
Este lunes cumplo 23 años, pero la celebración fue ayer. Es más fácil reunir a la gente en fin de semana que en un día laboral, aunque la proximidad de los exámenes lo hace igualmente difícil. El último día de agosto es una mala fecha para cumplir años, sobre todo para los universitarios.
Lo celebramos bebiendo en la calle, como aconsejaba la tradición. Para hacerlo seguros de no molestar a nadie ni llamar la atención de la policía nos fuimos todo lo lejos de la civilización que pudimos. Donde también se reúnen yonquis, camellos y chaperos. Nada más empezar la noche, un travesti me pidió un cigarro y se despidió con un "gracias, guapo".
Acabamos debajo de un puente, junto al río. Había ratas gigantes correteando entre la maleza. Todo fue bastante tranquilo, descartando un par de sustos. Alguien se acercó por mi espalda e hizo la pregunta que temía que me hiciesen.
- Bueno, ¿y cómo te sientes al cumplir 23?
- Aliviado.
No tuve que pensármelo, y eso que creía que responder a la pregunta me iba a costar un poco más. En el autobús, había estado media hora pensando precisamente en esa respuesta, y no se me ocurrió nada. No suele resultar fácil traer a la memoria todo un año, con sus meses, sus días y sus horas, condensarlo y sacar una conclusión inteligible de todo ello.
Este ha sido uno de los años más extraños de mi vida, en el que se han juntado los peores y los mejores momentos. Allá por enero andaba triste y perdido, sin ganas de vivir. Estaba agotado, después de haber dado casi todo lo que era capaz de dar a alguien que no merecía siquiera el aire que respiraba. Frustrado y castrado mentalmente, al borde de la asfixia.
Hubo una novela que permanece aún sin corregir, una operación demasiado molesta para mi gusto y algunas mujeres menos necesarias de lo que creía. Por suerte, muchas aventuras y mucha gente después pude recomponerme y empezar de nuevo. Aprendí a ser feliz sin razones, simplemente por el placer de serlo, y las cosas empezaron a virar a mejor como una ironía del destino: todo mejora cuando ya no necesitas que mejore.
Ahora estoy de puta madre, y me alegro de que el momento de echar cuentas sea éste y no otro. Me alegro porque mis 22 años se han acabado, porque los 23 han empezado con buen pie, y porque los 24 quedan aún muy lejos, lo suficiente para hacer todo lo que me apetece hacer mientras llegan, que no es poco.
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