Se recomienda empezar por la primera parte.
Acabé castigado durante el resto del verano. No le conté a nadie lo que había hecho, pero recibí una visita inesperada. Carolina insistió durante varias semanas hasta que la dejaron pasar a verme. Yo estaba tumbado en la cama, leyendo.
Cuando la puerta estuvo cerrada, Carolina saltó sobre mí.
- ¡Eres un cabrón! –gritó- Pero sé por qué lo hiciste, y quiero que sepas que te perdono. Yo no quería besar a Iván. Se merece lo que le hiciste.
Repliqué. Replicó. Volví a replicar y acabó cerrándome la boca con un beso. Nos besamos varias veces, durante media hora, y al final ambos acabamos haciéndolo mejor, o por lo menos disfrutando pese a lo mal que lo hacíamos. Acabé con un sabor muy pringoso en la boca. Como si hubiesen masticado una bolsa de golosinas entera y me la hubiesen escupido en la boca. Los besos de Carolina eran besos que empachaban.
- Ahora somos novios.
Y así quedó decidido oficial y unidireccionalmente.
El castigo fue más llevadero con ella viniendo todos los días. Le insistía bastante a menudo con que diésemos un paso más allá, pero ella siempre decía que éramos demasiado jóvenes. Probablemente tuviese razón, pero tampoco habría tenido por qué doler. Mi polla tampoco había alcanzado todavía su valor real.
Entonces empecé en el instituto. No me fue difícil hacer amigos:
- Oye, ¿tú eres el que le pegaste una paliza a Iván?
El mundo es un pañuelo. Me junté con un grupo de fumadores precoces que se pasaban la vida metiéndose en líos. Cuanto más destruías, cuanto más daño hacías, más respeto tenías. Me gustó esa filosofía. Era entretenida.
Aunque al principio me resistí a fumar, acabé cediendo. La vida del macarra es bastante estresante. Cuando sabes que tu expulsión puede llegar en cualquier momento, nada más gratificante que un cigarro y una jarra de cerveza con tequila. La gente nos miraba raro en los bares por nuestra edad, pero no importaba.
Por desgracia, la fama se me acabó pronto. Cuando me despedí de todos y emprendí el camino de vuelta a casa me reencontré con un viejo conocido. Iván. Con varios amigos. Se me acercó y empezó a hacerse el gallo. Como vio que le ignoraba y que tenía las espaldas cubiertas, me cogió de la pechera y pegó su cara a la mía.
- Ahora vas a recibir.
Le grité “¡Cobarde!”, y escapé. Empujando a todo el que se interpuso en mi camino. Seguí corriendo hasta que me perdieron la pista. La anécdota volvió a correr rápido, y pronto me perdieron el respeto en el instituto. Aunque sorprendentemente, mis amigos de siempre no me dieron de lado.
Sabía cuál era la forma de recuperar ese respeto. Tenía que buscarme una pelea. Mandar a algún chaval a su casa con la nariz sangrando. Pero estaba Carolina. Carolina ya había empezado a mirar con malos ojos mis nuevas compañías. No le gustaba besarme y notar el olor a tabaco. La estaba asustando con las continuas amenazas de expulsión que pendían sobre mi cabeza. Su mirada lo decía todo. Si la cagaba una vez más, me dejaría. Aunque no la necesitase mucho, me había acostumbrado a ella. Con todos sus defectos y estupideces. No quería perderla.
2 comentarios: