28 de noviembre de 2010
El Pescador de Cadáveres
"¡Wei! ¡Wei! ¡Wei!", gritaba la voz por el pueblo. Era un amigo de Xiang Wei, el pescador. Cuando el hombre alcanzó a Wei, le comunicó casi sin retomar el aliento que su hijo había caído al río. El hombre estaba a punto de explicarle que varios niños le habían robado a Wei sus cañas de pescador y que en media aventura por el Huang-hé apareció un pez demasiado grande para un niño, el cual acabó por arrastrarle.
Wei corrió con todas fuerzas al puente Akashibo, el de la nieve roja, donde sabía que el pequeño Liu y sus amigos se reunían. Saltó. Su cuerpo fibroso y acostumbrado al agua nadó por el fondo y por la superficie. Se movía como un delfín, como si hubiese nacido en el agua. Entre el fango, encontró una mano, y tiró de ella. Antes de alcanzar la superficie vio que la mano estaba hinchada, y que correspondía a un pobre desgraciado con bigote que llevaba ya muerto varios meses. Volvió a la carga con renovadas fuerzas, pero capturó el torso de una mujer, la pierna de un anciano y la cabeza amputada de una niña. Siguió buscando sin cesar, a corriente y a contracorriente, pero de su hijo no había ni rastro, ni vivo ni muerto.
Derrotado y exhausto, con la noche y los monstruos marinos pisándole los talones, Xiang Wei se arrastró hacia la orilla. Aún tenía agarrada una última mano y, sabiendo que aquél sería su último intento, decidió rescatar el cuerpo fuese lo que fuese.
Resultó ser otro cadáver anónimo: el de una joven de piel verde a la que los peces habían devorado las mejillas. Algunos amigos de su aldea lo encontraron, e intentaron consolarle con una manta caliente y algo de cerveza. Wei no quiso tomar nada. No tenía valor para explicarle a su mujer lo que había pasado, aunque imaginó que ya lo sabría. Su hijo había tenido un accidente y el mejor nadador de la zona había sido incapaz de salvarlo. Wei se dirigió al cementerio, con la ayuda de una luna diminuta, pero resplandeciente y amarilla. Su hijo había muerto antes de tener realmente vida, antes de ser un hombre y antes de demasiadas cosas. No habría tumba ni recuerdo para él, por culpa de la ineptitud de su padre, que no supo encontrarle.
Mientras luchaba por contener las lágrimas, varias personas bajaron junto a él al cementerio, portando pequeñas linternas de aceite. Cuando llegaron a su altura, una anciana de grandes ojos y vestimenta rosada le cogió las manos y le agradeció el favor que le había hecho rescatando el cadáver de su nieta de las profundidades. Ahora podía enterrarla con dignidad y cerrar para siempre aquella página de su vida. La anciana hizo un gesto a uno de sus sirvientes, que entregó cien mil yenes al pescador. Mientras se alejaba, la anciana se preocupó en voz alta por todas las personas que habrían sufrido su misma situación, pero habrían carecido de la misma suerte. El pescador Wei, con cien mil yenes en el bolsillo, siguió sumido en su desgracia.
Cuando regresó a casa, todas las luces estaban apagadas. No sabía qué decirle a su mujer, y esperaba que fuese ella la que hablase. Así sucedió. Sus camas estaban separadas varios metros. Ella no se levantó. "Mañana te abandonaré para siempre", dijo, "ahora duerme".
Desde aquel día pasaron cincuenta y tres años. Durante todo este tiempo, Wei bajó cada mañana al río. Pero ya no pescaba peces, sino cadáveres. Por cada muerto encontrado había una familia destrozada que buscaba cerrar su herida. Los muertos se amontonaban al final del día junto a la ribera, y un vocero anunciaba si eran hombres, mujeres o niños. La gente entonces llegaba, desde varios puntos del país, y pagaba una pequeña cantidad por comprobar si entre ellos estaba el rostro desfigurado de sus seres queridos. Si así era, entregaban los yenes y portaban sus cáscaras con respeto para darles sepulcro.
Los funerales eran lo más satisfactorio del trabajo de Xiang Wei. A veces no aparecía nadie, y los cuerpos se llenaban de moscas, mosquitos y babosas, que descomponían los restos a una velocidad alarmante. El hedor lo inundaba todo. Entonces Wei pedía la colaboración de un ayudante, y cavaba pequeños fosos en lugares bonitos. Al principio recordaba cada detalle de estos entierros anónimos. Más tarde, nada. Sólo eran trozos de carne abandonados a los que nadie quería. Jamás se atrevió, sin embargo, a perderles el respeto, y cada sepelio se realizaba con la misma solemnidad que habría dedicado a su propio hijo.
Cerca de sus ochenta y nueve años, Wei se volvió incapaz de mantener su trabajo. Los pescadores, como todos, también han de jubilarse. Una joven asistenta le ayudaba a realizar sus necesidades más básicas, y apenas tenía fuerzas para levantarse de la cama. Una noche, aprovechando la luna llena, su ayudante fue a visitarlo. Llevó entre sus manos un cuenco de agua de mar, esperando que aquello le consolase al recordarle todo el bien que había hecho en su vida.
Cuando Wei contempló el regalo, aunque sus ojos ya se reblandecían por el ímpetu de la muerte, hizo un rápido movimiento que derramó el líquido por el suelo. Su mano, entonces, se desplomó pesada sobre su último lecho.
La realidad siempre supera a la ficción: http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2010/11/101122_china_barquero_cuerpos_cadaveres_amab.shtml
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