31 de enero de 2009

La Divina Tragedia (Parte IV)

Se recomienda empezar por la primera parte.


Seguía gustándome la mala vida y seguía dirigiéndome hacia ella, pero iba más moderadamente. Para notar la diferencia, no hay más que fijarse en el que fue mi mejor amigo por aquél entonces, Ismael.

A Ismael le encantaba la poesía. Tenía alma de poeta, y a veces escribía, pero casi nunca nos enseñaba nada. No nos interesaban esas cosas. Desde los diez años había decidido que no estudiaría y que llevaría una vida bohemia. Subsistir con lo mínimo y disfrutar de todos los placeres que se pusiesen a su alcance. Así se lo habían enseñado desde pequeño. Sólo seguía en el instituto por obligación.

Bajo aquella fachada de tipo duro latía un corazón atormentado y decadente, en el que se albergaba una lucha interna entre aquello que deseaba y aquello que creía desear. Esta contradicción trascendental le mantenía encadenado a una espiral autodestructiva, en la que el tabaco y el alcohol llenaron cada instante de nuestras vidas. Luego lo aderezábamos todo con coca y porros.

Yo sabía que había nacido para eso, y me dejaba llevar. Sobre todo desde que perdí a Carolina. Ismael no. Él perseguía algo que no quería ni le correspondía.

- El amor eterno no existe –le respondo.

De repente, estamos ambos en la azotea de un edificio extraño. Hace frío. El viento mantiene nuestros cigarrillos encendidos. Ismael estaba tirado en el suelo, cerca de la barandilla. Se ha sincerado, y me ha contado que a lo que realmente aspira es a encontrar a la mujer de su vida y convertirse en un hombre de familia responsable.

No voy a apoyarle. Carolina se acostó con la mitad de su instituto antes que conmigo. La muy furcia se atrevía a decir que se estaba reservando para el matrimonio. Si el amor existiese, debería haber estado ahí. Pero no estaba. No había nada. Sólo dos personas que se pueden ayudar en algo mutuamente, y que se quedan juntas para no sentirse solas en este frío mundo de mierda. No voy a apoyarle.

- Te equivocas –responde-. Que nosotros no podamos alcanzarlo no es que no exista. Hemos elegido esta mierda, catar un poco de todo pero mantenernos sujetos a nada. Así no es como vive un ser humano. Necesitamos algo a lo que aferrarnos. Sólo tengo una jodida botella. Una jodida botella vacía.

Se dio la vuelta y empezó a mirar la caída. Allá se extiende toda la ciudad, con sus colosos de hormigón y ladrillo, y las ventanas iluminando la oscuridad como las estrellas que la polución no deja ver.

- Me quiero morir, tío.

Abocó la mitad de su cuerpo fuera de la barandilla. Por suerte, estaba borracho. Sus movimientos eran muy lentos. Aun tambaleándome, pude llegar antes de que subiese un pie. Le agarré del cuello y le devolví a suelo seguro. Cayó de espaldas, como un saco de patatas.

Se levantó otra vez, decidido a quitarse la vida, y entonces le solté un golpe en la mandíbula. Cayó de nuevo, de rodillas, y empezó a vomitar. Le dejé que lo echase todo. Todos los malos pensamientos.

Allí se quedó, dejándose las uñas rascando la balaustrada, sin fuerzas para quitarse la vida. Yo no le dejaría. No habría sabido qué decirle a la policía. Y no tenía bastantes cojones para tirarme detrás de él. Aunque también supiese que la vida, realmente, no tiene sentido. Por eso bebemos. Por eso nos drogamos.

Nos drogamos porque jamás sabremos por qué ni para qué estamos aquí. Porque no hay nada por lo que merezca la pena seguir vivos, y porque nuestros sueños sólo sirven para derrotarnos. Nos drogamos porque no nos interesa cambiar nada, porque sabemos que vivir es una batalla que hemos perdido de antemano, y porque todo lo que seamos capaces de levantar acabará convertido en cenizas cuando muramos. Lo mejor que podemos hacer es asumirlo. Asumirlo, y drogarnos.


Continuará...

28 de enero de 2009

La Divina Tragedia (Parte III)

Se recomienda empezar por la primera parte.


Acabé castigado durante el resto del verano. No le conté a nadie lo que había hecho, pero recibí una visita inesperada. Carolina insistió durante varias semanas hasta que la dejaron pasar a verme. Yo estaba tumbado en la cama, leyendo.

Cuando la puerta estuvo cerrada, Carolina saltó sobre mí.

