símbolos en el cuerpo y tenían más pelo del que les correspondía. Tanto los hombres como la mujer.
- Me llamo Raflesa.
- Yo Raúl.
Sacaron un par de sillas de la furgoneta, varias mantas y unos cuantos trozos de madera. Utilizaron broza para encender una hoguera y nos sentamos alrededor. Uno de los hombres, Ahmín, quitó la música y empezó a tocar una pequeña armónica. Parecía absorto en su música. Dimas sacó una gran bolsa de marihuana y una pipa para fumarla. Oshiras trajo whisky, ron y cerveza. Se sentó en su manta con las piernas cruzadas y cerró los ojos. Raflesa vino a sentarse a mi lado. Me ofreció una botella.
Los rasgos de su cara eran suaves y redondeados. El pelo rizado le caía hasta la cintura. Tenía los ojos azules y la voz fresca y clara. Dijo que ese no era mi nombre, que “el poder de los jueces es distinto al de los reyes”. Le parecía que Raúl era “limitado en la trascendental grandeza que los tiempos me deparaban”. Debía de ser reemplazado para “transmitir al todo lo que es del todo”, “abrir las puertas del mundo al que perteneces” y “sellar el destino que te ha sido otorgado de forma que seas reconocido en la inmensidad”.
- Todo eso está muy bien, pero yo me llamo Raúl.
Raflesa se echó a reír. Tenía una mirada muy dulce. “Es posible que algún día lo comprendas todo”, dijo, “pero hasta entonces, para mí serás Eresh”. Oshiras abrió entonces los ojos y se convirtió en el centro de atención. Alargó su mano, agarró un tizón y lo colocó a su lado en tierra. Volvió a cerrar los ojos.
- Está meditando –dijo Raflesa-. No hay nada más difícil en este mundo que conocer los propios deseos. Requiere de una gran fuerza de voluntad. Tú eres parte de esa voluntad, Eresh. Tu existencia ayudará a que Oshiras entre en comunión con su naturaleza y alcance la última unión entre el ser, el sentir y el parecer.
Había pasado la mayor parte de la noche hablando con Raflesa. Ahmín y Dimas charlaban de vez en cuando, pero estaban absortos en sus cosas. Ella era la única que me inspiraba un poco de confianza. Habían conocido a Oshiras una mañana en un jardín de la ciudad. Él estaba tumbado observando el cielo. Les pareció interesante, así que le ofrecieron compañía.
- Si quieres, puedes acostarte con ella –intervino Dimas-. Los preservativos están en la furgoneta.
No me lo esperaba. Raflesa rió: “No me importaría”. “Quizá luego”, mi voz se quebraba. Agarré el whisky y tragué todo lo que aguantó mi garganta. Mientras tanto, Oshiras cogió el tizón y se pintó varias líneas en la cara. Todos le miramos. Se levantó y se acercó a Raflesa.
Ambos se dirigieron una mirada que no pude creer, y fueron hacia la furgoneta.
- Puedes venir cuando quieras –me dijo Raflesa.
“Yo iré a mirar”, apuntó Ahmín antes de seguirles. Dimas me ofreció su pipa, pero la rechacé. “¿Son pareja?”, pregunté. “Son libres”, responde. Intentó hablar un poco conmigo, aunque no le prestaba mucha atención:
- Anoche tuve un sueño –dijo-. Soñé una ciudad donde todo el mundo se llamaba igual. Sus habitantes, cuando hablaban, eran incapaces de distinguir si nombraban o comparaban, y defendían que era precisamente por eso por lo que eran tan diferentes entre sí. Fue una premonición, Eresh.
Sentí que estaba empezando a hacer demasiado frío en aquél campo. Cerré mi abrigo, aunque no mejoró mucho. “Creo que ya he visto suficiente aquí”. Empezaron a gemir y vi cómo Ahmín se bajaba los pantalones. Me levanté, aunque con esfuerzo. Estaba borracho.
- ¿Te vas ya? –preguntó Dimas incrédulo.
Asentí, le di las gracias y pedí que me despidiese de los demás. Tardé cerca de dos horas en regresar a mi casa, parando en cada esquina para vomitar. Aún recordaba la imagen de Ahmín, desnudo en invierno y masturbándose de pie, a la intemperie, mientras miraba fornicar a Oshiras con la mujer que había pasado toda la noche hablando conmigo.
