Mi propio cuerpo cuelga desnudo y rosado en la bóveda, como una estrella de mar que se hubiese pegado al techo del laboratorio. La luz que atraviesa la cristalera proyecta su gigantesca sombra sobre mí. Estoy inmóvil. El veneno no me deja moverme. “Bueno”, pienso, “no todo el mundo tiene el placer de observar a su propio clon. Me estoy viendo a mí mismo”.
Me ha engañado. Después de tanto perseguirla por ciudades y mundos, de escudriñar en cada de las asquerosas y gigantes rocas que pueblan nuestra galaxia, descubro que me ha engañado.
Hace quince años estuve casado con Alina. Entonces todo era diferente. Ella era una buena mujer, que decía estar enamorada de mí. Tuvimos un hijo. Nos hicimos una buena rutina. Me gustaba levantarme a su lado cada mañana. Exprimí toda la felicidad y seguridad que pude de esta situación. Mis experimentos para la prolongación del pensamiento humano a través de la máquina no iban por muy buen camino. Temía que algún día pudiésemos morir y perderlo todo.
Harlan estaba muy interesado en mis investigaciones. Sus androides habían conseguido ya emular y mejorar cada uno de los componentes de nuestro cuerpo biológico. Estaba especialmente orgulloso del diseño de los músculos, que podía multiplicar por cien veces la capacidad del ser humano. Aquellos monstruos que Harlan diseñaba tenían como función la de convertirse en nosotros mismos en el futuro. Lo único que quedaba por hacer era mejorar las fuentes de alimentación y centrarse en la función estética. La piel seguía pareciendo plástico.
Otro problema estaba en sus cerebros. Harlan nunca fue un buen programador. Sus máquinas, aunque perfectas desde el punto de vista de la ingeniería, no eran capaces de reproducir los entresijos del cerebro humano. Yo sí era capaz de hacerlo. El único problema era terminar de configurar el mecanismo para trasladar la mente a la máquina, o hacer una copia, o lo que fuese para escapar de la muerte y poder pasar la eternidad junto a Alina.
Fue la perfección de las máquinas de Harlan la que me hizo pensar en él como principal sospechoso después de que ocurriese todo. Cualquier avance científico puede usarse para las bondades más excelsas o para las maldades más despreciables. Las bombas atómicas nos enseñaron eso, cuando en el mismo siglo sirvieron para aniquilar a más de dos tercios de la raza humana por todo el planeta, y para abrirnos las puertas a la colonización de nuevos planetas. Sólo las letras son inocuas, y quizá por eso menos divertidas. La última vez que vi a Harlan no tenía brazos. Ni ojos, ni lengua. Vivía como un vagabundo en el satélite Europa, ayudado por unas sacerdotisas del New Age.
Cuando regresé del trabajo encontré la puerta convertida en astillas. Las paredes estaban llenas de golpes, como si hubiese habido un forcejeo. Me sobresaltó una de las lámparas del techo al caer. Caminaba absorto, incapaz de pensar en nada, como si aquella no fuese mi casa. Pero lo era. Entonces pensé en Alina y en mi hijo. Subí las escaleras y entré en su habitación. Allí estaba.
Mi hijo había quedado convertido en un líquido granate esparcido por toda una esquina de la habitación. Aquí había un trozo de costilla. Allí un poco de cabello. Sentí arcadas, mareos y temblores. Tuve que bajar al suelo y estallar en sollozos. Llorar como había llorado mi niño. Mientras las lágrimas se mezclaban con la sangre, juré venganza.
Siempre pensé que Alina había sido secuestrada. Quince años he pasado explorando mundos, desde gigantescas bolas de gas a pequeños planetoides sin fuerza para mantener un simple guijarro pegado a su superficie. He atravesado desiertos a velocidades cercanas a la de la luz, he descendido al mismísimo centro de los gigantes de hielo de Andrómeda y contemplado con mis propios ojos las gargantuescas llamas de las estrellas de Orión. No aparecía por ninguna parte.
