Observó su cuerpo y no pudo encontrar un sólo lugar que no estuviese cubierto de sangre. La habitación se extendía a su alrededor como si fuese el interior de una gigantesca catedral. Mucha luz, demasiada luz. Ninguno de los objetos que le rodeaban estaba carente de color. El reloj amarillo, los libros naranjas, el suéter rosa, las sillas violetas, las cortinas verdes y el cielo en espirales blancas sobre un azul pastel. Azul como el filo metalizado del cuchillo que sostenía, sobre el charco granate que se extendía por debajo de aquel cadáver descuartizado. Se dijo:- Por mucho que sueñes que puedes querer y necesitar a una persona, por mucho que creas que es imprescindible y que, sin ella, tu único camino se convertirá en un deprimente sendero por el que sólo te podrás arrastras compadeciéndote de lo insulsa que es tu vida; por mucho que notes tu corazón latir excitado con cada recuerdo suyo, con cada fragancia familiar, con cada sonido que se asemeje en lo más mínimo a la voz que te arropaba cada noche cuando dormíais abrazados; por mucho que la ames, cuando el reguero de su sangre avance impasible ante ti, te apartarás para no manchar tus coloridos zapatos.
El mundo resplandecía con un fulgor alegre. Los tulipanes danzan junto a las gigantescas ventanas, con el color de un pan crujiente y recién hecho. Azul, blanco, amarillo, verde, rojo, azul. Dio varios pasos atrás. Rojo, marrón, verde, amarillo, azul, blanco y otra vez, rojo. Se arrodilló junto a ella. Sus ojos seguían verdes y abiertos, clavados en el infinito, húmedos y cristalinos pese al calor. No quería mirarle la boca. No quería mirar esa expresión.
- Por mucho que ames a alguien, por mucho que pienses que vas a morir si la pierdes, su cadáver sólo te hará pensar en salvar tu propio pellejo.
Tapó los oídos con sus manos mojadas y apretó su mente, con los ojos inundados de color. Granate, granate, blanco, verde y granate. Pensó en lo que pensaba mientras pensaba en qué sentía, y no le gustó, porque no sentía lo que sentía que debería sentir, así que se rebeló contra sí mismo, para ser hasta el final lo que siempre había pensado que era pero nunca había sido, porque no quería lo que quería. Decidió quedarse quieto. Decidió no huir. Permanecer inmerso entre tantas luces y colores. Dejarse llevar.
Duele. Granate, marrón, amarillo, verde, azul, blanco, rojo… y negro.
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