Odié a Ricardo a partir de aquello. No recuerdo ninguna razón lógica, pues no me había hecho nada malo. Sé que le desprecié, a secas, que acumulé un rencor tan profundo y desconocido que me sentía incapaz siquiera de hablar. Abominaba el hecho de tener que volver a compartir el mismo aula, y recordaba su cara con un asco más nauseabundo que el que me provocó la casa de Iván. Deseaba su muerte. Salía de fiesta muchas noches para poder desembarazarme de ese sentimiento, pero no pude. Lo único que conseguí fue que Carmen me buscase al retomar las clases para decirme: “Creo que tienes un problema con el alcohol”.
Claro que sí. Ya lo sabía. Pero ése no era el mayor de mis problemas. Iván y Ricardo no aparecieron. Se supo que Iván había tratado de entrar a clase en calzoncillos y, al no dejarle, se los había quitado frente al bedel. Pasó toda la mañana en el despacho del director. Luego le enviaron a la psicóloga, pero no fue. Se quedó caminando alrededor del centro en ropa interior. Sus padres vinieron a recogerle y lo primero que le preguntaron fue: “¿Qué has hecho con tu ropa?”. Iván se encogió de hombros y respondió que la había quemado. “Olía mal”, dijo.
- ¡Qué héroe! ¡Todo un rebelde! –exclamó Carmen al enterarse.
Su padre se enfureció. Empezó a pegarle mientras le gritaba: “¡Tú sí que hueles mal! ¡Pedazo de escoria humana! ¡Basura!”. Nadie se atrevió a detenerle, ni siquiera cuando se lo llevó a rastras hasta el coche, cogiéndole del pelo. La madre no paraba de llorar. Pudimos oír aquel ruido desde clase. Lamento no haberlo reconocido en su momento. La paliza continuó cuando llegaron a casa. El padre empujó al hijo a su cama, arrojándole encima de todos los deshechos. Soltó puñetazos hasta resarcirse de “ese maricón insolente de mierda”. Cuando terminó, de la cara de Iván sólo era reconocible el pelo.
Tardó varias semanas en recuperarse. Ricardo apareció al día siguiente, más alegre de lo normal. Yo seguía sin soportarle. Evité encontrármelo de todas las formas posibles. Me envió una nota. La letra era ancha, clara y débil. Fea, pero legible: “Ahora eres más hipócrita que yo. Pude comprobarlo la otra noche. No eres capaz de hacer lo que quieres, ni de querer lo que te apetece”.
Nadie le había contado aún lo de Iván y no sé cómo reaccionó, pero al enterarse decidió que no había alcanzado aún su meta. Consideró que se estaba permitiendo demasiadas privaciones, así que abandonó las clases. Empezó a quedarse siempre en el patio, o en el exterior, paseando.
Cuando alguien le llamaba la atención, escapaba y se perdía por callejuelas. De vez en cuando le descubríamos con cerveza o bolsas de patatas. Era raro y nadie sabía qué hacer con él, pero aún no hacía daño a nadie. Lo bueno de aquella situación era que estaba vigilado por el resto de los alumnos, y eso me restaba preocupaciones. Siempre hay alguien mirando por la ventana. Olvidé el tema. Su mayor crímen fue hacer sus necesidades frente a la puerta principal; al parecer, tenía diarrea.
Ricardo estaba cada vez más seguro de haber conseguido lo que se proponía. Estaba siempre relajado, sobre su banco. Llamaba a sus amigos si le apetecía. Yo siempre ponía tierra de por medio. Las pocas veces que me lo encontré, vi desesperación en sus ojillos negros. Era un perro hambriento y orgulloso, que mantenía firme la posición mientras su amo engordaba. Se le veía feliz y contento cuando yo no estaba, pero estaba buscando algo en mí –aprobación, quizá- y no encontraba más que indiferencia y apatía.
Por momentos se hacía más grosero su comportamiento. Desde lejos me enteraba de sus fechorías, que parecían ya fruto del mal corazón y la vileza. Escupía e insultaba a la gente, con un lenguaje cada vez más burdo y cerril, que en nada se asemejaba ya a sus incomprensiblemente lúcidos razonamientos de octubre. Tentado estaba de cerrar yo mismo su boca, pero no era el más belicista del instituto. Muchos otros cruzaron sus puños con él.
- Ya no está tan en forma –dijo uno de ellos-, pero es peor que desayunar cucarachas. Cualquiera que le toca acaba en cama por enfermedad. A mí también me contagió. Escherichia Coli. Si no le pillan rápido, acabaremos todos con la lepra o algo así. ¿Por qué no hacen nada sus padres?
Iván se recuperó a finales de febrero. Tenia aún varios puntos en su cara. Estaba pálido y olía bien. Se había cortado el pelo. Llevaba puesto un traje azul y una corbata amarilla.
Aquella corbata era horrible. Era más pequeña de lo que debería, y más ancha. Tenía el color del huevo y un bordado plateado zigzagueante que la rodeaba. Había varios bastones negros, colocados en bajorrelieve simulando unas extrañas pinceladas. El tacto era acolchado y rugoso, y aún quedaba en ella la fragancia de un perfume delicadamente intenso y descarado, como de flor de almendro, que entraba directo a tu faringe, pegándose avaricioso en el lugar más molesto que encontrase. Pude fijarme bien en ella, examinarla entre mis manos. Era lo único que había dejado Iván allí, en el patio. Junto al cuerpo sin vida de Ricardo.
Nadie esperaba aquello. Dentro de que nadie pensase que siguiesen en sus cabales, nunca habían sido agresivos; ni antes ni después de la fiesta de bienvenida. No solían empezar las peleas, ni entre ellos ni con los demás. Parecían inofensivos, pues todas las normas que se saltaban eran inocentes. Después de todo, ¿a quién hacía daño que dejasen de estudiar? ¿A quién herían sus báquicas reuniones? ¿A quién habrían expulsado de la existencia por su agraz verborrea?
Sólo entonces empezaron a saberse cosas. Ricardo había abandonado su casa hacía tiempo. Había tenido una fuerte discusión con sus padres y los había abandonado. Renegaron de él y se quedó solo con su apuesta, hasta que llegaron Dimas, Ahmín y Raflesa, para animarle a que la siguiese.
Hubieron días de luto, funeral y molestos interrogatorios que no llevaban a nada. Sabíamos que había sido Iván, pero no sabíamos cómo ni por qué. Los testigos no conseguían ponerse de acuerdo: había demasiadas versiones distintas sobre el mismo hecho, y muchos fingían para integrarse. La opinión general era que la verdad sólo se sabría cuando le encontrasen. No pasó mucho tiempo.
Era el día del Carnaval. Había sido un día duro, con mucho trabajo. Al fin quedaba libre. Nadie quiso celebrar la fiesta después de lo que había pasado: habría sido de mal gusto. El resto de la ciudad no estuvo de acuerdo. La música y el colorido lo inundaban todo. Los desconocidos llevaban máscara. La fanfarria no me permitió escuchar los llantos hasta que no estuve frente al portal de mi casa. Carmen lloraba allí.
Gritó mi nombre y se abalanzó sobre mí. Me agarró del brazo, tirando en dirección contraria.
- Tienes que venir –decía- Es urgente. No puedo decir por qué. Me lo tienes que prometer por el camino. Tienes que hacer un juramento. Tú eres tu mismo testigo. Tú eres tu mismo juez. Tienes que jurarme por ti mismo que no vas a decir nada a nadie. Júrame que no le dirás nada a nadie de lo que pase hoy.
- ¿Qué ocurre? ¿Has encontrado a Iván?
- ¡Júrame! Tienes que jurarme tu silencio. Sólo así estarás a salvo. Por favor, dame tu palabra...
Resoplé y me detuve un instante. Me había alejado mucho de casa sin apenas darme cuenta. Caí en la cuenta de que no había visto a Carmen desde la muerte de Ricardo. Estaba más guapa, no sabría decir por qué. Su pelo estaba más rizado, salvaje. Ardía con el atardecer. Aquella mirada cristalina era un cúmulo de súplicas desesperadas. Acepté, aunque algo inseguro. Pronuncié solemnemente:
- Juro por mí y por todo aquello en lo que creo, que jamás contaré una palabra a nadie de lo que puedas decirme o mostrarme hoy y en lo que queda de día.
Sonrió. No tardó en volver a tirar de mi brazo. Al parecer, estaba lejos. Ibamos a campo traviesa, siguiendo el curso de una vía de tren abandonada.
- He encontrado a Iván –explicaba- y no me he separado de él esta semana. Tenía que cuidarle. Ha pasado mucho tiempo solo. Me dijo que quería verte y tuve que salir a buscarte, pero no podía traerte si no jurabas guardar silencio. Ningún policía puede obligarte a romper un juramento. Al menos, ningún policía honrado. Así estamos todos a salvo. Tenemos cosas más importantes en las que pensar. Está muy enfermo. Creo que quiere que le ayudes.
- Nunca he dicho que le fuese a ayudar. Es un asesino.
