7 de febrero de 2010

Una tumba entre el centeno

Si les interesa de verdad lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es lo que escribió, qué importancia tenía, la ropa que solía llevar, y demás gilipolleces por el estilo que interesan sólo a los periódicos, pero yo no voy a contarles nada de eso. Primero porque sólo tiene un par de títulos buenos, y segundo porque se pasó más de medio siglo tratando de esconderse del mundo en la era de la información. Un pelín iluso, supongo que era, pero lo consiguió con creces.

Llevaba cuarenta años sin publicar, lo que no quiere decir que no escribiera. Eso sí, sin tocar jamás un ordenador, sintiendo el crujido del papel bajo las muñecas. Un escritor siempre escribe: es lo que hace, lo que le da vida. Sin palabras puede que no exista, y ciertamente no existiría. Habría sido sólo otro viejo huraño, traumatizado por la Segunda Guerra Mundial, que se habría pasado media vida recluído en su habitación, intentando olvidar las lluvias de carne y sangre. Quizá hubiese sido lo mejor. Esos años se cerró para siempre su biografía. La única foto que se tiene de él es de los años cincuenta, y está sacada del carné de conducir: las demás son robadas. La única entrevista se la concedió a unos chavales que la sacaron en la revista de su colegio.

Lo que más le ha costado es frenar los libros. Las biografías, la correspondencia secreta, y las declaraciones de su hija y su ex-mujer. Gracias a ellas sabemos lo que sabemos. Un ogro maltratador y machista que no dudaba en levantar la mano, sin importar contra quién o qué; un maniático de las manías, las filias y las fobias, pegado siempre al televisor y repitiendo "39 escalones", de Hitchcock, una y otra vez; seductor de nínfulas y lolitas, algo pervertido, que se casó y se divorció de una nazi; que tonteaba con la Iglesia de la Cienciología, el misticismo oriental o el budismo zen, y entre tantas llegó a creer en las propiedades homeopáticas de beber su propia orina diariamente o de ayunar hasta ponerse verde. Tantas ganas de esconderse le han servido para que nos enteremos sólo de lo malo. Lo bueno, junto al resto de sus secretos, descansa ya bajo una losa de mármol a saber dónde.

Tenía 91 años. Qué cojones dará cómo se llamaba.

5 comentarios:

  1. Muy bueno el enfoque tio, y el titular es la leche, un poco obvio, pero grande
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  2. Ya que no digo el nombre, qué menos que ponerlo así de obvio xD

    Verás como hay gente que no lo pilla.
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  3. yo no lo pillo. se ha muerto salinger?
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  4. Sí, ha muerto Salinger. Tenía 91 años y llevaba 40 sin publicar.
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  5. Buenísima entrada... da gusto leer textos así!
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