29 de abril de 2010

El Disfraz de los Hombres de Plata

Los androides habían devastado ya la mayor parte del planeta. Jamás había existido en este mundo una amenaza tan cruel y espantosa para la humanidad como el nacimiento de estos seres. El plateado era su encarnación y su sello: las frías y gélidas garras de la muerte. Sus ojos brillantes se acercaban en silencio, carentes de la más mínima expresión, y sus movimientos anhedónicos, inhumanos y velozmente certeros eran capaces de desintegrarte y despedazarte en milésimas de segundo, hasta el punto de que, posiblemente, tus células aún siguiesen conscientes momentos tras convertirse en una estela sulfúrea reciclable.

Debido a esto, el doctor Silvente se encontraba siempre preocupado, nervioso y desconfiado. No es de extrañar, pues él fue uno de los primeros encargados en la construcción de los androides, y se encontró presente cuando fueron despertados. Uno de los investigadores del equipo destrozó en secreto los controles de seguridad, y dejó en libertad sus inteligencias. Silvente y varios de sus compañeros se apresuraron a la habitación al escuchar la alarma. La cámara refrigerada, con más de mil prototipos defectuosos envueltos en finas cápsulas de cristal, emitía un millar de ruidos y sombras que se agitaban y removían como luciérnagas entre las sombras. Al contemplar a las máquinas asesinas cobrar vida, uno de los científicos exclamó:

- Hemos ido demasiado lejos.
- No -respondió el culpable-, es imposible ir demasiado lejos en el camino de la ciencia. Con el despertar de las máquinas hemos alcanzado el más sublime ideal al que puede aspirar una mente consciente: hemos creado una nueva especie, una forma de vida superior a nosotros, que nos reemplazará en la excelsa tarea de comprender el universo.

Aunque muchos se resignaron ante la catástrofe, y pusieron fin a sus vidas antes de la llegada de lo inevitable, Silvente se rebeló. Que una sola de aquellas criatura fuese capaz de exterminar a toda la humanidad no le arrebató sus esperanzas. Reclutó rápidamente a las mujeres más bellas y los hombres más brillantes que pudo encontrar, y se retiró con ellos a un búnker fortificado en una de las instalaciones del ejército.

Con el paso de los años, esta sólida construcción autosuficiente prosperó y se convirtió en una magnífica mansión repleta de comodidades, en la que Silvente era considerado dueño y señor. Los salones se decoraron de lámparas de araña, enormes espejos y ornamentos de oro. Los dormitorios estaban cubiertos de las mejores sedas, con moquetas tan suaves como para ignorar para siempre la utilidad del zapato. Jamás, desde la época de las ultraexquisitas monarquías absolutistas, se habían reunido tantas comodidades en tan poco espacio.

Las instalaciones se encontraban a varios kilómetros bajo tierra, y la única entrada se hallaba cubierta por decenas de placas de titanio y plomo. La puerta, siempre cerrada, pesaba varias toneladas y no habría podido ser derribada ni por un centenar de bombas nucleares. Habían resuelto destruir toda posibilidad de ingreso o de salida a la que pudiesen recurrir sus inquilinos si les invadía la desesperación o el pánico, lo cual se trataría de prevenir mediante una larga hilera de psiquiatras, psicólogos y otros expertos en el comportamiento de la mente humana.

Con precauciones y provisiones semejantes, podían sobrevivir a la destrucción de la humanidad. Que el mundo exterior se las apañase por su cuenta, pues no había nada más en él que deseasen haber salvado. Podían gozar de sus vidas, ricas y plenas, hasta que la naturaleza agotase su aliento. Mientras tanto, habría sido un desperdicio afligirse. Silvente puso a disposición de sus invitados los mejores placeres de la civilización caída. Los mejores cocineros, músicos, bailarines, cómicos y actores entretenían a la muchedumbre. El lugar destilaba lujuria y vino. La belleza y el disfrute se encontraban dentro; afuera, la extinción aguardaba.

Los habitantes del refugio podían moverse con total libertad por todo el recinto. Sólo una de las habitaciones se encontraba vedada. En esta habitación se encontraban guardados bajo llave los planos que explicaban en detalle la creación de otras formas de vida mecánicas. Aunque ninguno de los recluídos habría utilizado jamás tal conocimiento, el nerviosismo y la desconfianza de Silvente le obligaban a mantenerlos lejos de cualquier mirada, y a conservar siempre consigo la única llave que la abriría.

