Se recomienda empezar por la primera parte.
Seguía gustándome la mala vida y seguía dirigiéndome hacia ella, pero iba más moderadamente. Para notar la diferencia, no hay más que fijarse en el que fue mi mejor amigo por aquél entonces, Ismael.
A Ismael le encantaba la poesía. Tenía alma de poeta, y a veces escribía, pero casi nunca nos enseñaba nada. No nos interesaban esas cosas. Desde los diez años había decidido que no estudiaría y que llevaría una vida bohemia. Subsistir con lo mínimo y disfrutar de todos los placeres que se pusiesen a su alcance. Así se lo habían enseñado desde pequeño. Sólo seguía en el instituto por obligación.
Bajo aquella fachada de tipo duro latía un corazón atormentado y decadente, en el que se albergaba una lucha interna entre aquello que deseaba y aquello que creía desear. Esta contradicción trascendental le mantenía encadenado a una espiral autodestructiva, en la que el tabaco y el alcohol llenaron cada instante de nuestras vidas. Luego lo aderezábamos todo con coca y porros.
Yo sabía que había nacido para eso, y me dejaba llevar. Sobre todo desde que perdí a Carolina. Ismael no. Él perseguía algo que no quería ni le correspondía.
- El amor eterno no existe –le respondo.
De repente, estamos ambos en la azotea de un edificio extraño. Hace frío. El viento mantiene nuestros cigarrillos encendidos. Ismael estaba tirado en el suelo, cerca de la barandilla. Se ha sincerado, y me ha contado que a lo que realmente aspira es a encontrar a la mujer de su vida y convertirse en un hombre de familia responsable.
No voy a apoyarle. Carolina se acostó con la mitad de su instituto antes que conmigo. La muy furcia se atrevía a decir que se estaba reservando para el matrimonio. Si el amor existiese, debería haber estado ahí. Pero no estaba. No había nada. Sólo dos personas que se pueden ayudar en algo mutuamente, y que se quedan juntas para no sentirse solas en este frío mundo de mierda. No voy a apoyarle.
- Te equivocas –responde-. Que nosotros no podamos alcanzarlo no es que no exista. Hemos elegido esta mierda, catar un poco de todo pero mantenernos sujetos a nada. Así no es como vive un ser humano. Necesitamos algo a lo que aferrarnos. Sólo tengo una jodida botella. Una jodida botella vacía.
Se dio la vuelta y empezó a mirar la caída. Allá se extiende toda la ciudad, con sus colosos de hormigón y ladrillo, y las ventanas iluminando la oscuridad como las estrellas que la polución no deja ver.
- Me quiero morir, tío.
Abocó la mitad de su cuerpo fuera de la barandilla. Por suerte, estaba borracho. Sus movimientos eran muy lentos. Aun tambaleándome, pude llegar antes de que subiese un pie. Le agarré del cuello y le devolví a suelo seguro. Cayó de espaldas, como un saco de patatas.
Se levantó otra vez, decidido a quitarse la vida, y entonces le solté un golpe en la mandíbula. Cayó de nuevo, de rodillas, y empezó a vomitar. Le dejé que lo echase todo. Todos los malos pensamientos.
Allí se quedó, dejándose las uñas rascando la balaustrada, sin fuerzas para quitarse la vida. Yo no le dejaría. No habría sabido qué decirle a la policía. Y no tenía bastantes cojones para tirarme detrás de él. Aunque también supiese que la vida, realmente, no tiene sentido. Por eso bebemos. Por eso nos drogamos.
Nos drogamos porque jamás sabremos por qué ni para qué estamos aquí. Porque no hay nada por lo que merezca la pena seguir vivos, y porque nuestros sueños sólo sirven para derrotarnos. Nos drogamos porque no nos interesa cambiar nada, porque sabemos que vivir es una batalla que hemos perdido de antemano, y porque todo lo que seamos capaces de levantar acabará convertido en cenizas cuando muramos. Lo mejor que podemos hacer es asumirlo. Asumirlo, y drogarnos.
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