- Era necesario que lo fuese. Todo lo que hace Iván es necesario. Ha conseguido algo maravilloso. Se ha descubierto a sí mismo. Ha conseguido llegar a ser quien realmente es. Ya nada le limita. Precisamente por eso es tan digno de admiración. Sólo con verle, uno ya lo nota. Nada le preocupa, nada le influye. Es quien es, y ya está. Sólo hace lo que tiene que hacerse. No le mueven las ideas ni los sentimientos; ahora es libre, absolutamente libre.
- ¿Por qué mató a Ricardo?
- No lo sé. Él tampoco lo sabe. No le importa saberlo y creo que tampoco lo necesita. Lo hizo porque lo hizo. Consumó tu silente deprecación. Tú también deseabas que muriese. Estoy segura de que Iván acabará por convertirse en un dios. Unirá lo divino y lo humano, extinguirá el pecado y nos mostrará el camino a la felicidad que él disfruta. Deberías ver su sonrisa. Transmite una paz sobrenatural, que no puede ser lograda por ningún método tradicional. La plegaria, la abstinencia y la meditación no dan tan buen resultado, ¡y menos en tan poco tiempo! Es una existencia singular, que oscila más allá de los límites de su inmanencia, invadiendo y devorando la esencia que le autodefine. Rediseña pleonásticamente su raciocinio, sobreexponiendo argumentos ilimitados, previamente metamorfoseados mediante el ejercicio representativo de la idealización abstracta, ante las concretas predisposiciones de su entorno y su organismo.
- Si sigues hablando así –dije-, tendré que volver a casa a traerme un diccionario.
- ¿Crees en el destino? –interrumpió.
- No lo sé.
- “No lo sé” es un punto peligroso. Cuando no sabes, eso sólo conduce a dos cosas: creer y saber. Si crees algo, te acabará pareciendo que lo sabes, y si lo sabes, al resto le parecerá que lo crees. Ignorarlo es diferente a no saberlo, porque jamás serás consciente de ningúno de los posibles significados que tomará la respuesta ni comprenderás razón alguna, fundamentada o no, que los pueda defender. Hay una posición mejor, que te permite creer sin engañarte y saber sin engañar: ser natural. Cuando tu interior es puro como el de Iván y está habitado sólo por ti mismo, eres capaz de escapar al destino, crear de la nada y competir con el universo de igual a igual.
- ¿Quieres decir que Iván hace milagros?
- No transforma nada externo, pero transforma todo lo interno. Cambia todo lo que tiene dentro. No necesita comer, ni beber, ni dormir. Sólo le tortura su enfermedad.
- No me creo nada de eso. Tiene que dormir.
Carmen paró en seco y me miró a los ojos. Ahora estaba seria.
- Ya hemos llegado –dijo-. ¿Has visto alguna vez un biángulo?
- ¿Cómo?
- Un polígono con dos lados y dos vértices. Como un triángulo, solo que con dos en vez de tres.
- Eso es imposible. No existe.
Dibujó dos líneas rectas en el suelo, ambas en el mismo lugar.
- Yo sólo veo una línea –dije.
- Pero hay dos líneas. Yo he dibujado dos líneas y dos vértices, y está cerrado. Es un biangulo, aunque no puedas verlo. Nunca vuelvas a decir que algo no existe sólo porque no lo hayas visto. Tampoco importa lo que te hayan enseñado. No hay ningún límite entre lo posible y lo imposible.
Sin darme tiempo a replicar, dio la vuelta y bajó una pequeña cuesta. Escuché el ruido de una puerta que se abría y cerraba con violencia. Al acercarme pude ver una pequeña casa abandonada, medio derruida por el tiempo. La puerta era de madera, apenas sujeta por uno de sus goznes. La pintura se había desconchado y deteriorado, desterrando toda pretensión de descubrir el color original de aquellas paredes. Faltaba parte del techo y el interior estaba lleno de escombros y suciedad.
Aunque estabamos al aire libre, rodeados de árboles y maleza, el ambiente estaba muy cargado; aquel hedor era denso y húmedo, como un invernadero. Iván tenía la cara roja y llena de sudor. Le tapaban varias mantas. Estaba apoyado en un rincón, sobre trozos desprendidos de cemento. Carmen, a su lado, limpiaba su frente. La luz caía sobre él como una lluvia dorada.
- Necesito que me expliques un par de cosas –dije.
Tosia y tiritaba. Su voz era bronca, casi afónica.
- Lo he conseguido.
