28 de agosto de 2010

Voy a decirte cómo debes usar Twitter

1. Abre una cuenta o entra en la que ya tienes.
2. Escribe mensajes cortos intentando no parecer gilipollas.
3. Sigue a la gente a la que te gusta escuchar y dialoga con ellos.

24 de agosto de 2010

Dracónica indigestión de coito noventayochesco

 Éste es uno de esos relatos que yo nunca publicaría por mi cuenta (por pasarse de raro y no tener ningún sentido) pero Alex, Juanchi, Saray Pavón y Alberto me vieron escribirlo cuando estuve en Elche y han insistido. Ellos me gritaban "el siguiente párrafo que sea de misterio, el siguiente épico, y termina con algo de heavy metal". Vamos, que les hago culpables a ellos.

Alberto era un miembro de la mafia con un tatuaje de escorpión en el bolsillo. Durante toda su vida se acostumbró a mear únicamente en lugares en los que hubiese setas plantadas, lo cual fue un gran problema cuando su familia se mudó de Denver a Nueva York. Allí tuvo que plantar varios especímenes de amanita muscaria que, además, crecían fuertes y sabrosas tras varios meses de riego diario.

Después de comprarle un sandwich mixto de pavo y bacon a un mendigo que se la había meneado frente a una guardería, se le ocurrió la idea de aprovechar su curioso vicio como una oportunidad de negocio espectacular. Decidido a emprender, empeñó varias de las joyas que le había dejado su abuela. Cuando la vieja quiso volver a recuperarlas, ya era tarde.

El negocio empezó camuflado como el de un lavadero de cucarachas mezclado con el de un bar de gigolós. El propio Alberto protagonizaba cada espectáculo, en el que lavaba, como su madre le parió, cucarachas del tamaño de su puño. Encontró el amor en una de sus clientes más habituales. Era una anciana de 98 que creía estar asistiendo a la iglesia dominical, y que apenas percibía cómo el pene de Alberto se restregaba contra sus pañales.

Lo que Alberto no sabía era que una oscura presencia se escondía en su sótano. Mientras, él acumulaba indolente las ganancias de un negocio delictivo y disfrutaba de las caricias de un invidente montón de pellejo. Cierta noche, cuando devolvía la última cucaracha a sus agujeros habituales (no sin antes proporcionarles un besito de buenas noches), escuchó un terrible ruido de cadenas que venía de la parte inferior de las escaleras. No pudo resistir la tentación de echar un vistazo. Al mirar, sus ojos se congelaron, mientras su pupila se enfocaba en un objeto ensangrentado que yacía sobre un escalón de madera: era una dentadura postiza.

Mientras el delincuente bajaba lentamente, sentía cómo su corazón se llenaba de ira. El pasado le perseguía. No podía creerlo. Desde sus días en Denver no había vuelto a verle, pero el monstruo había sido capaz de seguirle. De seguirle para recordarle por qué necesitaba setas para mear cada noche. Agarró la dentadura y miró por el sótano. Allí estaba el dragón. Eso sí, mucho más pequeño de lo que recordaba.

De repente le pareció que el minidragón era realmente atractivo. Se dió cuenta de que su relación con la nonagenaria aquella no era más que un reemplazo para lo que realmente sentía por las pieles escamosas. Era hembra. Se llamaba Dana, y estaba receptiva. Aquél tierno ojete descomunal, que habría necesitado de siete pollas como la suya para empezar a quedarse satisfecho, le recibió sin problema. Alberto besó su piel escamosa, y en un alarde de agilidad, introdujo su brazo en el mismo orificio, estrategia que cumplió su cometido. La dragona gimió en un orgasmo épico, que por desgracia vino acompañado de una llamarada de fuego que incendió el edificio, el negocio y las setas.

Alberto miró a su alrededor, pero sólo contaba con una guitarra eléctrica para extinguir las llamas. Cogió sus cuerdas, las afinó bien, y aunque no tenía electricidad, decidió que quizá en su culo quedase algo de estática. No, no la había, y como las guitarras nunca han sido realmente útiles en las labores de extinción de incendios, Alberto murió allí. Sus últimas palabras las usó para maldecir la indigestión por garbanzos.
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