- ¡Eres un cabrón! –gritó- Pero sé por qué lo hiciste, y quiero que sepas que te perdono. Yo no quería besar a Iván. Se merece lo que le hiciste.

Repliqué. Replicó. Volví a replicar y acabó cerrándome la boca con un beso. Nos besamos varias veces, durante media hora, y al final ambos acabamos haciéndolo mejor, o por lo menos disfrutando pese a lo mal que lo hacíamos. Acabé con un sabor muy pringoso en la boca. Como si hubiesen masticado una bolsa de golosinas entera y me la hubiesen escupido en la boca. Los besos de Carolina eran besos que empachaban.

- Ahora somos novios.

Y así quedó decidido oficial y unidireccionalmente.

El castigo fue más llevadero con ella viniendo todos los días. Le insistía bastante a menudo con que diésemos un paso más allá, pero ella siempre decía que éramos demasiado jóvenes. Probablemente tuviese razón, pero tampoco habría tenido por qué doler. Mi polla tampoco había alcanzado todavía su valor real.

Entonces empecé en el instituto. No me fue difícil hacer amigos:

- Oye, ¿tú eres el que le pegaste una paliza a Iván?

El mundo es un pañuelo. Me junté con un grupo de fumadores precoces que se pasaban la vida metiéndose en líos. Cuanto más destruías, cuanto más daño hacías, más respeto tenías. Me gustó esa filosofía. Era entretenida.

Aunque al principio me resistí a fumar, acabé cediendo. La vida del macarra es bastante estresante. Cuando sabes que tu expulsión puede llegar en cualquier momento, nada más gratificante que un cigarro y una jarra de cerveza con tequila. La gente nos miraba raro en los bares por nuestra edad, pero no importaba.

Por desgracia, la fama se me acabó pronto. Cuando me despedí de todos y emprendí el camino de vuelta a casa me reencontré con un viejo conocido. Iván. Con varios amigos. Se me acercó y empezó a hacerse el gallo. Como vio que le ignoraba y que tenía las espaldas cubiertas, me cogió de la pechera y pegó su cara a la mía.

- Ahora vas a recibir.

Le grité “¡Cobarde!”, y escapé. Empujando a todo el que se interpuso en mi camino. Seguí corriendo hasta que me perdieron la pista. La anécdota volvió a correr rápido, y pronto me perdieron el respeto en el instituto. Aunque sorprendentemente, mis amigos de siempre no me dieron de lado.

Sabía cuál era la forma de recuperar ese respeto. Tenía que buscarme una pelea. Mandar a algún chaval a su casa con la nariz sangrando. Pero estaba Carolina. Carolina ya había empezado a mirar con malos ojos mis nuevas compañías. No le gustaba besarme y notar el olor a tabaco. La estaba asustando con las continuas amenazas de expulsión que pendían sobre mi cabeza. Su mirada lo decía todo. Si la cagaba una vez más, me dejaría. Aunque no la necesitase mucho, me había acostumbrado a ella. Con todos sus defectos y estupideces. No quería perderla.


Continuará...

27 de enero de 2009

La Divina Tragedia (Parte II)

Se recomienda haber leído la primera parte.


Después de haberle escayolado, Sam no pudo volver a mover el pie en todo el verano, por lo que las cosas se volvieron bastante aburridas. Los demás pasaban de mí: me había aliado con un tipo que se dedicaba a gastarles bromas crueles, como meterles medusas en el bañador o espiarlas cuando meaban para sorprenderlas a mitad. Susana no pudo parar a tiempo, una de esas veces. Se subió el bikini mientras seguía meando.

Yo no les inspiraba confianza. Estaba condenado a seguir con Sam. Hacíamos fuego y él hablaba hasta hartarse. Entonces me inventaba algo y hablaba yo. Supongo que de ahí me viene la facilidad para hablar en público. Y la facilidad para mentir.

Volver a la ciudad fue muy extraño. Ya ni me acordaba de que iba a la escuela. La monotonía del verano anterior había conseguido borrarlo de mi mente. No tardaron en metérmelo de nuevo. Encargándome miles de deberes.

Nunca me gustó usar el índice de los libros. Por tanto, tampoco me gustaban los deberes. Tenía que pasarme las tardes pasando página tras página, leyendo frases sueltas, hasta encontrar lo que quería por casualidad. Si no lo encontraba, pues nada. Tampoco comprendía qué necesidad tenían los profesores de recoger cincuenta trabajos sobre el mismo tema.

Tenía que pegarme a alguien de quien me pudiese copiar los trabajos. Se me ocurrió la teoría de que aquellos cuyo apellido estaba antes en el orden alfabético trabajaban más. Siempre les toca ser los primeros en casi todo. Eso les impulsa a prepararse más.

