Alonso Melgares quería escribir el relato perfecto. Éste era el sueño que había impulsado toda su vida. Por alguna razón que desconocía, deseaba con todas sus fuerzas encontrar la combinación exacta de palabras que, puestas sobre un folio en blanco, transmitirían a aquél que lo leyese todos los sentimientos y emociones con los que la vida le había imbuido. Era el sentido de su vida. Su meta. No sabía por qué ese pensamiento estaba ahí, pero le obsesionaba hasta el punto de ser incapaz de realizar ninguna tarea que no fuese en aquella dirección.
Durante los últimos cincuenta años que Alonso había pasado escribiendo, había aprendido treinta idiomas –de los que había inventado cinco- y había estudiado todas las ramas de la filología. Las teorías de la comunicación no tenían ningún secreto para él. Tampoco se le escapaban las grandes obras de la literatura universal: el legado de las personas que más cerca habían estado de redactar al fin esa mítica narración.
Encerrado como siempre en su cuarto, con la nariz rozando los pliegues de un tomo gargantuesco, leyó una frase que le recordó a otra, escuchada mucho tiempo atrás: “Si un hombre fuese capaz de describir su propia vida, al completo, y con todo detalle, sería sin duda la obra más grande que jamás se hubiese escrito”. El contexto de tal sentencia estaba ya olvidado, y aunque él no lo sabía, su continua obsesión por el relato perfecto provenía de ella.
Un año después, fue presentado ante un auditorio como el señor Melgares. Aquella iba a ser la presentación de un debate sobre literatura. Sin embargo, Alonso había conseguido redactar al fin el relato perfecto, y quería ponerlo a prueba. Aquellas cinco páginas contenían el fruto de su existencia. Preparado para cumplir su gran sueño, con los nervios empezando a aflorar, carraspeó un poco y pasó la primera página.
En su torpeza, Alonso golpeó el vaso de agua que le habían servido para la presentación. Todo su contenido cayó sobre los folios que llevaba. Se los llevó a un lado, luego al otro, y entonces empezó a limpiarlos con su camisa, asustado, y gritando de terror al comprobar cómo toda la tinta había desaparecido, y estaba ahora en su ropa.
Alonso salió corriendo de la estancia y no se supo nada más de él en varios meses. Tras ese tiempo, apareció colgado de una soga en una lejana habitación de hotel. En su bolsillo sólo había una nota: “No pude recordar”.
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