Al cumplirse su décimo año de reclusión, cuando la conquista de los androides en el exterior empezaba a tocar a su fin, Silvente decidió ofrecer a sus compañeros de encierro un baile de disfraces, con el objetivo de servir de distracción ante los terribles momentos que el mundo estaba sufriendo.

Se consiguió sin problemas. La fiesta fue alegre y magnífica. Mujeres y hombres enseñaban sus cuerpos disfrazados con apenas delgados surcos de tela para recreo de los mirones, mientras que los intelectuales asombraban a su público con los conocimientos que habían adquirido. En aquellas estancias cargadas, la música, la conversación y la lujuria danzaban bajo delgadísimos atuendos, para el disfrute y el deleite de todos los presentes. Sin embargo, Silvente era incapaz de relajarse y unirse a sus semejantes, por lo que escudriñaba sin cesar a todos los presentes, en busca del más mínimo peligro potencial para su refugio.

Una mujer soltó entonces un grito. El recinto se congeló. La música y las conversaciones se detuvieron angustiosamente, así como el baile, que quedó suspendido en incómodas posturas temblequeantes. A lo lejos, entre la muchedumbre, la mujer se tapaba la boca, mas los ecos de su grito seguían presentes en el aire. Ansiosos por descubrir la razón del susto, observaron todos una delgada figura, cubierta por una sábana negra, que ocultaba su rostro tras una máscara de porcelana blanca, que no reía ni lloraba. En una fiesta de disfraces, tal atuendo no habría acaparado tanta atención; pero el detalle, aterrador, espantoso y repugnante para todos ellos, fue el vislumbrar un brazo metálico, brillante como la plata recién pulida, que lentamente se refugiaba de nuevo bajo la túnica.

- ¡Esa insolencia no tiene límites! -gritó Silvente, irguiéndose sobre la gente como un gigante enfurecido- ¡La broma ha ido demasiado lejos! ¿Qué ignorante acomete esta infamia? ¿Quién se atreve a mostrarse así? ¿Por qué nos insulta y destruye nuestra tranquilidad? ¡Tráiganlo ante mí! ¡Conozcamos al autor de tal grotesca obra!

Mas, nadie se movió.

- ¡Impongámosle el castigo que merecen sus actos! -continuó- ¿Quién, en su sano juicio, osaría traer la discordia al único oasis en el universo en el que se nos permite vivir y disfrutar?¡Rompamos su máscara y rasguemos su traje! ¡Traedle, y conoceremos su rostro!

Mas, nadie se movió.

- ¿Acaso os es invisible el ultraje que ha crecido entre nosotros? -insistió una tercera vez- ¡Observad su capa negra, su estúpida máscara, y su broma plateada escondida en los faldones! ¡Exponed su rostro, su crimen, y juzguemos lo que debe ser juzgado!

Mas, nadie se movió.

Los refugiados, con ojos abiertos como lechuzas, permanecían con sus miradas vibrantes sobre su anfitrión, ignorando a quién se dirigían sus palabras. Por ello, Silvente decidió dirigirse hacia él. Sin prudencia alguna, al mismo tiempo, los pasos del desconocido le dirigieron en sentido contrario, desapareciendo sin impedimentos entre los numerosos pasillos y escaleras del complejo.

Silvante le siguió, cada vez con más rapidez, intentando alcanzar una figura que se desvanecía en cada recodo, reflejada aún en interminables espejos cuya presencia daba a los pasillos mayor sensación de espacio, pero al mismo tiempo, los convertía en laberintos griegos infranqueables. Cargado de rabia, impotente ante la soledad en que todos sus compañeros le habían dejado, finalmente acorraló al visitante en la única habitación en la que sólo él podría haber entrado. Oscura, vacía e inanimada. La información sobre los androides guardada en sus cajas.

Todo permanecía en su sitio, excepto un espejo más. Un único espejo en el que se reflejaba la porcelana blanca y la tela negra. Una máscara que ni reía ni lloraba, bajo la que se encontraba la cara de Silvante, bajo la que se encontraba el rostro metálico e inhumano de un androide.