Fue en la constelación Pegaso donde encontré su laboratorio, ubicado en una plataforma sobre los embravecidos mares del planeta Osiris. Tenía la forma de una enorme catedral, como las de aquellas religiones que desaparecieron de la Tierra largo tiempo atrás. Por todas partes se encontraban piezas mecánicas sueltas, pilas de documentos, armarios repletos de compuestos químicos y pizarras llenas de oscuras y familiares fórmulas matemáticas.
Alina apareció de repente y pareció quedarse sorprendida. No me esperaba, pero en cuanto me reconoció, saltó por encima de varias cubetas y se lanzó para deleitarme con un largo y fuerte abrazo. Por un momento sentí que toda mi búsqueda había merecido la pena.
- ¿Qué es lo que ocurrió? ¿Cómo has llegado a este lugar? –le pregunté.
- No pude reconocer quién nos atacó. Fue una de esas grandes máquinas. Creí que estaba todo perdido. Entré en pánico y tuve que escapar, así que me refugié aquí. He estado estudiando y he continuado con algunas de tus investigaciones. Quería alcanzar la inmortalidad para asegurarme de poder encontrarte algún día. No quería morir sin poder verte de nuevo. ¡Estoy segura de haberlo conseguido! No sólo podemos transferir la mente humana a los androides, sino que también podemos incluir variaciones. La humanidad será ahora capaz de ser exactamente lo que quiera ser. Eliminaremos todo lo que no nos gusta y conservaremos lo mejor para siempre. Espera aquí, siéntate, voy a traerte el boceto del proyecto. Sólo queda resolver un par problemas.
Lágrimas de felicidad empezaban a humedecer mis mejillas. Este encuentro era aquello por lo que llevaba tanto tiempo luchando. Me sentó en su escritorio y entró en una de las habitaciones. Regresó al poco rato. Llevaba varios papeles atados con hilo que puso en mis manos. Eché un vistazo a los dibujos y a los números que los ilustraban.
- Cariño, ¡esto es fabuloso! No puedo encontrar un solo error. Gracias a esto podremos vivir por...
Interrumpió mis palabras acercando sus labios a los míos y dulcificándolos con un suave beso. Nuestras miradas se encontraron durante largo rato, sonriendo. Entonces noté ese sabor en mi lengua. Era mipartito. En pequeñas dosis, sabe igual que la vaselina, pero su toxicidad es enorme. Una sola gota produce una parálisis total e instantánea que dura veinte horas y puede resultar irreversible.
Había sellado mi destino con un último beso. No comprendía nada de lo que pasaba hasta que caí al suelo y pude mirar al techo. Alina no había realizado todo ese trabajo para vivir eternamente. Lo había hecho para cambiarme, para eliminar cada una de esos pequeños defectos que todos los hombres tenemos, para rehacerme a su antojo, y crear un compañero perfecto e ideal que se quedase con ella por siempre. Por eso había matado a nuestro hijo, por eso había huido, y por eso intentaba matarme ahora. Quería empezar de nuevo, invocando la perfección en los miembros de su nueva familia, que la acompañaría de ahora en adelante, por toda la eternidad.
En el fondo se equivocaba. Yo había visto cobrar vida a los androides de Harlan con mentes de animales. Les había visto moverse y conservar todos y cada uno de sus recuerdos e instintos, pero siempre les faltaba algo. Aquellos ojos de nácar coloreado no eran más que burdas copias, nunca podrían ser capaces de transmitir el calor de cualquier ser vivo. Lo haga como lo haga, en el momento en el que este cuerpo desaparezca y sea reemplazado por la máquina, nunca volverá a ser el mismo. Los androides siempre estuvieron como una garantía, para ser usados en caso de que no hubiese otro remedio.
Al hacerme inmortal desapareceré, pero Alina ha trabajado mucho como para negarle el intento. Sólo temo que, tras todo esto, no consiga ser realmente feliz.
- Estoy en tus manos, Alina -pienso.
Dame un beso, te lo has ganado. Dame un beso y dime adiós.
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