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| "Un montón de rosas", por floxinesky |
Raúl la había conocido precisamente por su torpeza, porque se había torcido un tobillo al dar un mal paso delante de él. Raúl se jactaba de vivir su vida arriesgándolo todo, pues afirmaba que al haber nacido sin nada, le correspondía morir de la misma manera, y ya que en su nacimiento el había llorado mientras los demás sonreían, había acabado por decidir que viviría de tal manera que a su muerte, él sonriese satisfecho por lo realizado mientras todos a su alrededor llorasen por su pérdida.
El hombre se interesó por ella al instante, lo cual no es de extrañar, porque Alicia tenía una figura envidiable por la que medio vecindario le bebía los aires. Las siguientes semanas se plantaba siempre a la misma hora bajo su ventana. A veces llevaba rosas, a veces le cantaba algo por lo bajín, a veces simplemente se quedaba callado durante unas horas y luego se iba. Era una constante vital y repetitiva que Alicia se esforzaba por ignorar, pero que estaba siempre presente en su vida, rozando unos niveles de intimidad que desconocía que pudiesen traspasarse.
Cierto día, Raúl dejó de aparecer. Alicia no podía hacer menos que sonreír ante su evidente fracaso. Cierto que era apuesto, galán y constante, pero, ¿quién se atrevería a asegurar que lo sería durante el resto de los días de su vida? ¿Que el tiempo y la vejez no harían mella en sus sentimientos, o revelarían un fingimiento en su actitud pasada? Sin embargo, aunque estas preguntas la hacían sentirse feliz y deseada (aún más deseada al saber que ninguno de sus pretendientes la merecía realmente), había un estremecimiento que conmocionaba todo su ser, y que sólo ella era capaz de intuir aunque no le pusiese nombre.
El segundo día tampoco regresó, y Alicia se descubrió meditando con respecto a las ventajas que tendría para la felicidad de una mujer la presencia de una personalidad firme y resuelta como la que Raúl había mostrado los últimos meses, y si no sería cierto que la tenacidad, al igual que el resto de las capacidades humanas, no debería -en el sentido de resultar beneficioso para la valoración de una persona- contar con ciertos y mesurados límites.
El tercer día no esperó a la noche, sino que llegó al atardecer. Raúl apareció frente a la casa decidido a pedir la mano de Alicia, pero se encontró con que no tenía otra persona a la cual pedírselo que a la misma Alicia. Sus padres se habían ido de viaje y la chica se encontraba con un ánimo más apasionado de lo que correspondía a su alcurnia.
Es un día nuboso y frío, en el que Alicia contempla los movimientos torpes de los jardineros y el rodar de una carroza al fondo, mientras un hombre enamorado bosteza a sus espaldas, aún en la cama.

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