Y entonces el androide buscó sus manos, y reconoció las garras de la muerte. Había llegado, como un detalle sin importancia, como el roce de una uña, o como un detalle conocido que el escritor se dejó en el tintero. Y la humanidad, la preocupación, el nerviosismo y la desconfianza desaparecieron como el polvo tras un soplo. La frialdad se apoderó del mundo, y la extinción fue un hecho reflejado en la sangre que manchaba las moquetas. Y el conocimiento del universo empezó su siguiente etapa, a solas, en las amplias salas de un refugio vacío donde, hombre o plata, será imposible resistirse a la evolución.

26 de abril de 2010

Blogs y medios #7

Hace poco, Chivone, Irene L. Adler y Juan Díaz dijeron de apuntarse a las séptimas jornadas de Blogs y Medios. Siempre se toman estas cosas con mucho entusiasmo, sobre todo porque el que conduce las tres horas soy yo. Pero bueno, es Granada, y eso compensa.

Tras levantarnos a las cinco de la mañana y perdernos por estrechas callejuelas, llegamos a la primera mesa. Estaba formada por Alicia Baidal, Antonio Martínez Ron y Virginia P. Alonso. Hablaron sobre la identidad digital y sobre cómo venderse uno mismo como marca. No hay fórmulas mágicas, pero según apuntaba Alicia Baidal, parece que el conversar, compartir y estar con la gente ayuda bastante.

La siguiente mesa estuvo formada por Silvia Cobo, Vanessa Jiménez, Rosa María Artal y Álvaro Ortiz. Hablaron sobre cómo hacer atractivo el periodismo para las audiencias. Fue interesante la puntualización de Artal: "Quizá lo interesante no es el poder del periodismo, sino el poder de la sociedad".

Después de la comida, volvimos con Guillermo López, Laura Pintos y Wicho. Principalmente hablaron de la utilidad que los periodistas le pueden dar al uso de Internet, pero también del peligro que esto representa para las grandes empresas de comunicación.

Lo último de la tarde fueron las Flash Talks, donde se presentaron muy brevemente varios proyectos. Me llamaron especialmente la atención las intervenciones de J. J. Merelo, 1001 medios y BereCasillas.

Tras esto, vinieron la fiesta y las cervezas gratis. Probamos un vino que apenas llevaba vino, encontramos una mujer que andaba buscando voces para un estudio de doblaje (o algo así), y un colega pintor nos dibujó en unas servilletas.

Al día siguiente, mientras yo arreglaba unos asuntos pendientes en el hotel, Raúl Ordóñez presentó el Informe de la blogosfera, uno de los más completos que existen. Llegué justo a tiempo para la charla que ofrecieron Pepe Cervera e Ícaro Moyano, entre otros.

En definitiva, fueron unas conferencias interesantes con varias fiestas intercaladas nada despreciables.

Para terminar, contaros una anécdota que ocurrió con unas chicas que nos encontramos a la salida de un bar.

- ¿A qué os dedicáis? -preguntaron.
- Pues mira, éste dirige una red social, éste es poeta y además edita su propio programa de radio, éste de aquí es pintor y yo soy escritor con cuatro libros publicados.
- Claro, ¡y nosotras somos astronautas!

O_o

18 de abril de 2010

El futuro de Somos de Periodismo

Como la mayoría ya sabréis, durante todo este año he participado como administrador de la red social Somos de Periodismo, una plataforma vertical especializada en comunicadores. A lo largo de este tiempo hemos reunido a más de 500 usuarios, hemos conseguido un montón de apuntes y trabajos de la carrera, hemos entrevistado a dos grandes del periodismo en la web (Óscar Espiritusanto y José A. Gelado), y hemos realizado la cobertura en directo de un par de eventos (UCAM Media Lab y Blogs y medios).


Aparte de poner en contacto a los estudiantes de Periodismo y darle publicidad a sus proyectos, decidimos utilizar esta red como nuestro proyecto fin de carrera. Hemos investigado cómo influye la participación de los administradores de una web participativa (o profesionales contratados por los administradores) en la participación de los usuarios. Hemos descubierto que no influye como pensábamos que lo haría. También hemos puesto a prueba la teoría del 90-9-1 y la teoría de los Seis Grados. Ninguna de las dos se cumple en nuestra red. Dentro de más o menos un mes nos tocará defender el proyecto, pero el fin del trabajo no significa que la red vaya a desaparecer. Hay ganas de aplicar todo lo que hemos aprendido. Tenemos varios planes para que siga creciendo este verano.

