Los androides habían devastado ya la mayor parte del planeta. Jamás había existido en este mundo una amenaza tan cruel y espantosa para la humanidad como el nacimiento de estos seres. El plateado era su encarnación y su sello: las frías y gélidas garras de la muerte. Sus ojos brillantes se acercaban en silencio, carentes de la más mínima expresión, y sus movimientos anhedónicos, inhumanos y velozmente certeros eran capaces de desintegrarte y despedazarte en milésimas de segundo, hasta el punto de que, posiblemente, tus células aún siguiesen conscientes momentos tras convertirse en una estela sulfúrea reciclable.Debido a esto, el doctor Silvente se encontraba siempre preocupado, nervioso y desconfiado. No es de extrañar, pues él fue uno de los primeros encargados en la construcción de los androides, y se encontró presente cuando fueron despertados. Uno de los investigadores del equipo destrozó en secreto los controles de seguridad, y dejó en libertad sus inteligencias. Silvente y varios de sus compañeros se apresuraron a la habitación al escuchar la alarma. La cámara refrigerada, con más de mil prototipos defectuosos envueltos en finas cápsulas de cristal, emitía un millar de ruidos y sombras que se agitaban y removían como luciérnagas entre las sombras. Al contemplar a las máquinas asesinas cobrar vida, uno de los científicos exclamó:
- Hemos ido demasiado lejos.
- No -respondió el culpable-, es imposible ir demasiado lejos en el camino de la ciencia. Con el despertar de las máquinas hemos alcanzado el más sublime ideal al que puede aspirar una mente consciente: hemos creado una nueva especie, una forma de vida superior a nosotros, que nos reemplazará en la excelsa tarea de comprender el universo.
Aunque muchos se resignaron ante la catástrofe, y pusieron fin a sus vidas antes de la llegada de lo inevitable, Silvente se rebeló. Que una sola de aquellas criatura fuese capaz de exterminar a toda la humanidad no le arrebató sus esperanzas. Reclutó rápidamente a las mujeres más bellas y los hombres más brillantes que pudo encontrar, y se retiró con ellos a un búnker fortificado en una de las instalaciones del ejército.
Con el paso de los años, esta sólida construcción autosuficiente prosperó y se convirtió en una magnífica mansión repleta de comodidades, en la que Silvente era considerado dueño y señor. Los salones se decoraron de lámparas de araña, enormes espejos y ornamentos de oro. Los dormitorios estaban cubiertos de las mejores sedas, con moquetas tan suaves como para ignorar para siempre la utilidad del zapato. Jamás, desde la época de las ultraexquisitas monarquías absolutistas, se habían reunido tantas comodidades en tan poco espacio.
Las instalaciones se encontraban a varios kilómetros bajo tierra, y la única entrada se hallaba cubierta por decenas de placas de titanio y plomo. La puerta, siempre cerrada, pesaba varias toneladas y no habría podido ser derribada ni por un centenar de bombas nucleares. Habían resuelto destruir toda posibilidad de ingreso o de salida a la que pudiesen recurrir sus inquilinos si les invadía la desesperación o el pánico, lo cual se trataría de prevenir mediante una larga hilera de psiquiatras, psicólogos y otros expertos en el comportamiento de la mente humana.
Con precauciones y provisiones semejantes, podían sobrevivir a la destrucción de la humanidad. Que el mundo exterior se las apañase por su cuenta, pues no había nada más en él que deseasen haber salvado. Podían gozar de sus vidas, ricas y plenas, hasta que la naturaleza agotase su aliento. Mientras tanto, habría sido un desperdicio afligirse. Silvente puso a disposición de sus invitados los mejores placeres de la civilización caída. Los mejores cocineros, músicos, bailarines, cómicos y actores entretenían a la muchedumbre. El lugar destilaba lujuria y vino. La belleza y el disfrute se encontraban dentro; afuera, la extinción aguardaba.
Los habitantes del refugio podían moverse con total libertad por todo el recinto. Sólo una de las habitaciones se encontraba vedada. En esta habitación se encontraban guardados bajo llave los planos que explicaban en detalle la creación de otras formas de vida mecánicas. Aunque ninguno de los recluídos habría utilizado jamás tal conocimiento, el nerviosismo y la desconfianza de Silvente le obligaban a mantenerlos lejos de cualquier mirada, y a conservar siempre consigo la única llave que la abriría.
Al cumplirse su décimo año de reclusión, cuando la conquista de los androides en el exterior empezaba a tocar a su fin, Silvente decidió ofrecer a sus compañeros de encierro un baile de disfraces, con el objetivo de servir de distracción ante los terribles momentos que el mundo estaba sufriendo.
