El otro día discutía entre cervezas, en plena calle, con un par de estudiantes de Derecho, sobre cuál podría ser la solución al conflicto entre Israel y Palestina. Se nos ocurrió que, quizá, la mejor solución sería atacar al fanatismo religioso y, mediante la educación, promover el laicismo.
En otro momento, bebiendo cubatas junto a una catedral, unos músicos y una enfermera me explicaron qué es el plasma, cómo se puede usar para hacer sables o cuchillos láser, y como esto beneficia a la medicina. También fantaseamos sobre métodos alternativos para generar grandes cantidades de energía en espacios muy pequeños.
Hace algún tiempo, en otro botelleo, discutía con un amigo de Ingeniería industrial sobre las características de las tribus urbanas y cómo éstas se ven reflejadas en la música de cada movimiento. Un tipo que estudiaba Publicidad se nos acercó y nos comentó cómo se utilizan estas tendencias para confeccionar los anuncios publicitarios, y el uso que se le puede dar a las redes sociales especializadas.
Por eso me sorprendió, hablando con un conocido, que me explicase lo preocupado que estaba al ver a tantos jóvenes reunidos en la calle con sus botellas de ron y sus litros de cerveza. "Sólo saben divertirse con el alcohol", "son unos irresponsables" o "les falta educación y respeto" fueron algunas de sus frases.
Apenas pude ahogar una carcajada interna.
Si el futuro está siendo construido con jóvenes que dedican su tiempo libre a reunirse para conversar sobre los grandes problemas del mundo actual, por mi parte, me da igual todo el alcohol que se metan. ¡Chapó!
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