Aguilar parecía un apellido bonito: así conocí a Carolina. No tengo ni idea de cómo me acerqué a ella ni de cómo me hice amigo también de cuatro de sus vecinos. De ellos, sólo recuerdo a Iván. El más insoportable.

Iván siempre quiso considerarme su rival. No paraba de repetírmelo. No paraba de intentarlo. Cada cosa que hacía yo, él la repetía. El problema es que no supe cortarle el juego a tiempo, y al poco acabó sobrepasando todos los límites que puede sobrepasar una persona que te considera antes como competidor que como amigo.

Mientras estábamos en la escuela, había unos obreros construyendo un edificio en un solar apartado. Dejaron excavadas un par de zanjas para echar los cimientos, pero pronto se les acabó el dinero. Decidimos que acabaríamos nosotros de construir aquella casa. Total, los ladrillos son sólo una opción. Nos pasábamos las tardes buscando tablas y cuerdas, y gracias a toda la basura que pudimos recoger de los contenedores cercanos, nos acabó quedando algo acogedor.

Se trataba de unas tablas podridas y carcomidas atadas con hierbajos y alambre, un par de sillas de metal sin cojín con clavos punzantes que se te clavaban al sentarse, y un sofá con los muelles fuera.

Estaba a solas con Carolina y me salió la pregunta.

- ¿Alguna vez has besado a alguien?

- ¿Yo? Pues… no, no.

Me acerqué a sus finos labios y pasé la mano junto a su oreja, acariciándole el pelo. Había leído en una revista que los besos tenían que ser suaves, y estaba dispuesto a probarlo. Rocé sus dientes con la punta de mi lengua, intentando que fuese romántico, pero ella no estaba por la labor. Abrió sus fauces como si tratase de engullirme y se pegó contra mí, babeándome toda la cara.

Nada más separarme, cayó un buen montón de tierra sobre Carolina, y me encontré de frente con el cogote de Iván.

- ¡Si te ha gustado eso es porque no has probado esto!

Deslizándose por la apertura que bajaba a la zanja, Iván comenzó a besarla del revés, enfrente de mis narices. Me levanté y me golpeé la cabeza. Medio tejado quedó destruido. Agarro la camiseta de Iván y lo lanzo de cabeza al suelo. Carolina chilla y se da la vuelta empezando a trepar. A los pocos segundos ya había desaparecido.

Le tumbo en el rincón, sin dejarle espacio para que se mueva, y comienzo a pegarle patadas. Empiezo por el esternón y el estómago, pero luego bajo a su entrepierna. Agarrado a una tabla para mantener el equilibrio, clavándome las astillas, golpeo sus pelotas como si fuesen balones de fútbol. Él tiene una pierna en alto y la otra inmovilizada por mi pie izquierdo, mientras yo trituro su escroto con mis zapatillas de deporte.

Seguí durante mucho rato, hasta quedar sin fuerzas, hasta que Iván dejó de ofrecer resistencia y un poco más aún, hasta que se le quedó clavada en la cara esa expresión de angustia y sufrimiento que tienen los cadáveres. Mientras salía le tiré tierra y un par de tablones, dejándolo medio sepultado.

El resto apareció mientras me iba a casa. Les dije dónde había dejado a ese cabrón, y seguí mi camino. Quería llegar a casa y tumbarme en algún sitio. Estaba muy, pero que muy cachondo.


Continuará...

26 de enero de 2009

La Divina Tragedia (Parte I)

La vida no es justa. Muy pocos pueden entenderlo. Me hace gracia la gente que dice que el mundo pone siempre a cada uno en su sitio. Pues aquí estoy yo. Soy un cabrón hijo de la gran puta y siempre lo he sido, y aquí me tienes con un cochazo que vale millones y acompañado por un par de guiris despampanantes. A punto de morir, igual que ellas.

El sitio que todos los seres humanos merecemos es el cementerio. Sólo así la frase cobra sentido. Un camión se cruza en mi camino, y el volantazo nos lanza fuera de la carretera, a caer por un barranco.

El amasijo de metales y cables en que se está convirtiendo el vehículo empieza a atravesarme las piernas. Un trozo de vidrio sale disparado desde la ventana derecha y atraviesa mi garganta. Lo disfruto. Sangre a borbotones.

Sangre a borbotones. Es buen momento para pensar en chistes. Como aquél que me contaron cuando era pequeño y estaba junto al lago. Sam. Iba sobre un tipo muy deprimido que visitaba al médico. El médico le decía que se fuese a ver la actuación de un payaso que acababa de llegar a la ciudad. El paciente se echaba a llorar diciendo: “¡Pero yo soy ese payaso!”. Muy triste.