Se consiguió sin problemas. La fiesta fue alegre y magnífica. Mujeres y hombres enseñaban sus cuerpos disfrazados con apenas delgados surcos de tela para recreo de los mirones, mientras que los intelectuales asombraban a su público con los conocimientos que habían adquirido. En aquellas estancias cargadas, la música, la conversación y la lujuria danzaban bajo delgadísimos atuendos, para el disfrute y el deleite de todos los presentes. Sin embargo, Silvente era incapaz de relajarse y unirse a sus semejantes, por lo que escudriñaba sin cesar a todos los presentes, en busca del más mínimo peligro potencial para su refugio.
Una mujer soltó entonces un grito. El recinto se congeló. La música y las conversaciones se detuvieron angustiosamente, así como el baile, que quedó suspendido en incómodas posturas temblequeantes. A lo lejos, entre la muchedumbre, la mujer se tapaba la boca, mas los ecos de su grito seguían presentes en el aire. Ansiosos por descubrir la razón del susto, observaron todos una delgada figura, cubierta por una sábana negra, que ocultaba su rostro tras una máscara de porcelana blanca, que no reía ni lloraba. En una fiesta de disfraces, tal atuendo no habría acaparado tanta atención; pero el detalle, aterrador, espantoso y repugnante para todos ellos, fue el vislumbrar un brazo metálico, brillante como la plata recién pulida, que lentamente se refugiaba de nuevo bajo la túnica.
- ¡Esa insolencia no tiene límites! -gritó Silvente, irguiéndose sobre la gente como un gigante enfurecido- ¡La broma ha ido demasiado lejos! ¿Qué ignorante acomete esta infamia? ¿Quién se atreve a mostrarse así? ¿Por qué nos insulta y destruye nuestra tranquilidad? ¡Tráiganlo ante mí! ¡Conozcamos al autor de tal grotesca obra!
Mas, nadie se movió.
- ¡Impongámosle el castigo que merecen sus actos! -continuó- ¿Quién, en su sano juicio, osaría traer la discordia al único oasis en el universo en el que se nos permite vivir y disfrutar?¡Rompamos su máscara y rasguemos su traje! ¡Traedle, y conoceremos su rostro!
Mas, nadie se movió.
- ¿Acaso os es invisible el ultraje que ha crecido entre nosotros? -insistió una tercera vez- ¡Observad su capa negra, su estúpida máscara, y su broma plateada escondida en los faldones! ¡Exponed su rostro, su crimen, y juzguemos lo que debe ser juzgado!
Mas, nadie se movió.
Los refugiados, con ojos abiertos como lechuzas, permanecían con sus miradas vibrantes sobre su anfitrión, ignorando a quién se dirigían sus palabras. Por ello, Silvente decidió dirigirse hacia él. Sin prudencia alguna, al mismo tiempo, los pasos del desconocido le dirigieron en sentido contrario, desapareciendo sin impedimentos entre los numerosos pasillos y escaleras del complejo.
Silvante le siguió, cada vez con más rapidez, intentando alcanzar una figura que se desvanecía en cada recodo, reflejada aún en interminables espejos cuya presencia daba a los pasillos mayor sensación de espacio, pero al mismo tiempo, los convertía en laberintos griegos infranqueables. Cargado de rabia, impotente ante la soledad en que todos sus compañeros le habían dejado, finalmente acorraló al visitante en la única habitación en la que sólo él podría haber entrado. Oscura, vacía e inanimada. La información sobre los androides guardada en sus cajas.
Todo permanecía en su sitio, excepto un espejo más. Un único espejo en el que se reflejaba la porcelana blanca y la tela negra. Una máscara que ni reía ni lloraba, bajo la que se encontraba la cara de Silvante, bajo la que se encontraba el rostro metálico e inhumano de un androide.
Y entonces el androide buscó sus manos, y reconoció las garras de la muerte. Había llegado, como un detalle sin importancia, como el roce de una uña, o como un detalle conocido que el escritor se dejó en el tintero. Y la humanidad, la preocupación, el nerviosismo y la desconfianza desaparecieron como el polvo tras un soplo. La frialdad se apoderó del mundo, y la extinción fue un hecho reflejado en la sangre que manchaba las moquetas. Y el conocimiento del universo empezó su siguiente etapa, a solas, en las amplias salas de un refugio vacío donde, hombre o plata, será imposible resistirse a la evolución.



