14 de noviembre de 2011

El verdadero mensaje de Narciso

Narciso es un héroe floral. En todo el mito se ve la naturaleza desde una perspectiva dionisíaca, donde lo importante son los instintos animales.

Narciso, en cambio, es la deformación apolínea. Su belleza es producto de la naturaleza, su nombre es el nombre de una flor, mas él, racionalmente, decide guardar su herencia para sí.
El mito de Narciso no tiene nada que ver con el orgullo. Cuando la ninfa Eco, incapaz ya de hablar sino repitiendo cuanto escucha, se presenta ante Narciso con los brazos abiertos, no es el orgullo el que se pone en medio. Narciso dice: “No pensarás que yo te amo”, y ella responde “Yo te amo”.

Narciso necesita estar enamorado para yacer con alguien. Su pecado es ese.

De entre sus pretendientes masculinos, el más insistente era Ameinias. No resultaba extraño en esta época que los ancianos se uniesen a jóvenes efebos para intercambiar sexo por conocimientos.

Narciso ve este ofrecimiento como una carga que tiene que soportar, ya que él no ama a Ameinias y ése es requisito indispensable para cumplir su parte del trato. Así considerado, no es difícil entender que Narciso le regale una espada a Ameinias para que se suicide por amor.

Ameinias cumple frente a su casa, demostrando que su amor es sincero. Tanto él como Eco lanzan una maldición en el último momento, invocando a Némesis.

“Que Narciso descubra lo que es sufrir por un amor no correspondido”.

Cuando en los orígenes del cristianismo se empezaron a revisar los mitos griegos en busca de fábulas con que sustentar sus principios morales, recortaron buena parte de la historia de Narciso.

Le dejaron en el lago, enamorándose de su propio reflejo, y lo utilizaron para ejemplificar lo malo que era el orgullo; sin embargo, lo que la historia trataba de enseñar a los jóvenes como moralina era que no deben reservarse, que la vida es muy corta.

Cuando Narciso encuentra por fin en sí mismo a esa “persona especial” que esperaba encontrar, es imposible consumar. Así recibe el mismo castigo que Ameinias y Eco, que habrían sido mucho más felices de yacer con él, aunque no les amase.

Incapaz de soportar el dolor, se clava el puñal en su pecho y muere junto al lago, donde vuelve a la naturaleza en forma de narcisos.

Oscar Wilde le añadió un epílogo a la historia, que he encontrado titulado como “El reflejo”. Es apenas una nota al pie, y cuenta que cuando los dioses se encontraron al lago llorando, le preguntaron si lamentaba la muerte de Narciso: “Yo lo amaba”, responde el lago, “porque cuando se inclinaba sobre mí, veía en sus ojos el reflejo de mis aguas”.

Paulo Coelho puso ese fragmento al principio de “El Alquimista”, aunque dudo que supiese lo que hacía.

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