Se recomienda empezar por la primera parte.
El instituto se convirtió en una estéril caverna devoradora de tiempo. Un país de liliputienses en el que me había quedado solo; un atolón descarriado durante tres años. Destacaba demasiado.
Decidí aplicarme durante unos meses y sacarlo todo. Quería escapar de aquellas cuatro verjas de metal, de aquellas nubes negras que jamás abandonaron la vieja escuela. Lo conseguí, junto a un puesto de fontanero, y ya las cosas nunca fueron lo mismo.
Bárbara me enganchó una de las noches que salí de fiesta y me enseñó lo que es follar. Luego me dijo que era puta. No quise volver a verla después de pagar, pero lo cierto es que acabé repitiendo con muchas otras.
En cierto momento me pregunté qué podría hacer para vivir mejor. Los placeres requieren dinero, y no sabía de dónde sacarlo. No se me ocurrió otra cosa que ser actor. Me dijeron a dónde tenía que ir para presentarme a un casting. Me apunté el sitio y lo llevé en un papel en mi bolsillo durante toda la semana.
Aquí es donde empieza mi corta carrera en el mundo de la farándula. Pasándome los días con los colegas, ilusionado con la audición, e imitando a personajes famosos del mundo del cine.
De camino a la audición, me encontré a un chaval que conocía. Él llevaba porros y yo llevaba cerveza, así que nos sentamos en la puerta y estuvimos esperando. En el interior, la cola era muy larga, por lo que pillamos más cerveza y nos fumamos otro porro. Cuando ya quedaba poca gente, yo apenas era capaz de mantenerme en pie.
Me planté delante de aquél par de tipos sin ser capaz de leer lo que ponía en el guión. Supuestamente tenía que hacer como si estuviese enfurecido, y discutir con la chica que tenía delante, pero me daba la risa. Sin embargo, ella lo hacía muy bien. Se enfurecía tanto que daba miedo, y los escalofríos me subían por la espalda como témpanos de hielo. Así, de repente, vomité.
No le di a la chica de milagro. Lo siguiente que recuerdo es que me tenían fuera de la sala y me estaban humedeciendo la cara con toallas húmedas. Habían llamado a la ambulancia. Les aparté y me fui al baño. Sólo me hizo falta beber dos toneladas de agua, y luego estuve lo bastante bien para salir corriendo y no tener que dar explicaciones a los enfermeros.
La verdad es que la vida del gorrón es una buena vida. Consiste en tener muchos amigos. A la gente le suelen sobrar muchas más cosas. Todo el mundo vive con más de lo que necesita, y el resto lo tiran o lo regalan. Si tienes a alguien a tu lado contando chistes, no te molesta darle el sexto litro de cerveza, ni el quinto porro, ni la cuarta raya de coca, ni la tercera jeringuilla. A mí me gusta aprovecharlo todo.
Ahora que estoy aquí tumbado, en una oscura habitación, descansando como los dioses tras crear mundos, miro hacia atrás y me doy cuenta de que nunca he hecho nada bueno por nadie. Ni siquiera por Carolina. Siempre sido un egoísta, un cabrón, un hijo de puta aprovechado que se ha servido de la bondad y el talento de las personas que le rodean para acumular unos pocos placeres efímeros.
Hoy acabo de mentirle a una persona que conocí hace años. Le he dicho que estaban a punto de echarme de mi casa porque no tengo dinero. Ya me echaron de casa y dejé el trabajo, pero conozco suficiente gente como para nunca quedarme en la calle, para nunca pasar frío. Me ha dado suficiente para estar colocado hasta mañana, ensimismado mirando al vacío.
Cuando las paredes se extinguen en la lejanía y todo se vuelve blanco, encuentro mi sitio. Encuentro ese lugar que todos sueñan y ninguno alcanza, pese a merecerlo. El deportivo rojo rugiendo al amanecer, con dos guiris pechugonas restregándose contra mis brazos. El viento mece mis cabellos y la felicidad se convierte en un objeto. Puedo cogerla. Puedo palpar ese haz luminoso que flota frente a mí e introducirlo en mi pecho, para sentirme lleno, repleto.
Puede que al final del camino haya un acantilado. Puede que mi coche se desplome por él y acabemos todos envueltos en un amasijo de metal y sangre. Mis ensoñaciones y yo, farfullando moribundos algunas palabras de sabiduría eterna que creemos le solucionarían la vida a cualquiera.
¿Qué importa sufrir los estertores de la muerte, quizá un segundo, quizá un año, si se atesora por un instante lo que otros tardan años en conseguir? Ellos también lo pierden todo con rapidez. ¿Dónde está la justicia que esperabais de este mundo? ¿Qué más queréis teniendo heroína?
Durante años trabajáis, durante un instante disfrutáis, y luego os volvéis a pasar años compadeciéndoos. La heroína acelera el proceso. Trabajas un instante para disfrutar unas horas, y luego sólo sufres un par de días. Vuelvo a introducir la jeringuilla en la vena. Sigue abierta, deseosa de recibir lo que le ofrezco. Deseosa de vivir y morir, sin descanso, hasta que se rompa el tiempo.
FIN
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