Llevaba cuarenta años sin publicar, lo que no quiere decir que no escribiera. Eso sí, sin tocar jamás un ordenador, sintiendo el crujido del papel bajo las muñecas. Un escritor siempre escribe: es lo que hace, lo que le da vida. Sin palabras puede que no exista, y ciertamente no existiría. Habría sido sólo otro viejo huraño, traumatizado por la Segunda Guerra Mundial, que se habría pasado media vida recluído en su habitación, intentando olvidar las lluvias de carne y sangre. Quizá hubiese sido lo mejor. Esos años se cerró para siempre su biografía. La única foto que se tiene de él es de los años cincuenta, y está sacada del carné de conducir: las demás son robadas. La única entrevista se la concedió a unos chavales que la sacaron en la revista de su colegio.
Lo que más le ha costado es frenar los libros. Las biografías, la correspondencia secreta, y las declaraciones de su hija y su ex-mujer. Gracias a ellas sabemos lo que sabemos. Un ogro maltratador y machista que no dudaba en levantar la mano, sin importar contra quién o qué; un maniático de las manías, las filias y las fobias, pegado siempre al televisor y repitiendo "39 escalones", de Hitchcock, una y otra vez; seductor de nínfulas y lolitas, algo pervertido, que se casó y se divorció de una nazi; que tonteaba con la Iglesia de la Cienciología, el misticismo oriental o el budismo zen, y entre tantas llegó a creer en las propiedades homeopáticas de beber su propia orina diariamente o de ayunar hasta ponerse verde. Tantas ganas de esconderse le han servido para que nos enteremos sólo de lo malo. Lo bueno, junto al resto de sus secretos, descansa ya bajo una losa de mármol a saber dónde.
Tenía 91 años. Qué cojones dará cómo se llamaba.
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