28 de enero de 2008

FRAGMENTOS: "El Hombre que fue Jueves", de Gilbert Keith Chesterton

Gilbert Keith Chesterton fue un escritor inglés aficionado a las paradojas, que encontró en el catolicismo la solución a la generalizada angustia vital que surgió tras la Primera Guerra Mundial. Fue bautizado en una iglesia anglicana, en su juventud fue ateo, y luego agnóstico militante. Tras su matrimonio con Frances Blogg, volvió a acercarse al cristianismo, para terminar apoyando el catolicismo romano en 1922: "Sólo la Iglesia Católica puede salvar al hombre ante la destructora y humillante esclavitud de ser hijo de su tiempo".

Ha escrito, entre otras obras, las "Historias del padre Brown" y "El hombre eterno". "El hombre que fue Jueves" es una novela policíaca con grandes tintes metáfisicos. El culpable nunca existe: sólo se trata de dos fuerzas, el orden y el caos, que luchan en una eterna batalla universal. En el fragmento que incluyo, dos personajes debaten sobre en qué facción ha de encontrarse la poesía:

Gregory prosiguió en su tono grandilocuente:
- El artista es uno con el
anarquista; son términos intercambiables. El anarquista es un artista. Artista es el que lanza una bomba, porque todo lo sacrifica a un supremo instante; para él es más un relámpago deslumbrador, el estruendo de una detonación perfecta, que los vulgares cuerpos de unos cuantos policías sin contorno definido. El artista niega todo gobierno, acaba con toda convención. Sólo el desorden place al poeta. De otra suerte, la cosa más poética del mundo sería nuestro tranvía subterráneo.
- Y así es, en efecto –replicó Mr. Syme.
- ¡Qué absurdo! –exclamó Gregory, que era muy razonable cuando los demás arriesgaban una paradoja en su presencia-. Vamos a ver: ¿por qué tienen ese aspecto de tristeza y cansancio todos los empleados del subterráneo? Pues porque saben que el tranvía anda bien; que no puede menos de llevarlos al sitio para el que han comprado billete; que después de Sloane Square tienen que llegar a la estación de Victoria y no a otra. Pero ¡oh, rapto indescriptible, ojos fulgurantes como estrellas, almas reintegradas en las alegrías del Edén, si la próxima estación resultara ser Baker Street!
- ¡Usted sí que es poco poético! –dijo a esto el poeta Syme-. Y si es verdad lo que usted nos cuenta de los viajeros del subterráneo, serán tan prosaicos como usted y su poesía. Lo raro y hermoso es tocar la meta; lo fácil y vulgar es fallar. Nos parece cosa de epopeya que el flechero alcance desde lejos a un ave con su dardo salvaje, ¿y no habría de parecérnoslo que el hombre le acierte desde lejos a una estación con una máquina salvaje? El caos es imbécil, por lo mismo que allí el tren puede ir igualmente a Baker Street o a Bagdad. Pero el hombre es un verdadero mago, y toda su magia consiste en que dice el hombre: "¡Sea Victoria!", y hela que aparece. Guárdese usted sus libracos en verso y prosa, y a mí déjeme llorar lágrimas de orgullo ante un horario de ferrocarril. Guárdese usted su Byron, que conmemora las derrotas del hombre, y déme a mí en cambio el Bradshaw, ¿entiende usted? El horario Bradshaw, que conmemora las victorias del hombre. ¡Venga el horario!

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