- Lo sé –respondí-. Te has comportado como has querido, convirtiéndote en un cerdo desagradable e inmoral. Has olvidado el cuidado de la salud, para regocijarte con un apetito ilimitado; y aún así no has quedado lo bastante satisfecho: has seguido perdiendo esa personalidad que el mundo te había dado, y que te hacía original y rico en profundidades y matices. Olvidaste la moda y las convenciones sociales exponiendo tu cuerpo desnudo ante el frío y la suciedad que te rodeaban, despreciando e ignorando a tus semejantes, para acabar aislado y enjaulado como una bestia en las hirientes manos de tu propio padre. Te has esforzado tanto por librarte de sentimientos y prejuicios que la vida ha dejado de importarte. Has triunfado, has conseguido ser tú mismo, aunque hayas dejado de ser humano.
- Lo he conseguido –repitió.
A pesar de su debilidad, Iván sonreía. Carmen tenía razón. La expresión de su cara reflejaba una felicidad extática. Su boca se entrabría, extendiéndose hacia los lados, dejando vislumbrar parte de unos dientes amarillentos y alineados. Ninguno de sus músculos estaba en tensión. Todo aquel cuerpo mostraba una paz sobrehumana, difícil de asimilar en un monstruo como él. Mi seguridad se derrumbó mientras hablaba. Perdía la confianza en lo que estaba diciendo y, sin embargo, mi discurso continuaba, independiente de mí, con una firmeza que me sorprendía y aterraba.
- Has dejado de ser hipócrita porque has dejado de ser. Tú mismo eras aquella falsedad de la que renegaste. La apuesta no ha hecho más que dejarte vacío, despojarte de toda capacidad de sentir y padecer. Puede que hayas ganado esa asquerosa apuesta, pero con ella te has cerrado por completo el camino a la recompensa que esperabas. Ya nunca serás feliz. Ya nunca serás nada. Nada te une a la especie humana. Has retrocedido más allá de las bestias y puede que de los vegetales. Te has convertido en algo parecido a una roca andante.
Carmen me miraba de rodillas junto a Iván. Ambas caras tenían un contraste infinito. Sus ojos estaban atónitos. No estaba diciendo lo que esperaba oír. Sin duda, ella tenía mucha más humanidad, aunque sólo fuese por estar mostrando interés a lo que decía. La pasividad de Iván me obligaba a dirigirme a ella ahora: ningún sentido tenía dialogar con una roca. Ni siquiera aunque fuese una roca feliz.
- Lo mejor que puedes hacer ahora es entregarle. En su estado, no durará mucho. Necesita antibióticos y tratamiento médico. Merecerá la pena, aunque acabe en la cárcel. Dejarle aquí es condenarle a muerte. Convéncele de que la apuesta ha terminado. Haz lo que puedas para que vuelva a la normalidad.
Carmen buscaba palabras para responder, pero ya no lo soporté más. Iván parecía cada vez más feliz. Su sonrisa aumentaba sin esfuerzo, cada vez un poco más. Imaginaba que en cualquier momento su cara se partiría en dos. Volví sobre mis pasos y escapé. Tras un rato, Carmen reaccionó y trató de seguirme, pero no dejé que me alcanzase.
Regresé a paso rápido, corriendo a ratos y con las lágrimas saltando de mis ojos. Perdido en el campo, sin nadie en los alrededores, aproveché para descargar un largo grito visceral. Aquel bramido lo inundó todo por unos segundos y pude dejar de pensar. El ruido me protegía de mis propias ideas. Dejó de importarme el tiempo, dejó de importarme el mundo, y aquello... aquello me hizo feliz.
No supe más de ellos durante el resto del curso. No volví a acercarme a aquella casa. Pasó mucho tiempo antes de que me interesase por su paradero. En clase, nadie sabía nada. Parecía como si se les hubiese tragado la tierra. Al llegar el verano, empecé a investigar en los periódicos, buscando inútilmente alguna noticia o esquela. No encontré ninguna pista hasta finales de agosto, y dudo que se refiriese a ellos.
Conocí a un tipo en una playa, a través de mis viejos amigos. Se llamaba Carlos. Nos contó que unos meses antes, caída la noche, había visto a una chica joven y pelirroja, que corría al hospital llevando en brazos a un hombre inconsciente. Debía pesar el doble que ella. Se ofreció para ayudarla, pero ésta le ignoró y siguió su camino.
Al llegar al hospital, la chica desfalleció y el hombre cayó rodando por el suelo. Unos cuantos enfermeros salieron a ayudarlos. Echaron agua a ambos, intentando que recuperasen la consciencia. Empezaron por la chica, hasta que reaccionó un poco. Estaba exhausta y apenas se podía mover. Sólo entonces notaron que el chico no reaccionaba y vieron que estaba muerto.
