La vida no es justa. Muy pocos pueden entenderlo. Me hace gracia la gente que dice que el mundo pone siempre a cada uno en su sitio. Pues aquí estoy yo. Soy un cabrón hijo de la gran puta y siempre lo he sido, y aquí me tienes con un cochazo que vale millones y acompañado por un par de guiris despampanantes. A punto de morir, igual que ellas.
El sitio que todos los seres humanos merecemos es el cementerio. Sólo así la frase cobra sentido. Un camión se cruza en mi camino, y el volantazo nos lanza fuera de la carretera, a caer por un barranco.
El amasijo de metales y cables en que se está convirtiendo el vehículo empieza a atravesarme las piernas. Un trozo de vidrio sale disparado desde la ventana derecha y atraviesa mi garganta. Lo disfruto. Sangre a borbotones.
Sangre a borbotones. Es buen momento para pensar en chistes. Como aquél que me contaron cuando era pequeño y estaba junto al lago. Sam. Iba sobre un tipo muy deprimido que visitaba al médico. El médico le decía que se fuese a ver la actuación de un payaso que acababa de llegar a la ciudad. El paciente se echaba a llorar diciendo: “¡Pero yo soy ese payaso!”. Muy triste.
El payaso, tras recomponerse, realizó una de las mejores actuaciones de su vida. Se convirtió en una de las mejores, precisamente, porque contó esta misma anécdota, de la misma forma que me la estaba contando Sam en aquellas vacaciones que pasé junto al lago.
Sam era un chaval alto y travieso, que daba un poco de miedo. Me sacaba tres palmos de altura, así que pensé que lo mejor era tenerle como amigo. Era el tipo de crío que siempre andaba molestando a los demás.
Su padre solía llevarnos en barco a pescar. Se sentaba en la proa con una hamaca y unas gafas de sol a leer el periódico. Lanzaba la caña, pero nos dejaba a nosotros ocuparnos de si picaba algo. Nunca lo hacía. Sam y yo nos tirábamos al agua una vez cada uno, para que siempre hubiese alguien ocupado de la caña.
Él siempre saltaba primero. Me pegaba gritos de vez en cuando para que le viese hacer alguna gilipollez. Trataba de enseñarme a nadar. Una tontería, porque yo ya sabía. Nadaba como los perros, pero sabía, y no necesitaba nada más.
Empezaba a dar chapuzones diciendo que eso se llamaba “la mariposa”, y yo me reía. Entonces salía a la superficie y decía que se había quedado atrapado. Y yo me reía. Seguía riendo mientras Sam se las ingeniaba para enredarse en la cuerda de pescar y clavarse el anzuelo en el pie. Sangraba. Y yo me reía.
Su padre tardó mucho en darse cuenta de lo que pasaba. Como la mayoría de los adultos, desconectaba en presencia de los niños. Hacía falta mucho alboroto para que volviese a la realidad. Se quitó la camisa de un tirón y se lanzó al agua con las gafas de sol puestas. Recogió a Sam y lo subió de nuevo al bote él solo, mientras yo observaba todo de rodillas.
El anzuelo le había atravesado el pie de lado a lado. Aún tenía la mitad correosa y sanguinolenta de un gusano que, pese a todo, vivía. Su padre lo quitó con un pellizco y le cubrió la herida con una toalla. Rápidamente se va al botiquín y saca un bote blanco. Sam grita y llora al mismo tiempo, como incapaz de decidirse, pero los chillidos ganan cuando recibe el agua oxigenada en la herida. Se le oye gritar en todo el valle. Luego no se le oye.
- ¡Ángel! Ven. De vez en cuando, échale.
Me acercó el bote y cumplí sus órdenes. Cada gota hacía que le saliesen burbujas blancas. Me asustaba. No se movía. Enciende el motor y tardamos unos diez minutos en llegar de nuevo a la playa. Luego su padre se lo llevó en brazos, y la madre le acompañó. Nadie me dijo que hiciese nada. Me quedé a solas, en el bote.
Observando el charco rojo que había quedado en el bote.
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