El payaso, tras recomponerse, realizó una de las mejores actuaciones de su vida. Se convirtió en una de las mejores, precisamente, porque contó esta misma anécdota, de la misma forma que me la estaba contando Sam en aquellas vacaciones que pasé junto al lago.

Sam era un chaval alto y travieso, que daba un poco de miedo. Me sacaba tres palmos de altura, así que pensé que lo mejor era tenerle como amigo. Era el tipo de crío que siempre andaba molestando a los demás.

Su padre solía llevarnos en barco a pescar. Se sentaba en la proa con una hamaca y unas gafas de sol a leer el periódico. Lanzaba la caña, pero nos dejaba a nosotros ocuparnos de si picaba algo. Nunca lo hacía. Sam y yo nos tirábamos al agua una vez cada uno, para que siempre hubiese alguien ocupado de la caña.

Él siempre saltaba primero. Me pegaba gritos de vez en cuando para que le viese hacer alguna gilipollez. Trataba de enseñarme a nadar. Una tontería, porque yo ya sabía. Nadaba como los perros, pero sabía, y no necesitaba nada más.

Empezaba a dar chapuzones diciendo que eso se llamaba “la mariposa”, y yo me reía. Entonces salía a la superficie y decía que se había quedado atrapado. Y yo me reía. Seguía riendo mientras Sam se las ingeniaba para enredarse en la cuerda de pescar y clavarse el anzuelo en el pie. Sangraba. Y yo me reía.

Su padre tardó mucho en darse cuenta de lo que pasaba. Como la mayoría de los adultos, desconectaba en presencia de los niños. Hacía falta mucho alboroto para que volviese a la realidad. Se quitó la camisa de un tirón y se lanzó al agua con las gafas de sol puestas. Recogió a Sam y lo subió de nuevo al bote él solo, mientras yo observaba todo de rodillas.

El anzuelo le había atravesado el pie de lado a lado. Aún tenía la mitad correosa y sanguinolenta de un gusano que, pese a todo, vivía. Su padre lo quitó con un pellizco y le cubrió la herida con una toalla. Rápidamente se va al botiquín y saca un bote blanco. Sam grita y llora al mismo tiempo, como incapaz de decidirse, pero los chillidos ganan cuando recibe el agua oxigenada en la herida. Se le oye gritar en todo el valle. Luego no se le oye.

- ¡Ángel! Ven. De vez en cuando, échale.

Me acercó el bote y cumplí sus órdenes. Cada gota hacía que le saliesen burbujas blancas. Me asustaba. No se movía. Enciende el motor y tardamos unos diez minutos en llegar de nuevo a la playa. Luego su padre se lo llevó en brazos, y la madre le acompañó. Nadie me dijo que hiciese nada. Me quedé a solas, en el bote.

Observando el charco rojo que había quedado en el bote.


Continuará...

20 de enero de 2009

Los autobuses de Dios

Artículo redactado originalmente para digitaljournalists.

Resulta que hace unos pocos años, el biólogo evolucionista Richard Dawkins publicó un libro llamado “El Gen Egoísta”. En uno de los capítulos de este libro se desarrollaba una pequeña hipótesis sobre lo que Dawkins llamó “memes”, es decir, los gérmenes que las ideas que tenemos normalmente. Este capítulo resultó muy polémico, ya que en él se usaba a la religión católica como ejemplo de una idea que se transmitía entre los seres humanos de forma muy parecida a como lo hacían los genes en los seres vivos.

Debido a la polémica que sus críticas a la religión ha ido suscitando –y a la forma en que esto habrá contribuido a su popularidad y la venta de ejemplares-, Dawkins ha acabado por convertirse en una especie de Rottweiler de Darwin, saltando al cuello de cualquiera que le mente el nombre de una divinidad. De ahí que el ensayo “El Espejismo de Dios” esté pensado para recoger todo lo que este científico tiene que decir sobre el tema (y un poco más, para engordar las ventas).

En Enero del año pasado, la British Humanist Association, una organización que tiene como objetivo acabar con los privilegios que las religiones tienen ante la ley y que tiene entre sus principales patrocinadores al propio Dawkins, tuvo la genial iniciativa de lanzar una campaña publicitaria con dinero recaudado mediante donaciones anónimas. Recaudaron 10 veces más de lo que necesitaban. La campaña consistía en unos paneles laterales para los autobuses que rezaban: “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Fue la primera campaña atea en la historia del Reino Unido.