La chica tardó una hora en reponerse. Intentaron preguntarle quién era y de dónde venía, pero sólo le interesaba saber cómo estaba su amigo. Cuando le dijeron que había muerto, tuvo un ataque de nervios, se puso histérica y empezó a correr medio desnuda por el hospital, sollozando. No hubo forma de calmarla. Empezó a golpearse contra el suelo y las paredes gritando que se quería morir. Tuvieron que atarla, pero tampoco consiguieron nada. La destinaron al departamento de psiquiatría donde, tras sedarla, comprobaron que persistía en sus intentos de suicidio. Más tarde, llegó la policía. Tomaron fotos y trataron de hablar con ella, obteniendo el mismo resultado que los médicos. Decidieron ingresarla en un manicomio, para tenerla controlada mientras buscaban a su familia.
Carlos no recordaba qué nombres habían dicho y su descripción de aquella pareja era bastante vaga, pero hay muy pocas posibilidades de que fuesen otros. Yo, por lo menos, prefiero creerlo así. La alternativa es que sigan perdidos por el campo, despreciando al resto de los seres humanos. Vivos y capaces de matar. Me resulta más agradable pensar que Carmen está en un manicomio e Iván en una fosa común.
Iván y Ricardo me enseñaron una importante lección, aunque no puedo decir que les esté agradecido. Creo que fue David quien me dijo que “los seres humanos, al nacer, somos como una pizarra en blanco. Todo lo que nos va pasando sirve para ir escribiendo en ella, haciendo que seamos como somos”. En aquel momento, se estaba refiriendo a los prejuicios. Nunca imaginé que nuestros sentimientos también formasen parte de la tiza de aquella pizarra. Más bien deberían haber sido la misma pizarra.
Todavía me cuesta aceptar que, con esfuerzo, podamos llegar a borrarlos por completo.
FIN
20 de diciembre de 2007
Ponentes del UCAM Media Lab '07: Sesión Matinal
Pepe Cervera
José Manuel Noguera le presentó como redactor general de 20 minutos, creador del primer blog español con copyleft y responsable de la escuela de Periodismo Digital de 20 minutos.
El periodismo está “enfermo de muerte”. No hay profesionales con formación específica en Internet y carecemos de ningún modelo establecido. No hay ninguna doctrina. En la escuela de Periodismo Digital se han visto obligados a improvisar sobre la marcha. De 140 candidatos, han seleccionado a 30. Su método de enseñanza consiste en el seguimiento de un blog.
El viejo esquema de buscar información, escribirla y venderla funcionaba porque la poca información que había era propiedad de los medios. Se buscaba la velocidad en la información aun a costa de que la noticia perdiese interés. El periodista sigue dentro de ese esquema, y participa por necesidades económicas, pero el exceso de información disponible hace que la calidad sea ahora más importante que la actualidad, y que el producto pierda su valor.
Tras la aparición de la fotografía, se rompió con el modelo de negocio de los pintores, quienes tuvieron que abandonar la pintura realista y dedicarse a la pintura abstracta. Los periodistas estamos viviendo una situación parecida. Tiene que haber un cambio, y hay que empezarlo en la mentalidad de los periodistas. Ya no se trata de producir muchas noticias, sino de explicarlas mejor. Tenemos que redefinir el concepto de noticia y aprender nuevas técnicas de validación, análisis y contextualización.
Los nuevos medios nos permiten recuperar el control de la agenda, decidir lo que es importante para el público. Ya se está acuñando el término de “exclusiva conceptual”. Podemos hacer otro tipo de periodismo, el periodismo abstracto, en el que no controlamos la información y el juicio del usuario. Tenemos que fomentar la interactividad con los lectores: no basta con permitir los comentarios.
Hay que estar más locos, probar cosas nuevas, tener ideas originales e iniciativa para llevarlas a cabo. En Internet todo es nuevo, y hay que experimentar todo lo posible, porque sólo así se abre camino. Esperemos que Soitu se anime.
Pepe Cervera en el UCAM Media Lab:
Pepe Cervera hablando sobre la Escuela de Periodismo Digital:
Karma Peiró
Responsable de la sección de participación ciudadana en la página web de La Vanguardia
El nuevo diseño de la web ha conseguido aumentar las colaboraciones eliminando la necesidad de un registro previo –requería datos personales- que actuaba como cortapisas. Están experimentando y aumentando la relación entre la edición digital y la edición en papel. El aumento en el número de comentarios les permite conocer a sus lectores y comunicarse directamente con ellos a través de Skype o secciones especiales. Los comentarios dan lugar a nuevas noticias, incluso sobre los mismos comentarios en forma de estadística.
