25 de noviembre de 2010

El Plato de Lentejas


Pablo y Marta vivían en un pequeño apartamento de una calle a la que un alcalde imaginativo había llamado "23". Ambos trabajaban todo el día para la misma compañía, pero en sucursales distintas. Eso les venía bien porque se pasaban la vida echándose de menos, encontrándose muy lejos de aquello que más deseaban en el mundo. Así se reencontraban siempre, por la noche, con una pasión renovada.

Pero antes de llegar la noche, se encontraban sobre la una y media para comer.

Es la una y media.

Pablo abre la nevera y le pregunta a Marta: "¿Qué le vamos a echar a las lentejas, cariño?". "Creo que no queda nada", responde Marta, "Si quieres vigilar la olla un rato bajaré a comprar unos chorizos". Pablo se le acerca por detrás, la rodea con sus brazos por la cintura y le da un suave beso en la mejilla. "No te preocupes, iré yo", se ofrece; "Te quiero", añade.

Pablo coge su abrigo y se lo pone mientras atraviesa la puerta. Espera el ascensor impaciente y sube a su interior. Le acompaña en el viaje la anciana del quinto, que apesta a perfume barato y verduras hervidas. Se intercambian saludos y miran ambos al frente sin tocarse, esperando a que la puerta se abra, como finalmente sucede.

La tienda se encuentra a dos o tres calles de distancia. Cierra a las dos. Son las dos menos cuarto. Pablo acelera el paso, pero le avergonzaría el echarse a correr. La distancia no es para tanto; en cinco minutos ha llegado. En la tienda compra chorizos, algunos trozos de jamón, pollo, vinagre, patatas y pan del día.

- Son 23 euros -pide la cajera.

Pablo pagó y recibió el cambio. Introdujo él mismo los artículos en bolsas, uno por uno, y salió con ellos por la puerta. Marta le vio llegar por la ventana y le divirtió su manera de moverse. Ya lo tenía todo preparado cuando Pablo apareció por las escaleras. La saludó, la besó y la acarició en una nalga. Marta le susurró al oido que era el mejor hombre que una mujer podía desear. A Pablo le sentó bien eso. Luego, con un cuchillo, fue troceando los ingredientes y echándolos a la cacerola, mientras Marta controlaba el fuego y removía. Echaron sal, aceite y vinagre. Cortaron el pan y pusieron los platos.

Charlaron un poco sobre cómo les había ido el día mientras en la cacerola explotaban unas gordas y espesas burbujas que indicaban que la comida estaba lista. Marta sirvió un plato a cada uno. Estaba delicioso. Sobraba algo, pero decidieron guardarlo para otra ocasión. Entonces recordaron aquel viaje que habían hecho hace tiempo los dos juntos en un barco. La mirada de Pablo hacía que el vello de Marta se erizase, reflejando el sol, y la convertía en una etérea e inasible estatua dorada. Antes de que quisiesen darse cuenta se les había acabado el tiempo. Había que volver a trabajar; de hecho, llegaban tarde.

Marta pidió a Pablo que se adelantase, y se ofreció para fregar los platos sucios. Le llevó apenas un segundo. Mientras se montaba en el coche, se notaba la barriga muy pesada. Había comido demasiado y estaba hinchada. Por alguna razón -pensó- que no alcanzaba a comprender, tuvo la impresión de que aquella comida había cambiado para siempre su vida.

3 comentarios:

  1. Que interesante anecdota hecha casi poesia, se agradece

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  2. Toda una odisea con un planto de lentejas ejej

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  3. Exquisito relato, planto de lentejas mmm

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