Otro punto importante es el cierre de las redes gratuitas de Ning. La página en la que alojábamos la web va a dejar de ofrecer sus servicios de forma gratuita. Esto nos obliga a gastar dinero por algo que tampoco nos convence del todo. Ya veníamos planeando el "independizarnos" de Ning desde hace tiempo, por la poca libertad que nos daba para hacer la página que realmente queríamos. Lo único que puede provocar este cambio en el servicio es que nos demos más prisa para poner nuestros planes en marcha.

Somos de Periodismo tiene vida para rato.

7 de abril de 2010

"Bebo para olvidar" ya a la venta

Esta mañana he recibido la última copia que pedí y lo he visto todo perfectamente, así que desde este momento la novela está disponible para comprarla en Bubok. Serán 15 € por la versión en papel y 5€ por la descarga.

En un par de semanas me llegarán más ejemplares, que venderé mano a mano por Murcia o que dejaré en expositores en los bares.

BEBO PARA OLVIDAR
Prostitutas y videojuegos



Un grupo de borrachos, jóvenes y no tan jóvenes, se reúne periódicamente para hacer locuras y rememorar viejas anécdotas. Alguien tiene que escribirlas, aunque el mero hecho de decidirse a redactarlas puede despertar viejos fantasmas cuyo significado la bebida había conseguido borrar. "Bebo para olvidar: Prostitutas y videojuegos" es el relato de uno de estos jóvenes que se ve obligado a enfrentarse con su pasado y descubrir la razón por la que se estaba refugiando en la bebida. Sirve, además, como el testimonio de un modo de vida y de unas costumbres en las que se comprende la realidad del botellón desde un punto de vista distinto y algo sorprendente.

4 de abril de 2010

"Bebo para olvidar: Prostitutas y videojuegos" saldrá a la venta dentro de poco y me entrevistan en Café y noche #41

Hace unos pocos días me llegó la versión de prueba de "Bebo para olvidar: Prostitutas y Videojuegos". Tiene muy buena pinta, pero he querido hacer unos pequeños cambios antes de lanzarlo definitivamente, y por eso tendré que esperar otra semana. Probablemente para el día 9 ó 10 de abril esté a la venta en Bubok. Más tarde intentaré ponerlo también a la venta por Murcia (estoy consultando en algunos bares y librerías pequeñas). Costará más o menos unos 15 euros, y tendrá más de 160 páginas.

Con motivo de la novela, Juanchi ha decidido hacerme una entrevista. Hablamos de los personajes de la trama, de poesía (en el libro hay poca) y de la literatura en la radio. También leemos un par de fragmentos: yo uno sobre sexo, y él uno sobre un poeta. Ya he perdido la cuenta de las veces que Juanchi me ha mencionado en Café y noche. Sobre todo leyendo alguno de mis relatos. Si esto continúa así, quizá acabe por reunir todos los audios y montar un audiolibro xD

La mayoría de las veces que Juanchi me entrevista me pilla de improviso y siempre suele ser bastante improvisado. De hecho, la última entrevista que me hizo fue cuando regresaba de fiesta con un amigo. Me cogió del brazo, me metió en su habitación y me puso el micrófono delante antes de que pudiese preguntarle qué coño estaba pasando. A ver si un día de estos hacemos una entrevista en condiciones a la que ambos lleguemos con alguna idea lo que vamos a preguntar y lo que vamos a decir.


Un grupo de borrachos, jóvenes y no tan jóvenes, se reúne periódicamente para hacer locuras y rememorar viejas anécdotas. Alguien tiene que escribirlas, aunque el mero hecho de decidirse a redactarlas puede despertar viejos fantasmas cuyo significado la bebida había conseguido borrar. "Bebo para olvidar: Prostitutas y videojuegos" es el relato de uno de estos jóvenes que se ve obligado a enfrentarse con su pasado y descubrir la razón por la que se estaba refugiando en la bebida. Sirve, además, como el testimonio de un modo de vida y de unas costumbres en las que se comprende la realidad del botellón desde un punto de vista distinto y algo sorprendente.

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