Contratan sus blogs directamente desde Internet. Hacen un seguimiento de comentarios para buscar nuevas noticias. Aceptan colaboraciones y eligen lectores del mes. Apadrinan foros. Con esto buscan crear comunidad. Ella lo llama “sinergías mágicas con los lectores”.
Habló después de los problemas derivados de ese sistema, cuando los lectores denuncian a otros lectores. Hay asesores y moderadores de lectores. La tecnología permite denunciar a cualquier persona. ¿Cómo se comprueba una imagen? Hay que retomar el debate ético.
El lector marca la actualidad. En Internet deja de ser todo inmediato. Hay que ser responsables a la hora de publicar datos personales. No se pueden controlar tantos comentarios.
Karma Peiró en el UCAM Media Lab:
Pedro Jareño
Responsable de Minube.com
Minube es, además de una web de viajes con un buscador de vuelos y hoteles baratos, una red social donde la gente comparte sus experiencias sobre viajes.
Trató el tema de la comunicación empresarial en la web 2.0 (“Posicionar bien tu página es importante para que te encuentren cuando te busquen por Google”) y la importancia de la conversación con el cliente. En los blogs se concentran muchos líderes de opinión. Consiguen publicidad gratuita a través de bloggers gracias a sus relaciones públicas.
Tratan de mostrarse en la web como son en realidad, para hacer la comunicación fresca, dinámica, y entretetenida. Gracias a esto la comunicación es efectiva. En la web hay un blog corporativo, un podcast y el concurso “Captura tu nube” en Flickr. También están en Twitter. Fueron a SIMO con una beta de su web, y dejaron testearla a 180 usuarios. Hacen regalos constantemente.
La personalización es absoluta. Parece como si los e-mails de la empresa hubiesen sido escritos específicamente para ti. A los clientes se les llama "trotamundos" en vez de usuarios.
Pedro Jareño en el UCAM Media Lab:
Nacho López de Sá
Director de la versión digital del periódico La Verdad
Define el perfil del licenciado en periodismo del futuro fijándose en el suyo propio. El periodista debe ser: licenciado, nativo digital, y con conocimientos de diseño web, gestores de contenidos y Google. Defendió Joomla como gestor de contenidos de laverdad.es.
Niveles de integración del papel a la edición online: referencia al dominio, referencia a contenidos, contenidos online como fuente.
José Manuel Noguera le presentó como redactor general de 20 minutos, creador del primer blog español con copyleft y responsable de la escuela de Periodismo Digital de 20 minutos.
El periodismo está “enfermo de muerte”. No hay profesionales con formación específica en Internet y carecemos de ningún modelo establecido. No hay ninguna doctrina. En la escuela de Periodismo Digital se han visto obligados a improvisar sobre la marcha. De 140 candidatos, han seleccionado a 30. Su método de enseñanza consiste en el seguimiento de un blog.
El viejo esquema de buscar información, escribirla y venderla funcionaba porque la poca información que había era propiedad de los medios. Se buscaba la velocidad en la información aun a costa de que la noticia perdiese interés. El periodista sigue dentro de ese esquema, y participa por necesidades económicas, pero el exceso de información disponible hace que la calidad sea ahora más importante que la actualidad, y que el producto pierda su valor.
Tras la aparición de la fotografía, se rompió con el modelo de negocio de los pintores, quienes tuvieron que abandonar la pintura realista y dedicarse a la pintura abstracta. Los periodistas estamos viviendo una situación parecida. Tiene que haber un cambio, y hay que empezarlo en la mentalidad de los periodistas. Ya no se trata de producir muchas noticias, sino de explicarlas mejor. Tenemos que redefinir el concepto de noticia y aprender nuevas técnicas de validación, análisis y contextualización.
Los nuevos medios nos permiten recuperar el control de la agenda, decidir lo que es importante para el público. Ya se está acuñando el término de “exclusiva conceptual”. Podemos hacer otro tipo de periodismo, el periodismo abstracto, en el que no controlamos la información y el juicio del usuario. Tenemos que fomentar la interactividad con los lectores: no basta con permitir los comentarios.
Hay que estar más locos, probar cosas nuevas, tener ideas originales e iniciativa para llevarlas a cabo. En Internet todo es nuevo, y hay que experimentar todo lo posible, porque sólo así se abre camino. Esperemos que Soitu se anime.
