Voy paseando por un viejo callejón de la ciudad donde siempre he vivido, Madrid, pensando en mis cosas…comenzó no hace mucho el nuevo año, 1930, pero todo me va igual de mal que el año anterior. Esa zorra me la ha vuelto a jugar. Ella y toda esta gente. Estoy seguro de que si no supieran que sé todo lo que sé, de un momento a otro vendría cualquier rata a apuñalarme por la espalda. Falsos, hipócritas… Menos mal que aún me quedan amigos…Nietzsche, Wittgenstein, Foucault…vosotros nunca me fallaréis…
¡Sap! ¡Zap! ¡Jajaja!...Golpeo las suelas de mis zapatos contra el pavimento mojado. Me encanta ese sonido pero resbalo y caigo de bruces al suelo. Mi nariz empieza a sangrar. … Los transeúntes se quedan perplejos observándome…algunos ya me conocen y se echan a reír. Creen que estoy loco pero no se dan cuenta del mundo de hipocresía en el que viven enjaulados.
Maldita hechicera…Has grabado a fuego en mi mente el aroma de tu perfume, Rosa, y ahora me quieres abandonar. Me abstrae tu blanca sonrisa, imagino tu generoso pecho al desnudo, mi lengua recorriendo cada ápice de tu cuerpo, tus largas piernas mientras follamos enérgicamente…aunque ahora estás despachando a gente en la panadería y te empiezas a insinuar a ese joven barbilampiño.
Tú y toda esa gente estáis equivocados. Es una pena. Te liberaré de esta absurda prisión que es la sociedad, cariño mío. Iremos a un lugar donde el mundo no nos pueda ver; donde estemos tú y yo solos y entonces veras como es la cruda realidad. Yo mismo entraré ahora mismo en la tienda, sacaré el cuchillo y te rebanaré el cuello. Primero tu y luego yo. No hay más que hablar. Sabes que te quiero y siempre te querré.
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