La gente necesita que exista, en cierto modo, una coherencia interna en el mundo en el que vive. Entre el mundo que recrea en su mente y el mundo que percibe. Pero hay muchas veces que esta coherencia se rompe. Hacemos algo que rompe por completo con nuestros ideales, o encontramos que el mundo no es tan simple como lo conocemos, sino contrario a todo lo que nos han enseñado. Una persona puede tener una moral muy elevada, pero verse obligado a matar en una guerra, o pasarse toda la vida trabajando honradamente, pero que todo su trabajo quede sin recompensa.Entonces se produce lo que Leon Festinger bautizó a finales de la década de 1950 como "disonancia cognitiva". Consciente o inconscientemente, el cerebro debe solucionar el problema para que la coherencia regrese, y esto genera una cierta tensión. No importa si la coherencia se consigue mediante autoengaños y soluciones absurdas. De ahí viene la explicación de que algunas personas piensen que matar es algo bueno, o de que la caridad es inútil: sólo intentan justificar sus propios actos.
Recuerda un poco a la fábula de La zorra y las uvas, de Esopo. Al ver la zorra que las uvas estaban demasiado altas y que no era capaz de trepar, exclamó: "¡Ya no las quiero!", y se fue. La zorra prefería pensar que se iba sin las uvas porque no las quería, antes que aceptar que no podía alcanzarlas, ya que así encajaba mejor su percepción de la realidad con su soberbia.
Otro ejemplo lo podemos encontrar en la autobiografía de Benjamin Franklin, en la que explica cómo se ganó la simpatía de un oponente político que se negaba siquiera a recibirle: le mandó una nota en la que pedía que le prestase un libro para consultarlo. El libro lo devolvió a la semana, en perfecto estado, y con una nota de agradecimiento. Cuando fue a visitarle la próxima vez, el político le recibió cordialmente y se convirtieron en grandes amigos. "Aquél que te ha hecho un favor", decía una vieja máxima, "será más propenso a hacerte otro que aquél que se haya visto obligado".
Pero el ejemplo más gracioso se encuentra en sujetos estudiados pertenecientes a distintas sectas que le daban al fin del mundo una fecha concreta. Al ver que pasada esa fecha, el mundo seguía existiendo, muchos desertaban, pero otros se inventaban cualquier excusa para no admitir que estaban equivocados. "Hemos sido perdonados gracias a nuestro culto", o la mejor, "el mundo en realidad ha llegado a su fin, aunque no nos demos cuenta". Para hacer cuadrar la realidad con el universo percibido por soberbia, ideología o religión, somos capaces de cualquier cosa.
Es durante estos momentos de disonancia en los que la persona se vuelve más creativa. La mente necesita resolver la paradoja entre sus pensamientos y la realidad, por lo que los procesos de creación de nuevas ideas se aceleran. Por otro lado, también es el peor momento para tomar decisiones: no se busca una solución racional, sino una coherente. Esta tendencia puede aplicarse también a otras actividades diferentes, mientras la paradoja no se resuelva; así, una persona que pase por este proceso será más creativa en todo lo que haga y, por supuesto, errará más en sus decisiones. El objetivo de todo el proceso es que la persona cambia de alguna forma sus percepciones. Si quieres que una persona cambie y se convierta en otra persona diferente, este tipo de contradicciones deberían tenerse en cuenta.
El descubrimiento de la disonancia cognitiva se realizó mediante un curioso experimento. Se encargó a un grupo de personas que realizasen una tarea aburrida y se les dejó ir. Al segundo grupo se le encargó la misma tediosa tarea, pero se les entregó un dólar a cambio de que le contasen a otras personas que había sido muy divertida. Al tercer grupo se le sometió a lo mismo, pero en su caso se les entregaron 30 dólares. Pasado un tiempo, los miembros del primer y tercer grupo seguían pensando que la tarea había sido aburrida; sin embargo, los miembros del segundo grupo pensaban que había sido divertida.
Esto se explica porque el segundo grupo no había recibido una recompensa considerable a cambio de mentir. Las personas del tercer grupo podían comprender que habían mentido por 30 dólares, pero en el segundo grupo, un dólar no era suficiente, de forma que cambiaron por completo su percepción de la tarea para que existiese coherencia entre lo que decían y percibían. En síntesis, un dólar había conseguido modificar por completo el recuerdo de una hora de trabajo.
El experimento de Festinger fue más tarde contrastado por otro psicólogo, Michael S. Gazzaniga. Buscó a personas con grave epilepsia a las que les hubiesen realizado una comisurectomía, es decir, a las que había eliminado la separación de los dos hemisferios. Así, cada hemisferio puede recibir informaciones distintas, pero sólo el izquierdo -donde se encuentra la capacidad verbal- es capaz de expresarla. Los sujetos, cuando se les mostraba un cartel que pusiese "camine", se levantaban y caminaban. Al preguntarles por qué lo habían hecho, respondían "porque tengo que ir al baño" o "porque me ha entrado hambre". Y se lo creían, aunque la realidad era que no sabían por qué se habían levantado.
Nunca hay que empecinarse en que la visión que uno tiene de las cosas es la correcta. Estas contradicciones están presentes en todos nosotros, aunque no seamos conscientes de ellas. Teóricamente todo el mundo quiere vivir una vida larga y sana, aunque somos muchos los que fumamos, aún sabiendo la posibilidad que existe de desarrollar cáncer de pulmón. No os resultarán extrañas las excusas: "no tiene por qué pasarme a mí", "de algo hay que morir" o "también podría atropellarme un autobús cruzando la calle".
El ser humano es menos racional de lo que parece.
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