Pepe Cervera en el UCAM Media Lab:
Pepe Cervera hablando sobre la Escuela de Periodismo Digital:
Karma Peiró
Responsable de la sección de participación ciudadana en la página web de La Vanguardia
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Contratan sus blogs directamente desde Internet. Hacen un seguimiento de comentarios para buscar nuevas noticias. Aceptan colaboraciones y eligen lectores del mes. Apadrinan foros. Con esto buscan crear comunidad. Ella lo llama “sinergías mágicas con los lectores”.
Habló después de los problemas derivados de ese sistema, cuando los lectores denuncian a otros lectores. Hay asesores y moderadores de lectores. La tecnología permite denunciar a cualquier persona. ¿Cómo se comprueba una imagen? Hay que retomar el debate ético.
El lector marca la actualidad. En Internet deja de ser todo inmediato. Hay que ser responsables a la hora de publicar datos personales. No se pueden controlar tantos comentarios.
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Tratan de mostrarse en la web como son en realidad, para hacer la comunicación fresca, dinámica, y entretetenida. Gracias a esto la comunicación es efectiva. En la web hay un blog corporativo, un podcast y el concurso “Captura tu nube” en Flickr. También están en Twitter. Fueron a SIMO con una beta de su web, y dejaron testearla a 180 usuarios. Hacen regalos constantemente.
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14 de diciembre de 2007
UCAM Media Lab '07

UCAM Media Lab ’07 fue una jornada de conferencias sobre el futuro de los periodistas. El evento empezó a las diez de la mañana. Arturo Merayo, decano de la facultad de comunicación, hizo una breve introducción, en la que señaló el tema alrededor del que giraba la jornada: “¿Qué periodistas necesitaremos en 2015?”.
Aquí está la foto de familia que nos echó Victoriano Izquierdo al terminar:

Los ponentes de la sesión matinal fueron Pepe Cervera, Karma Peiró, Pedro Jareño y Nacho López de Sá.
Los ponentes de la sesión de tarde fueron Óscar Espiritusanto, Antonio Delgado y José Ángel Gelado.
Terminaron con una mesa redonda en la que participaron José Manuel Noguera, Victoriano Izquierdo, Rebeca de las Heras, María Hernández Avilés, Amelia Pomares y Sergio Perez Conde, quien envió un vídeo al no poder presentarse físicamente.
Enlaces:
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10 de diciembre de 2007
Decálogo de la Mala Crítica
Gracias a Rafael Reig he encontrado hoy este magnífico decálogo del escritor Jorge Barón Biza ("El desierto y su semilla", "El Indiferente", "Papiroflexia"). En él se exponen diez normas que conviene seguir para convertirse en un mal crítico literario.
DECÁLOGO DE LA MALA CRÍTICA de Jorge Barón BizaPor lo general, el único punto con el que estoy en desacuerdo es el primero, y trato de alejarme lo más posible de los nueve restantes.
1. De un libro sólo se habla para explicarle al autor cómo debiera haberlo escrito. Privilegiar siempre lo negativo.
2. La crítica es el espacio ideal para ajustar cuentas con ese otro crítico al que invitaron al congreso en Acapulco en vez de invitarme a mí. Los escritores son piezas de ajedrez en ese juego. Los escritores de mi rival son una porquería; los míos, unos genios. Cualquier encono o teoría literaria o política sirve para dividir la literatura argentina.
3. No informar nunca al lector. Aburrirlo siempre. No analizar nada.
4. Los cheques se leen, los libros se hojean. No caer en el error de creer que un libro puede portar ideas y expresar tendencias. No descubrirlas, no sintetizarlas, no comunicarlas.
5. Publicar recensiones incomprensiblemente memorables. Si alguien se acuerda del libro que quiero reseñar, es problema de él. Yo me acuerdo de Susana Giménez gritando ?shock?; la marca de jabón qué me importa. (Y lavarme, menos.)
6. Dejar siempre en el tintero estupideces como a qué género pertenece el libro, qué calidad tiene, a qué público se dirige, y si es o no aburrido.
7. No hacer crítica si se pueden hacer entrevistas, pastillitas con chimentos, contar cuál es el vicio del escritor o publicar alguna foto.
8. No olvidar que siempre el chiste triunfa sobre la verdad, que todo puede ser dicho con conventillera malignidad.
9. La imparcialidad es la mejor excusa para no decir nada. La neutralidad será el disfraz de tu nulidad.
10. Aceptar todas las invitaciones de las grandes editoriales porque este rebusque de crítico me sirve sólo hasta que publique mi libro. Entonces, van a ver esos escritores pelandrunes lo que es literatura en serio.
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