Se recomienda haber leído la primera parte.
Después de haberle escayolado, Sam no pudo volver a mover el pie en todo el verano, por lo que las cosas se volvieron bastante aburridas. Los demás pasaban de mí: me había aliado con un tipo que se dedicaba a gastarles bromas crueles, como meterles medusas en el bañador o espiarlas cuando meaban para sorprenderlas a mitad. Susana no pudo parar a tiempo, una de esas veces. Se subió el bikini mientras seguía meando.
Yo no les inspiraba confianza. Estaba condenado a seguir con Sam. Hacíamos fuego y él hablaba hasta hartarse. Entonces me inventaba algo y hablaba yo. Supongo que de ahí me viene la facilidad para hablar en público. Y la facilidad para mentir.
Volver a la ciudad fue muy extraño. Ya ni me acordaba de que iba a la escuela. La monotonía del verano anterior había conseguido borrarlo de mi mente. No tardaron en metérmelo de nuevo. Encargándome miles de deberes.
Nunca me gustó usar el índice de los libros. Por tanto, tampoco me gustaban los deberes. Tenía que pasarme las tardes pasando página tras página, leyendo frases sueltas, hasta encontrar lo que quería por casualidad. Si no lo encontraba, pues nada. Tampoco comprendía qué necesidad tenían los profesores de recoger cincuenta trabajos sobre el mismo tema.
Tenía que pegarme a alguien de quien me pudiese copiar los trabajos. Se me ocurrió la teoría de que aquellos cuyo apellido estaba antes en el orden alfabético trabajaban más. Siempre les toca ser los primeros en casi todo. Eso les impulsa a prepararse más.
Aguilar parecía un apellido bonito: así conocí a Carolina. No tengo ni idea de cómo me acerqué a ella ni de cómo me hice amigo también de cuatro de sus vecinos. De ellos, sólo recuerdo a Iván. El más insoportable.
Iván siempre quiso considerarme su rival. No paraba de repetírmelo. No paraba de intentarlo. Cada cosa que hacía yo, él la repetía. El problema es que no supe cortarle el juego a tiempo, y al poco acabó sobrepasando todos los límites que puede sobrepasar una persona que te considera antes como competidor que como amigo.
Mientras estábamos en la escuela, había unos obreros construyendo un edificio en un solar apartado. Dejaron excavadas un par de zanjas para echar los cimientos, pero pronto se les acabó el dinero. Decidimos que acabaríamos nosotros de construir aquella casa. Total, los ladrillos son sólo una opción. Nos pasábamos las tardes buscando tablas y cuerdas, y gracias a toda la basura que pudimos recoger de los contenedores cercanos, nos acabó quedando algo acogedor.
Se trataba de unas tablas podridas y carcomidas atadas con hierbajos y alambre, un par de sillas de metal sin cojín con clavos punzantes que se te clavaban al sentarse, y un sofá con los muelles fuera.
Estaba a solas con Carolina y me salió la pregunta.
- ¿Alguna vez has besado a alguien?
- ¿Yo? Pues… no, no.
Me acerqué a sus finos labios y pasé la mano junto a su oreja, acariciándole el pelo. Había leído en una revista que los besos tenían que ser suaves, y estaba dispuesto a probarlo. Rocé sus dientes con la punta de mi lengua, intentando que fuese romántico, pero ella no estaba por la labor. Abrió sus fauces como si tratase de engullirme y se pegó contra mí, babeándome toda la cara.
Nada más separarme, cayó un buen montón de tierra sobre Carolina, y me encontré de frente con el cogote de Iván.
- ¡Si te ha gustado eso es porque no has probado esto!
Deslizándose por la apertura que bajaba a la zanja, Iván comenzó a besarla del revés, enfrente de mis narices. Me levanté y me golpeé la cabeza. Medio tejado quedó destruido. Agarro la camiseta de Iván y lo lanzo de cabeza al suelo. Carolina chilla y se da la vuelta empezando a trepar. A los pocos segundos ya había desaparecido.
Le tumbo en el rincón, sin dejarle espacio para que se mueva, y comienzo a pegarle patadas. Empiezo por el esternón y el estómago, pero luego bajo a su entrepierna. Agarrado a una tabla para mantener el equilibrio, clavándome las astillas, golpeo sus pelotas como si fuesen balones de fútbol. Él tiene una pierna en alto y la otra inmovilizada por mi pie izquierdo, mientras yo trituro su escroto con mis zapatillas de deporte.
Seguí durante mucho rato, hasta quedar sin fuerzas, hasta que Iván dejó de ofrecer resistencia y un poco más aún, hasta que se le quedó clavada en la cara esa expresión de angustia y sufrimiento que tienen los cadáveres. Mientras salía le tiré tierra y un par de tablones, dejándolo medio sepultado.
El resto apareció mientras me iba a casa. Les dije dónde había dejado a ese cabrón, y seguí mi camino. Quería llegar a casa y tumbarme en algún sitio. Estaba muy, pero que muy cachondo.






4 comentarios:
Desde luego, lo que decías en la primera parte era completamente cierto: el protagonista es un cabrón hijo de puta.
Con suerte (hasta que se estrelle el coche), pero al fin y al cabo un cabrón.
Parece interesante la línea por la que sigue el relato. Muy... "morenesca", xD
Un saludo!
Joder, pues si este tipo te parece un cabrón es porque no has visto al de Mussageta. Este por lo menos tiene una razón coherente para meterle una paliza xD
Esto ya se va "morenizando".
jaja
Se me ocurrió por lo de la zanja y la obra paralizada, pero salvo eso sin más nexo ... ¿Has leído Wilt?
Sigo ;)
Me recomendaron una vez ese libro, una chica que conocí lo tenía en inglés, pero no lo he leído.
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