Lo primero que sorprende de Maquiavelo es la total inmoralidad de las conclusiones de "El príncipe". En el fondo se parece bastante a "El arte de la guerra", de Sun Tzu, en el sentido de que ofrece una serie de recomendaciones para lograr un objetivo concreto -ya sea éste el poder político o el militar-; si bien, al enumerarlas las acompaña con ejemplos históricos que apoyan e ilustran cada consejo. Y menos mal. Si no fuera por tales reseñas políticas y mitológicas, cualquier persona con un mínimo de buen corazón rechazaría la vileza de este manual de instrucciones del poder.
Pero el corazón no tiene nada que ver aquí. Ésta es la enseñanza más importante que se puede extraer del libro. Las vías para obtener el poder y mantenerlo pueden parecer inmorales, pero en ningún caso irracionales, y pueden ser aplicadas a muchos ámbitos de la vida, tal y como las reglas de Sun Tzu son usadas en el mundo empresarial; sin embargo, aplicar estas enseñanzas al mundo de la comunicación bien puede ser un gran error, porque la parte emotiva de la comunicación suele ser mucho más potente que la parte racional, o incluso tal dicotomía puede ser difusa o no existir.
Por ejemplo, en el capítulo VIII, Maquiavelo recomienda a los príncipes "pensar todos los ultrajes que van a tener que cometer y hacerlos todos de una vez". Así, se le da al pueblo la oportunidad de olvidar y perdonar los crímenes a la misma vez, mientras que si éstos están repartidos en el tiempo, la gente no habrá terminado de superar una afrenta cuando se encuentre otra que perdonar. Esto puede funcionar en política, pero en el mundo de la comunicación una mentira, por bien hilada que esté, puede invalidar y tachar de falso todo un discurso, mientras que en política un ultraje bien acometido difícilmente puede invalidar todo un gobierno. De hecho, si tal cosa pudiese suceder no se explicaría la permanencia de muchas dictaduras a lo largo de la historia pese a los grandes delitos cometidos por sus gobernantes.
El caso de las democracias es, además, diferente. En un estado demócrata, el poder es entregado por el pueblo, y por tanto la comunicación adquiere una importancia esencial en la carrera de los políticos actuales. Mientras en los gobiernos que predominaron alrededor del siglo XV la comunicación se utilizaba para disuadir al pueblo de arrebatarle el poder al príncipe, en la actualidad la comunicación se utiliza para que el pueblo le conceda el poder al político. Son dos formas completamente opuestas a la hora de enfocar la propia imagen. El objetivo de la comunicación pasa de evitar el odio a ganarse el afecto de los gobernados, aunque en casos como el de España o EE.UU, el fenómeno bipartidista y del "voto negativo" modifiquen en cierto modo tal regla general.
La comunicación sólo se hace relevante si conecta sentimientos y emociones a los contenidos racionales que se transmiten. Esta relación emocional con el discurso puede romperse de muchas formas, y es sin duda mucho más complicada de obtener y mantener que un poder basado en la fuerza y el miedo, cualidades que Maquiavelo recomienda que un príncipe inspire. Las emociones se construyen a través de lo que se conoce: no pueden aparecer sin un contenido racionalizable, y este contenido ha de ser atractivo. Toda cualidad puede ser percibida como positiva o negativa. La severidad y la crueldad que recomienda Maquiavelo al hablar de la apariencia pueden ser muy perniciosas aplicadas en la actualidad, pues la mentalidad de los tiempos es distinta; por aquél entonces ni siquiera se soñaba con el concepto de una "aldea global" como la que describen hoy en día autores como McLuhan o Chomsky, ni se habían alzado en boga movimientos como el ecologismo y el feminismo. La contradicción de las cualidades que ensalza Maquiavelo con el zeitgeist actual pueden romper esa integración que se pretende con el discurso del político, y son en última instancia las emociones las que posibilitan la capacidad del ser humano de tomar decisiones, como ya hace tiempo ilustró la parábola del asno de Buridán, en la que un animal acaba por morir de hambre siendo incapaz de decidir entre dos montones de heno exactamente iguales.
En resumen, considero que utilizar los consejos de "El príncipe" de Maquiavelo aplicados a la comunicación política pueden causar más perjuicios que beneficios si no se realiza con inteligencia. El tratado habla sobre política, no sobre comunicación, por lo que su uso en este campo puede ser mezclar churras con merinas. Si buscamos alcanzar y mantener el poder comunicativo tendremos que buscar a otro filósofo, en otro libro, y en otro tiempo. Lamentablemente, Maquiavelo no nos sirve.
La comunicación puede ser muchas cosas, pero no es maquiavélica.
2 comentarios:
No puedo negar lo que dices ya que Maquiavelo es una de mis lecturas pendientes.
En cambio, me regalaron el arte de la Guerra de Sun Tzu y puedo decir que me encantó.
No se trata de hacer lo que dice en el libro tal cual, pero si de adaptar sus enseñanzas a la época actual.
Y aún es válido todo lo que dice. No tal cual, pero si reinterpretado.
Supongo que con Maquiavelo es similar. Justo lo que dices tu.
Saludos Gorgonitas.
Claro, pero si adaptas esas enseñanzas tal cual sin pensar que no es su campo y que no es su momento histórico, la puedes cagar enormemente.
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