Capítulo 1. Una pareja estaba discutiendo en esa misma plaza. Pedro le había regalado un conejito blanco y mullido, y Rosa no quería cuidarlo. Pero el problema real no era ese, sino que Rosa estaba harta del mundo que conocía y quería romperlo para construir otro. Eso explica por qué estaban discutiendo pese a que Pedro podía devolver el animal en cualquier momento. Probablemente Rosa habría logrado su propósito si Pedro no hubiese estado dispuesto a aguantar tanto. Su novia lo era prácticamente todo, fuera de un trabajo gris y tedioso que no le dejaba ninguna satisfacción. No era una mujer, era una esperanza. Si ella le abandonaba, sabía que rompería a llorar, y no quería que Rosa le viese llorar.Entonces el camión dio el volantazo y el médico se lanzó para salvar la vida de su hija. Entre los gritos y los lloros de la niña, cuyos zapatitos blancos empezaban a mancharse de rojo, Pedro se aferró a los finos brazos de Rosa, como rogando que le protegiese. Rosa le devolvió el apretón, un poquito más fuerte. Suficiente para que ambos comprendiesen muchas cosas.
Capítulo 2. Sabía que se le estaban cayendo las tetas, pero se negaba a usar sujetador. El apartamento olía a sudor rancio y cigarrillos de después. Celeste paseaba los pies descalzos entre las manchas negras, marrones y amarillas de la moqueta. Iba a tender la ropa. La primera prenda eran aquellas medias rojas que tanto odiaba. No podía tirarlas porque él siempre se las pedía.
Rechinaron las ruedas y un chillido agudo le resonó en los tímpanos. Un camión ha atropellado a un hombre. Sobresaltada, a Celeste se le cayeron las medias. Reconoció la sangre, reconoció los zapatos y esbozó una media sonrisa mientras empezaba a soñar.
Capítulo 3. Final. Roberto Pintor necesita un final para cerrar un capítulo de su novela. Está en lo alto del edificio. Un trastero que sigue siendo un trastero aunque le haya metido un futón. Coge una botella de vino y se enciende un cigarro. Abre una ventana no mayor que un ojo de buey y sigue pensando en Estella, esa pobre pescadera despechada que no sabe si darle una oportunidad al amor saliendo con viejo amigo de la infancia que ha regresado algo misterioso y con un gusto por los juegos de palabras y las ambigüedades que raya en lo obsesivo. ¿Qué piensa Estella, arropada entre finas sábanas y pasando frío en aquel pueblo sin nombre?
Entonces Roberto ve salir un hombre de la nada. Un camión está descontrolado, y el hombre se ha lanzado contra él con coraje y determinación, ofreciendo su propio cuerpo como sacrificio. ¡Así fue! Con una resolución que sólo puede obtenerse mediante un extensivo examen analítico de la propia vida.
El ordenador espera. Roberto corre a acariciar sus teclas con las ideas bien claras. Escribe tan rápido que todo el teclado se ve pronto cubierto por una fina manta color carne. Estella, en su soledad, sólo puede pensar en sus fracasos pasados, lo que irremediablemente la llevará a perder la ilusión que ya había puesto en ese reencuentro. Así, tratará de olvidarle, se deprimirá y sus pensamientos la encaminarán al suicidio. Pero Roberto no la quiere dejar morir, ya pensará en algo. Las posibilidades son infinitas, no sólo para Estella, sino también para Roberto.
La botella de vino cae al suelo y se rompe. El fluido se extiende y le mancha de morado los zapatos. "Mierda", se descubre diciendo en voz alta, "tengo demasiadas cosas que hacer como para ponerme a limpiar ahora". Entonces nota una ligera corriente de aire frío.
Se había dejado la ventana abierta.
Como te dije me encanta. Oye, ¿lo puedo coger para otro programa de Radio Estilo? :D
ResponderSuprimirClaro, sin problema :)
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