Aunque ya había amanecido, ella seguía durmiendo. La luz se deslizaba entre las rendijas de la persiana, dibujando pequeños topos de luz en su espalda. Raúl sabía que ella estaba desnuda, que Laura se había acostado desnuda, y que él no debería estar allí. Sentado junto a su cama, contemplándola en silencio, mientras el tiempo se convertía en el infinito.Bajando la cabeza hasta su cuello, aspiró el perfume. Olía a ron, a noche sudorosa, a pétalos de jazmín y a sal marina. Estaba muy quieta, relajada, con su boca entreabierta. Raúl se acercó, la miró, la rozó, la tocó y la besó. “Nunca antes había sido tan feliz”, se dijo, “y ella ni siquiera lo sabrá. Ojalá existiera un mundo donde poder decírselo sin causarle más problemas".
Laura se movió, y Raúl sintió un escalofrío. Por suerte, sus pestañas siguieron cerradas. “¡Ya está bien!”, se gritó, “¡Suficiente por hoy! ¡Largo!”; y con cuidado de no hacer ruido, se levantó dirigiéndose a la puerta de la habitación. “Si se despierta ahora, la habré hecho buena”. Ella le observaba con un ojo entreabierto.
Detenido en el umbral, Raúl no pudo evitar darse la vuelta una última vez. Laura se fingió dormida. Un rápido vistazo despediría aquél momento. Era necesario. La mirada de cariño y ternura a los ojos cerrados de Laura, cuya belleza le inspiraba a vivir. La mirada de odio y rabia hacia la desnudez de Juan, cuyo cuerpo siempre dormiría con ella, sin saber jamás el significado de velar a quien amas.
Corto pero intenso. Me gusta.
ResponderSuprimirme ha gustado muchisimo esa forma de describir la habitacion y los ocupantes..es un relato precioso y exquisito, me ha encantado.
ResponderSuprimirGracias por la crítica ;)
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