Bus ateo

En España, los ateos no hemos querido ser menos. Un año después, La Asociación Madrileña de Ateos y Librepensadores (AMAL), actuando conjuntamente con la empresa de publicidad Publisistemas, ha lanzado en Madrid una campaña similar. Más que similar, lo que han hecho ha sido lanzar la misma, pero traducida. También ha sido un éxito de recaudación, y los mensajes se han visto circulando por Madrid y Barcelona.

Algunos miembros de la religión católica ya han expresado su desprecio ante esta campaña, anunciando que la consideran una ridiculización de su fe. Es por esto que a la Iglesia Evangélica se le ha ocurrido otro eslogan: “Dios sí existe. Disfruta de la vida con Cristo”. Nuevamente proclamándose conocedores de la verdad absoluta.



Los últimos en subirse al carro han sido los de e-Cristians, cuya campaña se lanza hoy. La frase que colocarán por todas partes para contrarrestar la influencia de los ateos es una del pensador y político hindú Mahatma Gandhi: “Cuando todos te abandonan, Dios permanece contigo”. Gandhi fue mundialmente reconocido por sus métodos de resistencia pasiva para conseguir la paz. Una estrategia típicamente cristiana, la de sentarse a rezar esperando que las cosas se arreglen. Quizá esperen que las huelgas de hambre nos ayuden a combatir la crisis…

11 de enero de 2009

Color

Observó su cuerpo y no pudo encontrar un sólo lugar que no estuviese cubierto de sangre. La habitación se extendía a su alrededor como si fuese el interior de una gigantesca catedral. Mucha luz, demasiada luz. Ninguno de los objetos que le rodeaban estaba carente de color. El reloj amarillo, los libros naranjas, el suéter rosa, las sillas violetas, las cortinas verdes y el cielo en espirales blancas sobre un azul pastel. Azul como el filo metalizado del cuchillo que sostenía, sobre el charco granate que se extendía por debajo de aquel cadáver descuartizado. Se dijo:

- Por mucho que sueñes que puedes querer y necesitar a una persona, por mucho que creas que es imprescindible y que, sin ella, tu único camino se convertirá en un deprimente sendero por el que sólo te podrás arrastras compadeciéndote de lo insulsa que es tu vida; por mucho que notes tu corazón latir excitado con cada recuerdo suyo, con cada fragancia familiar, con cada sonido que se asemeje en lo más mínimo a la voz que te arropaba cada noche cuando dormíais abrazados; por mucho que la ames, cuando el reguero de su sangre avance impasible ante ti, te apartarás para no manchar tus coloridos zapatos.

El mundo resplandecía con un fulgor alegre. Los tulipanes danzan junto a las gigantescas ventanas, con el color de un pan crujiente y recién hecho. Azul, blanco, amarillo, verde, rojo, azul. Dio varios pasos atrás. Rojo, marrón, verde, amarillo, azul, blanco y otra vez, rojo. Se arrodilló junto a ella. Sus ojos seguían verdes y abiertos, clavados en el infinito, húmedos y cristalinos pese al calor. No quería mirarle la boca. No quería mirar esa expresión.

- Por mucho que ames a alguien, por mucho que pienses que vas a morir si la pierdes, su cadáver sólo te hará pensar en salvar tu propio pellejo.

Tapó los oídos con sus manos mojadas y apretó su mente, con los ojos inundados de color. Granate, granate, blanco, verde y granate. Pensó en lo que pensaba mientras pensaba en qué sentía, y no le gustó, porque no sentía lo que sentía que debería sentir, así que se rebeló contra sí mismo, para ser hasta el final lo que siempre había pensado que era pero nunca había sido, porque no quería lo que quería. Decidió quedarse quieto. Decidió no huir. Permanecer inmerso entre tantas luces y colores. Dejarse llevar.

Duele. Granate, marrón, amarillo, verde, azul, blanco, rojo… y negro.

4 de enero de 2009

Diez minutos en la vida de un escritor

¿Cómo escriben los que escriben?

Para responder a esa pregunta he decidido grabarme durante diez minutos trabajando en "Bebo para olvidar". El resultado es bastante parecido a éste, que le hicieron a Arcadi Espada, con la diferencia de que escucho algo de música clásica (normalmente escucho rock y heavy metal, pero así me aseguro de no infringir ningún copyright), fumo y bebo un montón de agua.

No, no es nada entretenido verme durante diez minutos tecleando y rascándome la barba xD



P.D.: Las anotaciones no se corresponden con lo que estoy escribiendo en ese momento. Son frases sueltas sacadas del libro.
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