
Aquí, en la playa, hay un hotel abandonado. Ni siquiera lo terminaron de construir. Se ve que el propietario se quedó sin dinero a mitad de la obra, por lo que esas veinte plantas han acabado desnudas y llenas de escombros. Está en primera línea de playa, con los alrededores llenos de matojos y el interior repleto de piedras y clavos oxidados. Las escaleras que suben hasta el último piso están hechas con un ladrillo por escalón, sin barandas, resbaladizas y con la preocupante ausencia de la pared que daría a la calle. El vértigo aumenta más allá del décimo piso, cuando se hace patente que un traspiés implicaría una muerte segura.
No recuerdo cuándo empezamos a acercarnos a aquel hotel. Empezamos quedando para emborracharnos en la playa que tiene enfrente, una playa que las olas se han ido tragando con los años. La arena está sucia y el mar demasiado caliente, aunque la falta de luz -el hotel no tiene- lo hacía preferente a la hora de emborracharse cuando eres menor de edad.
Subimos por primera vez cuando cumplí quince años. Me bebí una botella de ginebra de un trago para coger valor. Sólo cuatro nos aventuramos en el peligroso terreno del allanamiento de propiedad: Ramón, Juan, Luis y yo. Mereció la pena. Las vistas desde lo alto son maravillosas. El mar en completa oscuridad, el claro de luna, y toda la ciudad costera a nuestra espalda, como un millón de luciérnagas de colores escondidas entre las rocas. Nos prometimos en silencio que volveríamos a menudo.
Los de abajo empezaron a gritarnos. Decían que la policía estaba a punto de llegar. Bajamos todos corriendo, medio borrachos, y varias veces estuvimos a punto de caernos por el hueco del ascensor. Me adelanté a los demás y llegué al segundo piso. Fuera seguían metiéndonos prisa. "¡Corred! ¡Corred!", lo que en mi estado de ebriedad no me permitía ser totalmente consciente de la situación. Decidí no perder tiempo con las escaleras y me lancé corriendo por uno de los pasillos hacia la ventana. Sobreactué un poquito. Curiosamente, aquella era la única ventana del edificio que tenía cristales. Caí al suelo y rodé. Por suerte, no me rompí nada, y la cuenta se saldó con un par de moratones y arañazos que no dolieron mucho hasta el día siguiente.
¿La policía? Resultó ser una broma de mal gusto.
Aquella fue sólo una de muchas anécdotas. Ramón tuvo un encontronazo con la guarda de seguridad, del que se salvó intentando ligar con ella. Juan acabó otro día tan borracho que se le olvidó cómo hablar español y sólo pronunciaba palabras en lo que parecía ser alemán; cosa que dudo, porque nunca ha tenido ni zorra idea de alemán. Tuvimos que remolcarle escaleras abajo porque luego también se le olvidó andar. Luis tuvo un descuido y acabó con el pie atravesado por un clavo oxidado y una visita al ambulatoria para que le pinchasen la antitetánica.
Ya ha pasado mucho tiempo de aquellas cosas. Ahora tenemos todos más de veinte años, y hacía más de un par de años que no nos veíamos. Unos estamos vislumbrando ya el final de nuestras carreras, mientras que otros están trabajando. Uno trabaja como asesor financiero en una empresa malaya; a los demás nos queda un año para acabar como informáticos, empresarios o periodistas.
El caso es que Ramón se ha enterado de que van a derribar el edificio. Es una pena, por todos los recuerdos que hay allí encerrados. Es por eso que anoche decidimos hacer una última fiesta y subir para disfrutar de las vistas una última vez. Cuando volvamos el año que viene, el hotel abandonado ya no estará, y el hueco que dejará en forma de solar vacío será bastante más reconfortante ahora que hemos brindado por él.
- Un brindis por las aventuras vividas, por la oscuridad sumisa, el hedor a ruinas y las implicaciones morales; que este maldito saco de metal y cemento le pete el culo al diablo cuando baje al jodido infierno.
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